Un clásico del western chamánico

'El topo' de Jodorowsky cumple medio siglo de lisergia

Hace 50 años, como un tálpido que sale de su madriguera en busca de luz, el segundo largometraje de Alejandro Jodorowsky emergió de las cavernas del ‘underground’ para erigirse en fenómeno cultural. Hoy sigue siendo el paradigma del cine de culto.

Fotograma de la película ’El topo’  de Alejandro Jodorowsky

Fotograma de la película ’El topo’ de Alejandro Jodorowsky / Alejandro Jodorowski

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Un vaquero vestido de negro carga a un niño desnudo en la espalda. El cadáver de un bandolero yace en una piscina de sangre rodeada de cientos de de conejos muertos. Una mujer abraza una roca con forma de pene que eyacula agua. Un hombre sin brazos transporta a un hombre sin piernas. Un oso de peluche es enterrado en medio del desierto. Un forajido olisquea con deleite un zapato de tacón rosa. Un mártir queda reducido a brasas tras quemarse a lo gonzo. Señoras grotescamente emperifolladas acribillan a balazos a una multitud de lisiados. Todo eso sucede en ‘El Topo’, una de las películas más extrañas, desconcertantes y alucinógenas de la historia del cine. “He querido llevar al espectador a un estado de iluminación, proporcionarle un viaje de LSD sin LSD”, afirmó una vez su legendario director, Alejandro Jodorowsky, acerca de ella. Y en otra ocasión aseguró que, si pudiera, “obligaría” a los espectadores a que consumieran alguna sustancia psicoactiva para verla.

En realidad, cualquier exigencia de ese tipo habría sido redundante. Antes de que ‘El Topo’ se estrenara oficialmente hace ahora justo medio siglo -México fue el primer país que la distribuyó de forma convencional-, en Nueva York llevaban meses celebrándose proyecciones especiales durante las que, cuenta la leyenda, el ambiente solía estar tan cargado de marihuana que el mero acto de respirar era garantía de colocón. A través de aquellas sesiones, que siempre se celebraban pasada la medianoche, la película se erigió en paradigma del cine de culto gracias a la devoción de quienes hacían cola una y otra vez para verla. Les fascinaba su mezcla de referencias a la Biblia, el budismo zen, la filosofía china, la astrología, el sufismo, la cábala, el tarot -una de las grandes pasiones de Jodorowsky-, la odisea de Ulises y las convenciones del western; les cautivaba su capacidad para rendir tributo a los spaguetti-western de Sergio Leone y, a la vez, a los delirios surrealistas de Buñuel y Dalí; les intrigaban los rumores que circulaban sobre ella: se decía, por ejemplo, que el director había matado a los conejos arriba citados con sus propias manos y que, en buena medida, el reparto estaba compuesto de vagabundos y prostitutas.

Travesía por el desierto

‘El topo’ se centra en un misterioso pistolero conocido simplemente como El Topo -interpretado por el propio Jodorowsky-, que viaja a través de las dunas con su hijo de siete años -interpretado por el hijo del director, Brontis-; al principio de la película la pareja llega a una aldea que ha sido masacrada, y poco después localizan a los responsables, que han tomado a una joven como rehén. Tras castrar al líder de la banda, El Topo abandona a su hijo con unos monjes franciscanos y se marcha con la mujer, a la que viola. Entonces ella le informa de que, para ganarse su amor, debe derrotar a cuatro “maestros del revólver”, y él cumple la misión antes de morir de forma mesiánica. Posteriormente renace convertido en un hombre santo dentro de una caverna poblada de tullidos y minusválidos, y recala en una suerte de Sodoma fronteriza en cuya iglesia, en lugar de rezar, se invoca a Dios practicando la ruleta rusa. Allí, el héroe se enfrenta a su hijo, ya adulto.

Como la descripción probablemente sugiere, sentarse frente a ‘El Topo’ proporciona una experiencia inolvidable aunque no del todo comprensible. En su conjunto, la película esquiva interpretaciones lógicas, porque Jodorowsky parece haberla usado como un conducto directo a su propia mente; su explosiva mezcla de ideas, imágenes y sonidos se sitúa en la fina línea que separa lo sublime de lo ridículo. Para el espectador no preparado de antemano puede resultar increíblemente hostil, en buena medida por su fijación con la deformidad humana y por la cantidad de torturas, destripamientos, ahorcamientos, linchamientos y derroches de sangre rojísima que su metraje incluye.

Regalo envenenadoEntre los fans que ‘El Topo’ se granjeó en Nueva York estaba John Lennon. Y el músico quedó tan impresionado por la película que convenció a su propio manager, Allen Klein, no solo para que comprara los derechos de su distribución sino también para que le diera a Jodorowsky un millón de dólares para que se los gastara como quisiera. Aquel regalo resultó ser un caramelo envenenado. Después de que el chileno dirigiera su siguiente película, la aún más densa y surreal ‘La montaña sagrada’, Klein le pidió que adaptara para la pantalla la célebre novela erótica ‘Historia de O’, y no se tomó bien su negativa a hacerlo; como venganza, retiró de circulación las tres películas del director hasta la fecha, que durante la mayor parte de las siguientes tres décadas estuvieron desaparecidas del mapa.

Aquel veto, por supuesto, contribuyó de forma instrumental a la estatura fabulosa que la figura de Jodorowsky ha adquirido con el tiempo, y que lo ha llevado a ser no solo influencia confesa de artistas como David Lynch, Nicolas Winding Refn, Frank Ocean y Kanye West sino algo así como un gurú pop -cuando Marilyn Manson y Dita Von Teese se casaron en 2005, él ofició la boda-; también su exuberante biografía, por supuesto, tuvo que ver al respecto: Jodorowsky estudió mimo con Marcel Marceau, formó parte junto a Fernando Arrabal del célebre movimiento teatral Pánico y hasta creó un método de terapia propio, la psicomagia, que trata de curar las heridas psicológicas del paciente escenificando teatralmente momentos traumáticos de su vida. El chileno, por cierto, sabe algunas cosas acerca de traumas porque, después de todo, su propio nacimiento es fruto de uno: su padre violó a su madre. No es casual que, entre otras muchas cosas, ‘El Topo’ hable de la purificación personal a través del parricidio.

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En los últimos tiempos, la película que inventó el subgénero ‘acid Western’ ha mantenido su estatus mítico a pesar tanto de los intentos de su autor de darle continuación a través de una secuela -finalmente, ‘Los hijos del Topo’ vio la luz en 2009 en forma de cómic- como de la controversia en la que su rodaje se vio envuelto a partir de 2017 cuando, tras la eclosión del movimiento MeToo, volvieron a salir a la luz unas declaraciones de Jodorowsky de 1972 en las que aseguraba haber violado a la actriz Mara Lorenzio durante la filmación, y a las que él mismo restó toda veracidad en 2019. Cincuenta años después el universo que en ella se describe continúa siendo un lugar único y misterioso, y probablemente seguirá siéndolo durante cincuenta años más.

 

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