UN ATÍPICO DÍA DEL LIBRO Y LA ROSA

El empeño de libreros y lectores salva el Sant Jordi de la pandemia

La gente responde pese a las circunstancias y sin llegar a llenar las tiendas dan un empujón capital al sector

En la 'diada' más rara en muchos años los clientes compraron más literatura y menos 'best-sellers'

Visitamos las librerías de Barcelona en el Sant Jordi más atípico. / ZML

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Es muy posible que la gran diferencia entre el Sant Jordi de verano y un Sant Jordi normal, celebrado en su fecha, sin virus de por medio, sin mascarillas ni distancias de seguridad y con las grandes avenidas entregadas a la celebración, es que en cualquier otro día del libro y la rosa resulta imposible hurtarse a la fiesta, mientras que el de este jueves bien podía pasar desapercibido para alguien en cuyo camino no se cruzara una librería. Va, como se ha repetido en los últimos días, por barrios, lo que quiere decir que en cada pueblo y ciudad fue distinto, pero el denominador común es que no fue la fiesta acaparadora de siempre, la que ni el más atolondrado de los turistas podía dejar de notar. El paseo de Gràcia y la Rambla Catalunya de Barcelona, tradicionales columnas vertebrales de la celebración, estaban vacíos. Fue una jornada que, básicamente, se vivió en las librerías. Pero allí, bueno: allí sí se notó la fiesta.

"No hemos llenado la librería en ningún momento, pero hemos tenido una actividad constante", dijo Carme Prim, de La Caixa d'Eines

Hay que contextualizar: teniendo en cuenta que es verano, teniendo en cuenta la pandemia letal, teniendo en cuenta que desde hace una semana la instrucción gubernamental es salir de casa solo para lo imprescindible. ¿Y si toda la gente que acudió ayer a las librerías considera que es imprescindible leer, o echar una mano a las librerías? El día empezó perezoso, pero en eso se pareció a cualquier otro Sant Jordi, hasta que, a mediodía, incluso los del natural escéptico advirtieron más agitación de lo habitual. En Barcelona, en las grandes cadenas, La Central, Laie, La Casa del Llibre, quizá no parecía Sant Jordi, quizá no estaban abarrotadas, pero tampoco era cualquier jueves de julio; ni de un julio pandémico ni de un julio normal.

Control de aforo

"Calculamos que hay un 30% más de clientes que un día normal", explicaba Marisa Ontiveros, directora de la Casa del Llibre del paseo de Gràcia. "La gente se está animando", decían en La Central, en la calle de Mallorca. No eran más de las 12.00 y en la Laie ya tenían que controlar el aforo. "No tanto porque se llene la tienda, que es muy grande, sino porque la mayoría de la gente se concentra en la sección de narrativa", explicaba una responsable. Librerías de barrio como La Memòria, en Gràcia, no se quedaban atrás. "Ha ido bien, hemos vendido bastante”, decía la librera Anna Josa. El dueño, Xavier Cortés, explicaba que se daría por bien servido si con las ventas por internet durante el confinamiento, más las buenas ventas de mayo y junio, más las ventas de este jueves conseguía compensar la cancelación del Sant Jordi original. Y parecía que sí. "No hemos llenado la librería en ningún momento, pero hemos tenido una actividad constante”, resumía Carme Prim, de La Caixa d’Eines, ya hacia el final de la jornada. La tarde, mermado el calor, aportó un general y agradecido aumento de las visitas.

"Nos ha sorprendido la respuesta de la gente, incluso en sitios como el Segrià", señaló Marià Marín, del Gremi de Llibreters

El Sant Jordi de verano fue atípico por muchas razones, entre ellas por el tipo de ventas: no fue el Sant Jordi de los grandes superventas. Como explicó Prim, "se ha vendido más literatura y menos novedades", y en eso coincidieron tanto otras librerías como el Gremi de Llibreters. "Hay que tener en cuenta que los 10 libros más vendidos nunca representan más del 5% de las ventas, de manera que se puede decir que esto siempre ha sido así, pero este Sant Jordi lo ha acentuado", explicó Marià Marín, secretario técnico del gremio. En términos generales, Marín hizo un balance más que satisfactorio de la jornada. "Nos ha sorprendido la respuesta de la gente, incluso en sitios como el Segrià, donde la situación es complicada. La gente tenía ganas de día del libro. No es comparable con un Sant Jordi normal, pero estamos muy contentos".

Mejor adentro que afuera

En las grandes librerías la fiesta tuvo lugar en el interior, no importaba si afuera había instalada una caseta: hacía mucho calor para permanecer en la calle. Si se podía elegir, adentro o afuera, mejor adentro. Pero iba por barrios: en Tarragona la celebración tuvo lugar en la Rambla Nova, en un espacio acotado donde había media docena de puestos de libros y rosas, control del aforo y toma de temperatura a la entrada. Hubo ambiente, aunque no como en un Sant Jordi normal. 

En Girona, en la plaza de la Independència, sucedió algo similar. En Sitges fueron instaladas seis casetas en el Hort de Can Falç, lejos de las 40 que suele haber en el paseo de la Ribera en un Sant Jordi normal, y en Lleida, donde las medidas impuestas por el Govern impedían hacer fiesta en la calle, los libreros se dieron por satisfechos con la afluencia "tranquila pero constante" de lectores que salieron de sus casas y acudieron a las tiendas.

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Tarragona, Girona y Lleida se sumaron a la fiesta, en el caso de las dos primeras con más presencia de casetas en la calle

Otro indicador claro de que la jornada era atípica es que los pocos autores que firmaron eran de aquí: las cosas no están para hacer desplazamientos. Hubo firmas programadas para las que había que pedir cita previa en algunos casos, e iniciativas como la de Edicions 62, que llevó a varios de sus autores por librerías de Barcelona, donde hacían una breve visita y dejaban ejemplares de sus libros firmados para los clientes. Algún lector que tuvo la suerte de cruzarse con ellos aprovechó la circunstancia para pedir un autógrafo 'in situ'. No le fue negado.