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ENTREVISTA

Cristina Morales: "Puedo reflexionar sobre el dolor de regla y el Estado de bienestar en un mismo párrafo"

La ganadora del Premio Herralde es una de las escritoras más provocadoras del actual panorama literario

En 'Lectura fácil' aparece la Barcelona de los okupas, los ateneos libertarios y los afectados por la hipoteca,

Elena Hevia

La escritora granadina radicada en Barcelona Cristina Morales. 

La escritora granadina radicada en Barcelona Cristina Morales.  / RICARD CUGAT

No hay tantas novelas que se tomen la molestia de explicar el presente armados de una indignación, a la vez lúcida y libre de ataduras, como ‘Lectura fácil’ (Anagrama) la novela con la que Cristina Morales obtuvo el Premio Herralde. Esta historia sobre cuatro discapacitadas en un piso tutelado –el sujeto más impensable-  lanza una mirada nada complaciente y por ello bastante incómoda para el buen burgués sobre la Barcelona menos conocida, la de los favorecidos. Aparecida el pasado diciembre, desde el minuto cero se ha colocado en casi todas las listas de lo mejor del año cuando ya prácticamente estaban cerradas. Morales (Granada, 1985) llegó a Barcelona en el 2011, en plena crisis, a hacer un máster de verdad y muy rápidamente se insertó en el entramado de activistas de los centros cívicos (estuvo junto a los resistentes de Can Vies) y aquí recuperó otro de sus grandes querencias, la danza. Una gran oportunidd de ver a una escritora en plena danza. A partir del próximo jueves y hasta el domingo, Morales junto a Elise Moreau y Elisa Keisane –miembros de la compañía Iniciativa Sexual Femenina- presentarán ‘Catalina’, un espectáculo regido por la libertad, que coloca en el centro de su discurso el cuerpo de la mujer. Exactamente lo mismo que hace su novela.

¿Cuál era la primera intención que guiaba ‘Lectura fácil’?    

La primera no lo sé. Pero la última era hacer una crítica de cómo se utiliza el arte. De cómo se enseña la danza y cómo es cuando esta se democratiza fuera de los ámbitos profesionales porque la novela muestra cómo se imparte la danza en los centros cívicos, algo que es mi día a día.

¿La idea de partida es que la danza puede ser un espacio de resistencia? Y quien dice danza… dice sexo.  

Sí, pero ojo, que la danza también puede ser disciplinamiento del cuerpo y de las ideas. Hay otro tipo de danza posible, y lo mismo ocurre con el sexo. Marga, una de las protagonistas de la novela, a la que quieren esterilizar, experimenta o habla del sexo de una manera muy liberadora, pero al mismo tiempo también revela en qué camino sexual correcto la quieren poner sus pedagogas.

Haber escogido a cuatro mujeres, digamos, oficialmente discapacitadas…

Sí, etiquetadas como tales…

…le ha servido para hablar de los que están situados en los márgenes.

Llegué a ellas presenciando una actuación de fin de curso de un taller de danza del Centro Cívico de la Barceloneta que se hacía en la calle. En un balcón había unas cuantas mujeres que como nosotros estaban viendo la performance. La diferencia es que no eran un público sumiso. Hablaban entre ellas, discutían e interpelaban a las bailarinas. Me parecieron algo digno de ejemplo, porque esa libertad de interpelar al intérprete no está en el código entre espectador y artista. De ahí nació la idea de una libertad que podía nacer fuera de la normalización entre unas mujeres tachadas de ser discapacitadas.

¿Esas mujeres no normalizadas son un buen punto de partida para explorar la relación del ciudadano con el poder?

Sí, porque a los ‘discapacitados’ se les trata con condescendencia y cuando sus opiniones son contrarias a lo hegemónico son minusvaloradas y, muchas veces, contempladas como una patología, lo que es una forma de anularlas y quitarles su papel opositor.

¿Qué contacto real tiene con este tipo de personas?

He conectado con ellas a través de la danza. A menudo se las sube a un escenario para colgar la etiqueta de que el espectáculo es inclusivo, para descargar nuestras conciencias.

¿Su mirada ha sido la de la comprensión?

Más bien la del aprendizaje. Tuve un dilema con su representación. Me dije, ¿qué hago, infantilizo las retóricas o hago frases inconexas? Comprendí que tenía que colocarlas en un lugar de lucidez. El exterior de la novela es un lugar proscrito, donde nadie dirá que una persona discapacitada es lúcida. Suele decirse de ellos como un chascarrillo que “de tonto no tienen un pelo”. Eso es el halago que más lejos puede ir. Hay una gran claridad mental en aquel que no está en el código social.

Todas sus novelas tienen un denominador común: la crítica al poder.

Me interesa el poder y no solo el institucional, sino el que se da día a día en las relaciones entre iguales. De aquel que goza de situaciones de privilegio útiles para dominar. Deberíamos saber detectar estas situaciones y no naturalizarlas.

¿Diría que ha escrito esta novela con rabia?

Yo no lo siento así, no voy con calentón, jamás me estreso escribiendo, investigo mucho y le doy muchas vueltas a las ideas. Pero, sí, no me molesta que digan que es una novela rabiosa.

¿Bailar da una conciencia del cuerpo que ha llevado al papel?

La danza me hace ser mejor escritora.  Porque  puedo llevar esa conciencia a la novela y para mí es un proceso de investigación constante. Además, filosóficamente, me coloca en un lugar que no entiende lo intelectual como algo alejado de lo físico y viceversa. He podido reflexionar sobre el dolor de regla y del estado del bienestar en el mismo párrafo. Y también entender la danza no como un lugar de creación de belleza sino como un lugar de puesta en conflicto de nuestros cuerpos.

El jueves estrenarán en el Antic Teatre una pieza que imagino muy vinculada a la novela.

Sí, ‘Catalina’ tiene su origen en la novela. Mientras escribía el momento en que Nati, la bailarina, explica cómo le gusta que durante el baile se lo toquen todo, los pechos y los genitales, sentía que aquello debía llevarlo a escena.

Las escenas sexuales suelen ser complicadas de llevar al papel, pero en una novela en el que la piel y la carne tienen tanta importancia, son consustanciales.

Quizá por esa idea de no separar lo intelectual de lo físico. Me gusta mucho lo que se dice en la película Martín Hache: “Claro que me gustan unas buenas tetas y una buena polla pero lo que hay que follarse son las mentes”.

¿Sabe si Ada Colau, a la que se lanza alguna pulla en la novela, ha leído su novela?

No sé si Anagrama le ha hecho llegar un ejemplar. Pero no tengo un especial interés en que lo haga. Ella es un engranaje más de esta situación de venta y escaparatismo que sufre la ciudad.

Con sus okupas, sus ateneos libertarios, sus afectados por la hipoteca, ¿esta novela podía haberse contado desde otra ciudad que no fuese Barcelona?

Recoge conflictos de cualquier gran ciudad de la Europa desarrollada. Esa trabajadora social a la que llaman la cupera tiene un debate sobre nacionalismo y eso es estrictamente de aquí.

Sorprende el poco espacio que dedica al ‘procés’ siendo como es una novela de la Barcelona de ahora mismo.

El procés está en las vidas de las protagonistas pero no es significativo para ellas, ni para mucha gente. Nati valora que la 'cupera'  es una antisistema de boquilla porque es alguien que quiere construir un estado y no hay nada más rancio que eso.

Temas: Libros