27 may 2020

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ENTREVISTA

Scott McClanahan: "En la novela actual tendría que haber mucho más reventado de granos"

El autor de Virginia Occidental firma 'El libro de Sarah', una potente novela de paranoia, borrachez y amor paria en la parte chunga de los Apalaches

Kiko Amat

Scott McClanahan, en una imagen promocional.

Scott McClanahan, en una imagen promocional. / EL PERIÓDICO

Contrariamente a lo que afirmaba el viejo Bo Diddley, a veces sí puedes juzgar un libro por la portada. O por la foto del autor, ya puestos. Si en la solapa el novelista pone cara de escrutar fuegos en la distancia a la vez que sospecha que alguien se ha tirado un pedo en sus inmediaciones (modelo Estadista Que Sopesa Los Grandes Temas), no resulta complicado imaginar el resto. Scott McClanahan, quien aparece en 'El libro de Sarah' luciendo un… ¿maxibodi de niño?, parece invitarnos a un mundo de camisetas con las mangas cortadas, borracheras al volante (con niños), dentaduras destruidas, alitas de pollo que hablan y peña que ve catorce veces seguidas el video de 'November rain' y luego se traslada a vivir al aparcamiento del Walmart... De acuerdo, no todo puede deducirse de la foto del autor. Especialmente lo de las alitas. Para ello tendrán que leerle o echar un vistazo a la entrevista que sigue. O ambas cosas.

Tus novelas hablan de Virginia Occidental. Los lectores españoles no sabemos mucho sobre el lugar, más allá de lo que cantaba John Denver.

Pues la canción se equivoca. Todas las referencias de la primera estrofa de 'Take me home country roads' son incorrectas [ríe]. El río Shenandoah ni siquiera está en Virginia Occidental. Pero es una canción hermosa. Me encantaría que la pusiesen en mi funeral (en la versión de Toots & The Maytals).

Virginia Occidental es más rural y montañoso que Kentucky.

Somos el único estado que está completamente integrado en los Apalaches. El este de Kentucky es similar a Virginia Occidental, pero históricamente son muy distintos. Durante la Guerra Civil, Virginia Occidental se escindió de Virginia para alinearse con Abraham Lincoln y el Norte, mientras que Kentucky siempre ha sido totalmente Viejo Sur. Todo ese rollo sureño de plantaciones y tal nos es ajeno. Hay demasiadas montañas donde yo vivo, es terreno minero, la mitad del carbón del país salía de aquí. A los obreros de las colonias industriales se les pagaba con vales que solo podían utilizar en la tienda de la compañía, eran esclavos a sueldo. La historia obrera norteamericana del siglo XX se hizo en mi estado, con las huelgas y los sindicatos. Gracias a los mineros somos el único Estado que tiene algo parecido a la sanidad pública, desde 1948. Lo conseguimos partiendo cabezas, que es el único modo.

Tu protagonista no es un asesino de niños, pero posee escasas cualidades redentoras. Es pasivo-agresivo, paranoico, resentido, quejica…

Muchas primeras personas son falsas, especialmente en Estados Unidos. Todos van a buscar la simpatía del lector. Yo nunca he buscado algo así. Lo que sí hice fue equilibrar la antipatía de los personajes. Si quitas a Sarah, el libro es como una película de Jerry Lewis y Dean Martin donde el segundo falla. El personaje serio de un gag no puede ser demasiado divertido ni demasiado envarado. Scott está todo el rato rebotando contra Sarah, que es el personaje centrado, por complicada que sea.

"Los pecados que quedan mejor son los que encajan en la narrativa del macho, pero tener rabietas y salir llorando de habitaciones no forma parte de esa narrativa"

También es un poco masoca. Se lo pasa bomba con el dolor.

Si mi madre viese detonar una bomba atómica, diría [afecta voz aflautada] "oh, qué hongo más bonito" [ríe]. Es optimismo psicópata, pero también un recurso narrativo. Creo que es el modo en que nos contamos historias. Cuando yo era joven salía con una chica que estaba obsesionada con Elvis Presley, y mis padres nos llevaron de vacaciones a Memphis. Nos embarcábamos los cuatro en un escenario de pesadilla, era todo espantoso, lo pasamos fatal. Seis meses después, todos los implicados estábamos diciendo "no estuvo mal, ¿os acordáis de cuando…?". Y eso es humano. Reformulamos acontecimientos horribles y los convertimos en comedias.

La lujuria o la ira son más atractivas que la envidia o la cobardía. Tu Scott llora y se autocompadece todo el rato.

