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muestra reivindicativa

Eloy de la Iglesia, mucho más que cine quinqui

Una exposición en San Sebastián recupera la figura del transgresor y visceral director de 'Los placeres ocultos', 'Navajeros' y 'El pico'

Comunista, gay y drogadicto, el guipuzcoano fue uno de los cineastas clave del tardofranquismo y la transición

Quim Casas

Colage de Quentin Valois con imágenes de películas de Eloy de la Iglesia, para la exposición en San Sebastián.

Colage de Quentin Valois con imágenes de películas de Eloy de la Iglesia, para la exposición en San Sebastián. / QUENTIN VALOIS

No hay otro director similar a Eloy de la Iglesia en toda la historia del cine español, como tampoco encontraremos cineastas parecidos a Edgar Neville, Luis Buñuel, Víctor Erice, Pedro Almodóvar o Iván Zulueta. Todos desarrollaron o siguen desarrollando una trayectoria inimitable y ferozmente personal. Lo que diferencia a De la Iglesia del resto es que practicó un cine más popular centrado en la marginalidad ('thrillers', filmes de quinquis y yonquis, dramas lumpen) y no tuvo la repercusión crítica de los otros, aunque se convertiría poco a poco en un cineasta de culto.

Eloy de la Iglesia, en 1977.

Le tocó hacer películas en momentos tan complicados como los últimos 10 años del franquismo y la posterior transición democrática. Era miembro del Partido Comunista de España, homosexual y adicto a la heroína. Lo reunió todo para que la derecha española se la tuviera jurada. De ahí que muchas de sus películas llegaran a las salas tras ser mutiladas por la censura. Una exposición comisariada por el fotógrafo Pedro Usabiaga con el buñueliano título de 'Oscuro objeto de deseo' reivindica la figura de este cineasta único. Puede verse hasta el 4 de noviembre en la sala Artegunea de la Fundación Kutxa, en el espacio cultural Tabakalera de San Sebastián.

Heroína y cine

Nacido en Zarautz (Guipuzcoa), en 1944, y fallecido en Madrid, en el 2006, la vida de De la Iglesia parece ilustrar el tema del filme 'Arrebato', del donostiarra Zulueta: la vinculación entre cine y drogas como dos modos de adicción. En 1996 dijo que su adicción a la heroína no era nada comparada con su adicción al cine. La verdad es que la dama blanca venció durante un largo periodo a la cámara. En aquel 1996 empezaba la recuperación de De la Iglesia con una retrospectiva en el festival de cine de San Sebastián y la publicación de un libro a cargo de la Filmoteca Vasca. Quedó definido como cronista de los mundos subterráneos. Una descripción perfecta. Pero después solo pudo realizar una adaptación del 'Calígula' de Albert Camus para televisión, en el 2000, y el largometraje 'Los novios búlgaros' (2003).

Usabiaga empezó a darle vueltas a la exposición entonces, en 1996: "Me pareció muy interesante que el festival le dedicara una retrospectiva, pero pensé que también hacía falta realizar una exposición", nos explica el fotógrafo y comisario de la muestra. "Soy un gran fan de De la Iglesia. No solo me gusta su etapa del cine quinqui, todo me parece interesantísimo".

No ha sido fácil montar esta exposición. Según Usabiaga, los rodajes de algunos filmes están bien documentados, pero de otros no hay apenas material. "Encontré fotos en Filmoteca Española, Filmoteca Vasca, el archivo del festival de San Sebastián, colecciones privadas y el archivo de Antonio de Benito, que fue el fotógrafo de su primera época. En el archivo de un coleccionista inglés hallé cosas insólitas".

Orden cronológico

La exposición sigue un orden cronológico, con cerca de 150 fotografías, y se complementa con piezas diseñadas expresamente (un grafiti del artista Baptiste Pauthe, un vídeo de Itziar Orbegozo y Tamara García que revisa el papel de la mujer en el cine de De la Iglesia desde la perspectiva actual, y cinco collages del cineasta y artista plástico Quentin Valois) más las fotografías de Jorge Fuembuena realizadas durante el rodaje del documental 'Quinqui stars'.

En orden cronológico, también, seguiremos su trayectoria. Los inicios no hacían presagiar sus temas y estilo más reconocibles, ya que debutó en 1966 con 'Fantasía... 3', adaptación de varios cuentos infantiles. Una rareza absoluta en la obra del cronista de los placeres ocultos y la adicción a las drogas, aunque los cuentos infantiles siempre han tenido mucho de perverso.

Nerviosismo franquista

La censura franquista empezó a ponerse nerviosa con su segundo filme, 'Algo amargo en la boca' (1969), que expone el deseo sexual que un atractivo joven despierta en tres mujeres. La franqueza con la que exponía la sexualidad sería un quebradero de cabeza para sortear la censura. Otro ejemplo es 'Cuadrilátero' (1970), protagonizada por el púgil hispano-cubano José Legra, que mezcla boxeo y celos amorosos.

