06 ago 2020

Ir a contenido

CITA CON EL CÓMIC Y LA CULTURA JAPONESA

El dios del manga, en el Olimpo del MNAC

El universo de Osamu Tezuka protagoniza, a través de 201 originales, la gran exposición del 25º Manga Barcelona

Toda la obra del influyente e innovador creador de Astro Boy y de obras maestras como 'Adolf' refleja un espíritu humanista

Anna Abella

El dios del manga, en el Olimpo del MNAC

ELISENDA PONS

“El manga es potencial. El manga es emoción. El manga es resistencia. El manga es extraño. El manga es conmovedor. El manga es destrucción. El manga es arrogancia. El manga es amor. El manga es ‘kitsch’. El manga es admiración. El manga es... aún no tengo una respuesta definitiva a esta pregunta”, escribía, en su autobiografía, Osamu Tezuka (1928-1989), el ‘manga no kamisama’ (dios del manga), aunque no le sobrarían tampoco los ‘títulos’ de rey del anime o el Walt Disney japonés. Este jueves el creador de Astro Boy y de obras maestras como ‘Adolf’ y ‘Fénix’ llegaba al Olimpo del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) como protagonista de la exposición central del Manga Barcelona en su edición del 25º aniversario

A través de más de 200 valiosos originales, organizada conjuntamente por el museo, Ficomic, Tezuka Productions y el Festival de Angulema y apadrinada por Macoto Tezka, hijo del ‘sensei’ (maestro), la exposición recorre la evolución de un creador que revolucionó el cómic tras la segunda guerra mundial y cuyo trabajo se diversificó en más de 700 obras, más de 150.000 páginas y 60 piezas de animación. Incansable, incluso en la cama del hospital, enfermo de cáncer, nunca dejó de dibujar. A los 60 años, sus últimas palabras fueron, aseguran sus biógrafos, “Por favor, dejadme trabajar”. 

Macoto Tezka, hijo de Tezuka, con la reproducción de 'Astro Boy', en la exposición sobre su padre en el MNAC / Elisenda pons

La guerra marcó a un adolescente Tezuka cuyo sueño era ser ‘mangaka’, que imprimió a toda su obra posterior un espíritu humanista, una “oda a la vida”, detallaba su hijo este miércoles a este diario. En plena posguerra, en un Japón derrotado que luchaba por salir de la miseria, el manga de Tezuka emergió como una vía de evasión. Con su primera serie larga, ‘La nueva isla del tesoro’, inspirada en el clásico de Stevenson, en 1947, en una época en que comprar manga era casi un lujo, vendió 400.000 ejemplares. En ella ya se aprecian, como muestra la exposición, las innovaciones que le caracterizaron y le llevaron al éxito: una narrativa visual muy expresiva y cinematográfica, con una acción y un dinamismo que marcaban viñetas que recordaban fotogramas, la creación de personajes complejos y el desarrollo del ‘story-manga’, es decir, primaba el contar historias largas olvidándose de los hasta entonces habituales gags y viñetas de humor.

  

De inicios de los 50 son tres de sus hitos, todos héroes que luchan contra el mal (la discriminación, la incomprensión y los crímenes que conducen a la guerra y que Tezuka oculta bajo la apariencia de monstruos o robots gigantes. Primero, Kimba, el león blanco, a la izquierda (que no es difícil pensar que inspirara ‘El rey león’ de Disney). Segundo, Astro Boy, “una oda a la ciencia -explica Oriol Estrada, director de contenidos del salón, que ha comentado la muestra en ausencia del comisario, Stéphane Beaujean-. Daba pie a los jóvenes a seguir la vocación científica y de la robótica a un Japón que necesitaba salir de la crisis de posguerra”. Fue de inmediato una serie de culto que se alargó durante 17 años, protagonizada por un pequeño robot huérfano cuyo corazón se alimenta de energía nuclear, y que se convirtió en la primera serie animada concebida para televisión (1963), dando luego el salto a EEUU. Y tercero, Zafiro, de ‘La princesa caballero’, que influiría en muchas autoras de manga.  

Obras de Tezuka, en la exposición del MNAC / ELISENDA PONS

En los 60 y 70, explica Estrada, "aunque en un principio el ‘mangaka’ criticó a quienes empezaron a hacer ‘gekiga’, manga para adultos, porque decía que el manga debía ser para niños y por tanto no podía haber en él sexo, crueldad, violencia, dolor o conflicto, pronto rectificó" y alumbró obras maestras para adultos en las que no falta ninguno de esos elementos, como ‘Adolf’ (quizá el más leído por los no lectores de manga, con sus tres Adolfs, Hitler, un judío y su amigo alemán pronazi); ‘Fénix’ (pasó décadas dibujando sus volúmenes), y el misterioso médico de ‘Black Jack’. Esta serie la concibió para durar cinco semanas y la prolongó diez años y en ella, igual que en ‘Oda a Kirihito’ y ‘El árbol que da sombra’, volcó la profesión que nunca ejerció para volcarse en el dibujo: era doctorado en Medicina (su tesis puede consultarse por internet)..  

  

Aquellos fueron años complicados para Tezuka, pues en 1973 quebró su estudio de animación, Mushi Production. Aunque sus animes eran muy populares e innovó también con métodos para que resultaran asequibles y rentables, cometió el error de venderlos a las teles a precio de saldo sin calcular el coste de producción. Le quedó una deuda equivalente a unos tres millones de euros actuales. 

Personajes como actores

La exposición revela otra de las particularidades novedosas de Tezuka. Su ‘star-system’: una legión de un centenar de personajes, con Astro Boy a la cabeza, que para él, apasionado del cine, eran “sus actores”. Eran perfectamente identificables e interpretaban papeles en cada una de sus series. Así, por ejemplo, el león Kimba encarna a uno de los pacientes de Black Jack, apunta Estrada. Empezó a ‘coleccionarlos’ con 13 años: contaba él mismo que estaba jugando en casa de un amigo y entró “un anciano calvo con una cara muy de manga”, que era su abuelo. Y lo convirtió en su primer personaje, Mostacho, que usó en varios mangas durante la guerra. 

En la inauguración de la exposición del MNAC, con la que su director, Pepe Serra, tras muestras como las del nuevo Corto Maltés de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero, o El Víbora, sigue apostando por el cómic y por romper el cliché de «alta y baja cultura», el hijo de Tezuka, Macoto Tezka, constataba que, como decía su padre, «el manga no tiene fronteras y cualquier persona, de cualquier país, raza o religión, puede disfrutarlo».