24 feb 2020

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FESTIVAL DE VENECIA

Joaquin Phoenix hiela la sangre con un 'Joker' patético y brutal

Pablo Larraín firma con 'Ema' una obra agresiva y a la vez dulce, con una estructura hiperfragmentada que remite al consumo audiuovisual que YouTube impone

Nando Salvà

Joaquin Phoenix, en una imagen de ’Joker’, la ganadora de Venecia.

Joaquin Phoenix, en una imagen de ’Joker’, la ganadora de Venecia.

Quienes en su día criticaron la trilogía del Caballero Oscuro por su exceso de gravedad y su desdén del elemento fantasioso en pos del realismo sombrío probablemente se sientan tentados a reconsiderar esa opinión tras ver 'Joker'. Presentada este sábado a concurso en la Mostra de Venecia, esta mirada a los orígenes del más célebre enemigo del hombre murciélago es tan lúgubre que, a su lado, aquellas películas de Christopher Nolan se parecen a 'Los Increíbles'. Su referente esencial no es ninguna novela gráfica sino el Martin Scorsese de hace cuatro décadas y, de hecho, podría definirse como una relectura de 'Taxi driver' (1976) matizada con elementos de 'El rey de la comedia' (1982). Y que el resultado funcione tan bien como lo hace resulta especialmente sorprendente considerando que la obra previa de su director, Todd Phillips, pertenece en su totalidad al ámbito de la comedia gamberra.

"Hasta ahora el Joker no tenía un verdadero historial, ninguna de las novelas gráficas en las que el personaje aparece le dota de unos orígenes", ha explicado esta mañana el responsable de la saga 'Resacón' ante la prensa. "Y eso me ha resultado muy liberador porque no he tenido ninguna regla que respetar. La única condición que nos impusimos al escribir el guion fue ser tan dementes como pudiéramos". La estrategia resulta acertada porque, después de todo, el protagonista de 'Joker' es un perturbado. Y lo es porque el mundo le ha hecho así. La falta de una figura paterna, los abusos sexuales que sufrió en la infancia y la violencia sistemática que le inflige una sociedad al borde del colapso moral lo han convertido en un catálogo andante de traumas. Pero cuando mata por primera vez, tocado con su peluca y su maquillaje de payaso, empieza a sentirse bien.

Joaquin Phoeniz, en Venecia, este sábado / AP / ETTORE FERRARI

Al personaje lo interpreta Joaquin Phoenix, que gracias a él se confirma una vez más como el mejor actor de su generación a la hora de interpretar enfermos mentales -algunos dirán que como el mejor actor de su generación, punto-; este Joker es un ser patético, peligroso, ridículo, brutal, tierno, vulnerable y conmovedor, que durante buena parte de la película estalla a reír de forma histérica cada vez que tiene ganas de llorar -en otras palabras, casi todo el rato- y cuyas carcajadas suenan como alaridos de dolor insoportable, y que ni siquiera cuando se mancha la cara de sangre ajena o cuando se marca unos bailoteos con evidente deleite deja de resultar esencialmente trágico. Suele considerarse que la mejor versión cinematográfica del personaje es la ofrecida por 'El caballero oscuro' (2008), pero desde ahora muchos reconsiderarán esa opinión. Heath Ledger ganó un Oscar gracias a aquella película; raro será que Phoenix al menos no esté cerca de ganar otro gracias a esta.

La maravilla de Larraín

Del mismo modo que 'Joker' no se ajusta al perfil habitual de las adaptaciones de cómic, sería un error definir la otra candidata al León de Oro presentada el sábado como la historia de una pareja que adoptó un niño y luego decidió devolverlo aunque sobre el papel ese sea precisamente el tema que trata. Porque 'Ema' es la película más audaz e inclasificable de uno de los cineastas más audaces e inclasificables en activo, el chileno Pablo Larraín. Incluye padres e hijos fallidos pero también orgías lésbicas, mobiliario urbano quemado a golpe de lanzallamas y mucho, mucho reguetón. Larraín asegura haberla hecho para capturar a la nueva generación de jóvenes chilenos, y lo logra no solo a través de la historia que cuenta sino también de la estructura hiperfragmentada de la que la dota con el fin de hacernos experimentar el tipo de consumo audiovisual que YouTube impone. El resultado es una obra llena de amor y de odio, agresiva y muy dulce, poética y macarra y también grotesca y preciosa a la vez. Una maravilla.