Como dijo Leonard Cohen, "es más fácil enseñar una herida que un grano". Las heridas o las cicatrices dicen cosas sobre ti que tal vez sean horribles, pero al menos tienen un lado heroico o fascinante. Pero ser pasivo-agresivo es lo peor que un hombre de Virginia Occidental podría pensar de sí mismo. Los pecados que quedan mejor son los que encajan en la narrativa de macho, pero tener rabietas y salir llorando de habitaciones no forma parte de esa narrativa. Los libros de divorcio son un estereotipo nacional, casi un género. John Updike solo hablaba de ello, pero yo nunca he visto mi experiencia reflejada en sus novelas, donde los personajes siempre contienen sus emociones. Los divorcios que vi eran explosivos y caóticos y emocionalmente desmesurados.

La escena del reventado de granos, por cierto, hace que el libro sea pura narrativa de clase obrera, más que las caravanas o la comida basura.

[ríe] Fijo. Esa escena sería inaceptable en cualquier otro tipo de novela, incluso en formas modernas de TV o cine donde las asquerosidades están permitidas. Aquí tenemos lo que llamamos Literatura Con Ele Mayúscula, y es increíblemente formal y seria, los modelos son gente como Proust, es literatura de una generación anterior, obsesionada con tropos del siglo XIX e incapaz de ver cosas alucinantes que están delante de sus ojos ahora mismo. En la novela actual tendría que haber mucho más reventado de granos.

Algunas novelas están escritas por gente cuyo interés primordial, incluso diría su experiencia vital, son otras novelas. No es tu caso.

Los libros españoles que llegan a Estados Unidos son de gente como Javier Marías o Enrique Vila-Matas, gente que me intriga, porque básicamente hablan de libros que han leído. De sus lecturas formativas. Sus obras tienen un indudable interés estructural, pero algunas parecen mini biografías de autores. ¿No preferirías hacer un libro con cuarenta biografías de los colegas más dementes que has tenido en la vida? [ríe]. No digo que lo suyo no esté exento de interés.

"Crecí contando y escuchando historias de puta locura con mis amigos. Crecí con voces"

La portada española anuncia: "Un nuevo hermano de sangre para Flannery O’Connor, Charles Bukowski y Harry Crews".

Aunque esas comparaciones son halagadoras, mi voz se desarrolló en internet, donde lo que contaba era decirlo rápido y divertido y chocante. Crecí contando y escuchando historias de puta locura con mis amigos. Crecí con voces. Voces que nunca he hallado en libros, y que eran mejores que las de los libros. Alguien dijo que la lengua rusa era "carne hablada", y en los Apalaches existe una tradición oral similar. Lo que hice fue subir esas voces a internet, un lugar perfecto para ese fin.

No es la fuente que satisface a los críticos serios.

Pero 'Madame Bovary' surgió de un cotilleo. Flaubert te está hablando de una mujer caída en desgracia de su pueblo. Es como si alguien basara una novela en algo que le contó un colega. Hoy en día obras del siglo XIX se colocan en pedestales y sirven la función de estatuas intocables, pero se olvida que su origen fueron anécdotas locales.

Tu novela contiene fotos personales tuyas y de tus hijos…

Ya sabes como va. En el primer capítulo al protagonista le paran por conducir borracho con niños pequeños en el coche. A mí eso no me ha sucedido. ¿Me han parado por conducir borracho? Sí. ¿He estado bebido junto mis niños alguna vez? Sí [ríe]. Creas una historia de ficción mediante una red de historias reales. En la vida real hacemos lo mismo. Moldeas tu narrativa y tu identidad del mismo modo que en la ficción, tomando unas cosas y desechando otras. Muchas de esas identidades resultarían falsas si las examináramos a conciencia.

"La epidemia de opiáceos se llevó por delante a la mayoría de gente que iba a mi instituto"

Escribir no es terapéutico. La terapia es terapéutica.

Siempre tuve una opinión pésima de la terapia, pero al final salvó mi vida. Cuando escribo quiero deslumbrar, no hacer una puta sesión de psicoanálisis. Escribir para mí es como rezar; y a ratos lo odio del mismo modo. Todos mis amigos están muertos. La epidemia de opiáceos arrasó mi estado. Primero la oxicodona, luego la heroína, se llevaron por delante a la mayoría de gente que iba a mi instituto. O acabaron en la cárcel. Siempre supe que yo era distinto, solo porque la escritura era algo a lo que agarrarme, una razón para permanecer limpio. Escribir es difícil, y organizarte la vida alrededor de la escritura más aún. Hay que estar sobrio para conseguirlo.

Una última pregunta: ¿qué leches llevas puesto en tu imagen de solapa?

Mi agente, que es un poco pijo, me pidió unas fotos de autor, y decidí hacerme una con bata de mujer de estar por casa, de cuerpo entero. Las llevan las abuelas de aquí para ir a buscar leña al cobertizo. Cuando la rechazó, le mandé un par más. En una de ellas salía con una túnica para obesas y en la otra con un disfraz de unicornio. Al final utilizó la de la bata.

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