Periféricos y consumibles

Ficciones postoperatorias

Eres Jeff y estás en tu Greenwich Village suburbial, donde observas la muerte y la vida presentidas en cada familia que llega abrazada, en cada taxi que derrapa en la llegada, en cada ambulancia

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Winnie the Pooh y Tigger bailando con unos voluntarios de la Cruz Roja mientras le dan la bienvenida al otoño

Winnie the Pooh y Tigger bailando con unos voluntarios de la Cruz Roja mientras le dan la bienvenida al otoño / Javier García Rodríguez

El triple ventanal de la habitación de la cuarta planta favorece una temperatura cercana a la de la lava que generan los volcanes casi extinguidos pero a la espera de una oportunidad que los redima del olvido isleño. El calor es indiscreto como la ventana, y la cámara del móvil limita al oeste con la febrícula vespertina y al este con Calatrava y sus pretenciosidades. Eres Jeff y estás en tu Greenwich Village suburbial, donde observas la muerte y la vida presentidas en cada familia que llega abrazada, en cada taxi que derrapa en la llegada, en cada ambulancia alicatada hasta el pecho. El suspense es un gotero con morfina a la que le cambian el nombre por pudor o por decoro.

Se cuenta que Pynchon o DeLillo, uno de ellos, dice que los medicamentos actuales tienen nombres comerciales que semejan a superhéroes. La dulce princesa Dalsy, que tanto gusta a los niños; la reina Eparina; la bruja Enantyum. Cada personaje participa de un argumento de nombre Tramadol, bálsamo de Fierabrás que es la tejida concreción de los hilos narrativos. En la trama del dolor hay un día en el que te levantas y aciertas a mirarte a un espejo donde te encuentras con tu hermano, tu semejante. Pero no eres tú.

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“Yo no hago genitales”, dice la auxiliar teñida y sentenciosa. Piensas entonces en 'Hable con ella' de Almodóvar. Crees recordar que allí un Javier Cámara lerdo conseguía que el gato de Rosariyo Flores hiciera uyuyuyuy. Piensas en “Mar adentro”, días y más días de ver un único plano inamovible en el que el mundo es solo una parte del mundo. Omar Montes se ha hecho escritor, según proclama un presentador pelirrojo y siempre algo sobreactuado. Pero tú no sabes quién es Omar Montes. En sueños te parece haber visto una caravana festiva en la calle: Winnie the Pooh y Tigger bailando brevemente la conga con unos voluntarios poligenéricos de la Cruz Roja -sección juvenil-, mientras le dan la bienvenida al otoño con una pancarta casera. Se han recorrido la fachada sur del hospital.

Miras la vía que te han colocado después de varios intentos tan tiernos como poco precisos (“un pinchacito”, “qué venitas tan pobres”, “el catéter no entra, vida”) y cantas maquinalmente 'La vie en rose' pero tampoco la chanson francesa ofrece consuelo a estas alturas. A tu lado, J.M. aguanta estoicamente reamputaciones y dedos necrosados, diálisis cada dos días y un marcapasos que le mantiene vivo en un porcentaje de vida que la OMS no reconocería como tal. Un postoperatorio exige una ficción impúdica, con fluidos corporales y Rabelais, con desvergüenza y amor y asco, como en Las Vegas. No hay enfermos imaginarios por aquí, ni siguiera el exalcalde conferenciante, ni la adolescente gritona con triple fractura, ni la anciana esquizofrénica que de noche grita con la voz que te recuerda a la de la niña de 'El exorcista'. No hay enfermos imaginarios. Pero la ficción es muchas veces impúdica, desvergonzada, enfermiza, adolescente, gritona, anciana y esquizofrénica.