Crítica de concierto

Lennon, McCartney y Mehldau

El pianista hizo suyo el legado de The Beatles en el Palau de la Música

Brad Mehldau, en el Palau de la Música, este miércoles.

Brad Mehldau, en el Palau de la Música, este miércoles. / Jordi Calvera / Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona

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Roger Roca

Qué tiempos tan inocentes aquellos, cuando hace años Brad Mehldau colaba una canción de Radiohead en sus recitales y creíamos que nos quería decir algo. ¿Pero qué? ¿Que el futuro estaba ahí, en el rock torturado de los 90? ¿Que el canon del jazz estaba agotado? ¿Que el pop también es material noble para el músico de jazz? ¿Que hay que ser absolutamente posmodernos? Pues no. Brad Mehldau tocaba Radiohead porque le gustaban. Sin más. Y aún le gustan, aunque quizás no tanto como The Beatles. El miércoles en el Palau de la Música recreó media docena de éxitos de Lennon y McCartney en un concierto a piano solo que sirvió también para que el Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona -”uno de los mejores del mundo”, dijo Mehldau- le hiciera entrega de su medalla de oro.

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Quién sabe cómo hubiera sido este concierto en noviembre del año pasado, en lo peor de la pandemia, cuando la situación sanitaria obligó a suspenderlo y el ánimo general era muy distinto. ¿Más dramático? Seguramente. El disco 'April 2020', que Mehldau grabó durante el confinamiento y que visitó muy de pasada en el Palau, es pura melancolía. Al pianista de Florida lo melancólico le sale natural, y aunque tenga entre manos material tan chispeante como 'I am the walrus', Mehldau le encuentra la vuelta reflexiva a la cosa. Más aún cuando la empareja con la tristeza sin fondo de 'Karma police' de Radiohead -si alguien tiene un día malo, existe un ránking con las canciones más deprimentes de la banda de Thom Yorke elaborado en 2017 por un analista de datos siguiendo, supuestamente, un método científico-.

De acuerdo que a estas alturas no es ninguna noticia, pero lo que Mehldau hace con la materia prima más humilde sigue siendo asombroso. Las manos que parece que hablen la una con la otra, las inflexiones rítmicas, las transformaciones armónicas, las variaciones melódicas, el sonido, el sinfín de ideas… Su portentosa manera de transformar las partituras vale tanto para 'Satellites' de John Coltrane, casi el único momento de swing puro y duro de toda la noche, como para el cancionero de Lennon y McCartney. 'Baby’s in black', tocada “muy, muy lenta”, tuvo las propiedades curativas que tiene el gospel incluso para los no creyentes. Con 'Dear Prudence' logró eso que desde Mehldau parece tan sencillo, pero que antes de él no lo era tanto, de hacer andar una canción con un compás que no es el que lleva de serie sin que parezca que la canción cojee, sino todo lo contrario. Sobre 'Life on Mars' de David Bowie vertió menos fantasía, quizá porque con tocarla tal cual -es un decir, Brad Mehldau no toca nada tal cual- ya está todo hecho. 'Golden Slumbers', colofón antes de los bises, fue creciendo y creciendo, transfigurada hasta lo catártico, como en las apoteosis que inventó Keith Jarrett, y se despidió deseando “paz y felicidad”. Aún volvería al escenario tres veces, señal de que esa noche él también era feliz.