23 días en la cámara frigorífica del tanatorio

La larga espera para incinerar al crítico musical Oriol Llopis en Alicante

La solidaridad de grupos y amigos ha conseguido los 1.800 euros necesarios para despedir al periodista fallecido el pasado 1 de abril

El crítico musical Oriol Llopis.

El crítico musical Oriol Llopis. / INFORMACIÓN

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Cristina Martínez

Para los que vivieron los 70 y 80 enganchados a la música como práctica y como acerbo cultural, Oriol Llopis (Barcelona, 1955) fue un icono. Lo hizo a través de su firma y de su peculiar estilo para escribir críticas de conciertos y discos que tuvieran el rock como bandera, en revistas como Star, Disco Expresss o Vibraciones.

Si Llopis vivió siempre en el límite, también su muerte deambuló por la cuerda floja. Acabó con su vida el pasado 1 de abril, en una pensión de Alicante adonde se trasladó justo el día antes de que el país se confinara para estar con su pareja, María García Verdú, en su día de la banda punk Morticia y los Decrépitos. "Se vino con una maleta llena de sombreros, botas vaqueras, cuatro tejanos y cuatro camisas".

Han tenido que pasar 23 días para que el cuerpo del periodista tenga un destino definido. A lo largo de este tiempo, su cadáver ha permanecido en la cámara frigorífica del tanatorio de La Siempreviva. Un total de 1.800 euros, que su pareja no tenía, impedían su incineración. Pero la movilización de sus amigos a través de facebook ha ido sumando aportaciones desde numerosos puntos de España hasta conseguir esa suma en tal solo día y medio. Y será el lunes cuando Oriol Llopis se convierta en ceniza. Tal como él quería.

"Él ya tenía decidido su final, lo que no sabía es cuándo lo iba a hacer", asegura María García Verdú, su "vikinga", con el papel de los servicios funerarios en mano. "No queríamos ponerlo en facebook pero ha sido la única manera de encontrar ese respaldo; en principio eran 4.140 euros, pero en el tanatorio me lo dejaron en 1.800. Ahora me han dicho que tendré que reconocer el cadáver y se me ha revuelto todo".

Quizá el título de su biografía, "La magnitud del desastre" -"yo creo que el ejemplar que tenía lo destruyó"-, es lo que mejor define el final de este crítico musical que se había desenganchado de la heroína hacía tiempo y de la metadona durante su estancia en Alicante, que fumaba demasiado hasta el punto de haberle detectado un cáncer del que su pareja tuvo noticas al encontrar un papel con los marcadores tumorales, pero que tenía proyectos para escribir y para hacer un cómic "porque dibujaba muy bien".

"Siempre había dicho que su final iba a ser el suicidio y así fue". Lo que María no sabía era que el 1 de abril, después de hacerle un regalo, "una lámpara de lava, que sabía que me encantaban", y de darle su chaqueta de cuero, en realidad se estaba despidiendo de ella, de la que se enamoró "el 18 de mayo de 2018", cuando se subió al escenario de un pub de El Campello para cantar dos temas en un concierto de Café Grecó. "Me dijo: a partir de hoy ya no voy a estar, pero no le creí, me lo había dicho tantas veces...".

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Su forma de plasmar sus críticas fue lo que le llevó a convertirse en una autoridad en el mudo del rock. "Era un escritor tipo gonzo; él no decía este bajo es muy potente, la batería pierde el compás... escribía desnudo frente a la máquina de escribir y reflejaba lo que sentía cuando escuchaba este tema o este otro. Eso hizo de él un crítico musical único porque ninguno lo hacía así".

Su propio mundo interior, el cáncer diagnosticado, la burocracia para conseguir su jubilación, "algo que él consideraba infranqueable, se le hacía bola", pudieron llevarle a este final. "La gente debe recordarle como fue en vida, un tipo peculiar, divertido, muy rápido en el chiste, en sacar la ironía, pero un hombre atormentado, muy depresivo. Era muy especial".

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