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La vía de tren que conduce al campo nazi de Auschwitz. 

EFE / DAREK DELMANOWICZ

LETRAS EN EL HOLOCAUSTO

Las escritoras que Auschwitz aniquiló

La reconocida autora de 'Suite francesa', Irène Némirovsky, la poeta Gertrud Kolmar y la holandesa Etty Hillesum centran el ensayo 'Ya sabes que volveré', de Mercedes Monmany

Anna Abella

“Si llegase a sobrevivir, surgiré como un ser más sabio y profundo. Mas si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo”, dejó dicho la holandesa Etty Hillesum antes de morir asesinada a los dos meses de ser deportada a Auschwitz, a los 29 años, en 1943. Desde el vagón que la llevaba al campo de concentración logró lanzar una postal, hallada por unos campesinos que la hicieron llegar al destinatario, unos amigos a los que ella les escribía: “Me esperaréis, ¿verdad?”. Compartieron fatal destino en el mismo campo, símbolo de la barbarie nazi, la poeta alemana Gertrud Kolmar (prima hermana y alma gemela de Walter Benjamin), con 48 años, y la francesa de origen ruso Irène Némirovsky, autora de ‘Suite francesa’, con 39. Las tres, todas escritoras judías, protagonizan el ensayo ‘Ya sabes que volveré’ (Galaxia Gutenberg), donde la crítica literaria Mercedes Monmany (Barcelona, 1957), autora de ‘Por las fronteras de Europa’, rescata “la existencia de un género que no debería haber existido, la literatura del Holocausto”.

“Además de los grandes maestros, Primo Levi, Elie Wiesel o Imre Kertész, al que le dieron el Nobel que simbolizaba a toda esa generación, desde los años 90 vienen apareciendo un gran número de textos y diarios de altísima calidad literaria, tanto de supervivientes como de fallecidos -explica Monmany, cuyas voces reúne en una profusa introducción-. Entre los muertos en todos los campos de la Europa ocupada hubo una gran generación interrumpida, de niños y jóvenes, que una presiente que hubieran sido los talentos del futuro, genios como Kafka o Proust”.

La autora eligió tres mujeres con "vidas cortadas de raíz” que cultivaron distintos géneros: Hillesum (que dejó diarios y cartas), Kolmar (poesía) y Némirovsky (novela). La primera, “con carrera por iniciar”; la segunda, “de carrera interrumpida (había recibido muy buenas críticas y se la comparaba con los grandes poetas expresionistas)”, la tercera, de fama consolidada y reconocida, aunque tras años olvidada renació con la aparición, en el 2004, en una maleta que heredó su nieta, del manuscrito de ‘Suite francesa’, cuya publicación fue tal fenómeno que recibió el Premio Renaudot, por vez primera a título póstumo. En la novela, llevada al cine y al cómic, Némirovsky radiografía con notas autobiográficas la Francia ocupada por los nazis.

Mercedes Monmany, esta semana en Barcelona / JOAN CORTADELLAS

"No sienten odio ni rencor"

Las tres, destaca Monmany, compartieron con otros autores víctimas de los nazis sentimientos que trasladaron a sus obras. “No sienten odio ni rencor. La palabra odio aparece en sus escritos pero lo mantienen a raya porque lo ven como el inicio de la barbarie. En un lado están los perpetradores del odio, la aniquilación, la humillación, los verdugos... y en el otro, los seres humanos. Eso las ennoblece, el mantener la barrera entre las actitudes criminales y los valores morales”.

De Hillesum -‘El corazón pensante de los barracones’ (Anthropos / Angle)- resalta “su personalidad arrolladora” y sus cartas y su diario, “espiritual e íntimo, que revela su crecimiento a través de las atrocidades de su alrededor”, relatando “la espiral de restricciones, persecuciones, torturas, encarcelamientos y deportaciones de amigos y profesores holandeses”. Todos, continúa, “aunque presienten que pueden matarlos como a chinches y sabían que los nazis querían deshumanizarlos, anularlos y humillarlos, tienen una resistencia espiritual para decir ‘no somos piedras ni animales, somos seres humanos’ y no se dejan abatir, luchan por no perder la humanidad para no ser como los verdugos”.

"Presentimiento de la muerte"

En la obra de la berlinesa Kolmar, autora de ‘Susanna’ (Errata Naturae), ‘Mundos’ (Acantilado) y ‘La madre judía’ (Traspiés), hay un continuo “presentimiento de la muerte”. Cultiva “un género fantasmal, kafkiano y expresionista, con imágenes muy duras, un lenguaje prodigioso y una gran imaginación que la lleva a mundos surrealistas e inventados” que le sirven de refugio y evasión lejos de lo que la rodea. Sus cartas, añade, “transmiten la desolación de una mujer que se ha quedado sola”.

Némirovsky, cuyas novelas y relatos viene rescatando Salamandra, cree Monmany que “mantuvo la esperanza hasta el final de que el ser una autora reconocida en lengua francesa y alabada por críticos y editoriales la salvaría” de ser deportada. “¿Qué me hace este país?”, diría refiriéndose a Francia, que “fue una trampa mortal”. No está de acuerdo la autora con las acusaciones que recibió porque en sus obras los judíos no salen muy bien parados y porque fue aceptada en círculos xenófobos y antisemitas. “Creo que la utilizaron, eran adoradores interesados. Y creo que ella llegó a dudar sobre si habría mantenido la mala imagen de los judíos si hubiera sabido lo que iba a pasar. Pero ella mostraba un mundo descarnado, con financieros desaprensivos judíos y no judíos, que es el que conocía, observaba y experimentaba. También escribió de madres temibles y voraces que no quieren a sus hijas. Creo que le tocó escribir en el peor momento de la historia”.

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