Eusebio Poncela y Vicente Parra en 'La semana del asesino' (1972)/ ANTONIO DE BENITO

A continuación, se sumergió en claustrofóbicos universos criminales con 'El techo de cristal' (1971) y 'La semana del asesino' (1972), dos de sus mejores obras. En la primera, Carmen Sevilla está obsesionada con los ruidos que oye cada noche en el piso de arriba. En la segunda, Vicente Parra es un asesino en serie. La forma en la que De la Iglesia entendía el cine popular era muy transgresora: utilizó ni más ni menos que a un icono folclórico como Carmen Sevilla y a uno de los galanes cinematográfico del régimen para interpretar a dos personajes verdaderamente subterráneos. Los reunió en 'Nadie oyó gritar' (1973), donde Sevilla ayuda a Parra a deshacerse del cuerpo de su esposa a través del hueco del ascensor.

Le siguió 'Una gota de sangre para morir amando' (1974), título digno de un 'giallo' de Dario Argento, otro relato criminal protagonizado por Christopher Mitchum (hijo de Robert Mitchum) y Sue Lyon (la Lolita de Kubrick). La atrevidísima 'Juego de amor prohibido' (1975) se centra en dos estudiantes secuestrados por su profesor, mientras que 'La otra alcoba' (1976), protagonizada por Amparo Muñoz y Patxi Andión, entonces pareja en la vida real, gira en torno a una serie de infidelidades consentidas.

Sexo, religión y fascismo

Una vez dejada su huella 'exploit', De la Iglesia dio un giro considerable y aprovechó los resquicios que ofrecía la apertura de la transición para ofrecer, de forma descarnada, una crónica de ese lado oscuro que había anidado en toda su obra. Veamos los argumentos de los filmes en torno a sexo, religión, fascismo y política, que sin duda marcan un antes y un después en el cine español de consumo.

Simón Andreu y Ángel Pardo en 'Los placeres ocultos' (1977) / ANTONIO DE BENITO

'Los placeres ocultos' (1977), pieza capital aunque se estrenó muy cortada, es el primer largometraje español -después de 'Diferente' (1961)- que aborda la homosexualidad con normalidad, con Simón Andreu en el papel de un director de banco gay. 'La criatura' (1977) causó un considerable revuelo al contar el progresivo encariñamiento de una mujer burguesa (Ana Belén) con un perro. En 'El sacerdote' (1978), Simón Andreu volvió a ser el mejor cómplice del director para retratar las dudas sexuales de un cura; la autocastración final con tijeras de podar llegó solo un año después de la sonada castración de 'El imperio de los sentidos', de Nagisa Oshima. José Sacristán protagonizó 'El diputado' (1978), en el papel de un político de izquierdas chantajeado por un grupo de extrema derecha a causa de su homosexualidad.

Urgente y atropellado

Los temas son controvertidos, pero lo que hace interesantes todas estas películas es también su visualización cruda, extrema. Un cine urgente y atropellado, emparentado estilísticamente con el de Rainer Werner Fassbinder. Luego se adentró en el denominado cine quinqui, pero con un tono bien distinto al de 'Perros callejeros' (1977) de José Antonio de la Loma. 'Miedo a salir de noche' (1980), 'Navajeros' (1981) y 'Colegas' (1982) conforman su trilogía lumpen, retrato acerado de la delincuencia callejera y su relación con las drogas, encarado siempre desde una perspectiva marxista.

Ovidi Montllor y José Luis Manzano en 'El pico' (1983) / MARÍA MIRÓ

Volvió a viejos temas con 'La mujer del ministro' (1981), donde relató las relaciones entre la esposa de un ministro y un atractivo jardinero sin dejar de lado aspectos de la corrupción política, la decadencia aristocrática y el terrorismo. Con 'El pico' (1983) y 'El pico 2' (1984) fue de nuevo la diana preferida de la derecha española: ni más ni menos que heroína, homosexualidad, Guardia Civil, ETA y drama carcelario en un cóctel rabioso que hoy pondría los pelos de punta al PP y Ciudadanos.

En 'Otra vuelta de tuerca' (1985) retomó sus armas más transgresoras: el personaje de la institutriz reprimida sexualmente de la novela de Henry James -a la que dio vida Deborah Kerr en la adaptación más conocida del texto original, '¡Suspense!' (1961)- se convertía en un seminarista jesuita encarnado por Pedro Mari Sánchez. 'La estanquera de Vallecas' (1987) fue un espurio regreso al cine quinqui con la historia de una pareja de atracadores y sus rehenes en un estanco.

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