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CRÓNICA

Manolo Alcántara, entrañable soñador

El artista circense cautiva con 'Déjà vu', arropado por la estupenda y versátil cantante Laia Rius

Marta Fergut

Alcántara, creador y protagonista de ’Déejà vu’, en un momento de la obra.

Alcántara, creador y protagonista de ’Déejà vu’, en un momento de la obra. / RAQUEL GARCIA

"No trabajo mucho", contaba Manolo Alcántara, artista circense de producción artesanal, reivindicando una mayor presencia en las salas, esquivas a programar este tipo de propuestas, aptas para todo tipo de públicos, también familiar. El festival Grec sí le ha vuelto a abrir las puertas -asimismo a la gran payasa Pepa Plana-, tras estrenar en el 2014 su deliciosa e intimista 'Rudo', centrada en arriesgados equilibrios. Ahora el intérprete, creador y director ha presentado en el Mercat de les Flors (Sala Ovidi Montllor) 'Déjà vu', pieza con la que da un giro hacia una vertiente más clown y teatral, trasladando al espectador de la realidad al mágico mundo de los sueños. Sueños de grandeza -con guiños al bombín y el bastón de Charlot- que al personaje construido por Alcántara le sirven para huir de una monótona rutina laboral, estampando sellos en una decadente oficina.

Al potente lenguaje visual -destreza física y hábil trabajo con los objetos y elementos escénicos que el mismo Alcántara ha diseñado-, se suma esta vez la espléndida y versátil voz de Laia Rius, responsable de una  composición musical (parte interpretada en directo y parte grabada) que encaja como un guante en el montaje. Ella abre el espectáculo con un precioso registro operístico mientras van cayendo los telones que nos descubrirán, sobre una cama-balancín, al protagonista de la historia. Un triste oficinista, representante de esta sociedad febril y fabril que nos ha convertido en títeres.

Empieza la jornada saltando de la cama, con los movimientos de una marioneta, y le echa mucho humor cuando, desnudo, va tapándose las partes íntimas con los objetos a mano y una máquina de coser con la que se confeccionará una bata. Muy lograda y divertida es la escena que firma en sincronizada colaboración con Andreu Sans, jugando a lograr imágenes especulares, uno frente a otro, con un marco que simula el espejo.

Escapar de la tediosa rutina laboral

Llega luego la tediosa y repetitiva rutina laboral, que el creador subraya con la reiteración de sonidos y acciones. Aparece como un personaje más que cobra vida una enorme estantería con cajones y puertas que se abren y cierran y que Alcántara utiliza para hacer equilibrios, apariciones y desapariciones. En algún momento el mueble amenaza caérsele encima, como se le cae esa existencia asfixiante de la que huye con sus grandilocuentes ensoñaciones. Le veremos en un minúsculo habitáculo sellando documentos mientras una telefonista –también Rius- atiende surrealistas llamadas. 

Baja el ritmo en esta parte de la función, repetitiva como el mecánico trabajo, aunque van asomando hallazgos, algunos para quitarse el sombrero, como el enorme bombín que el acróbata utilizará a modo de rueda de pista. La sugerente aparición de una marioneta con la figura del protagonista -un fallo técnico limitó su actuación en el estreno- y el despliegue rockero de Rius son otros puntos fuertes de un estupendo montaje que irá ganando con más rodaje y que merece, tras tres funciones en el Grec, hacer realidad el sueño de programarse en la temporada teatral.