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La lucidez de Adam Zagajewski gana el Princesa de Asturias

El poeta polaco, firme candidato al Nobel, es uno de los más respetados de las letras europeas

ELENA HEVIA / BARCELONA

Adam Zagajewski, durante una visita a Barcelona, en el 2006.

Adam Zagajewski, durante una visita a Barcelona, en el 2006. / GUILLERMO MOLINER

Autorretrato 

Entre ordenador, lápiz y máquina de escribir
se me pasa la mitad del día. Algún día se convertirá en medio siglo.
Vivo en ciudades ajenas y a veces converso
con gente ajena sobre cosas que me son ajenas. 
Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich.
En la música encuentro la fuerza, la debilidad y el dolor, los tres elementos.
El cuarto no tiene nombre.
Leo a poetas vivos y muertos, aprendo de ellos
tenacidad, fe y orgullo. Intento comprender
a los grandes filósofos -la mayoría de las veces consigo
captar tan sólo jirones de sus valiosos pensamientos.
Me gusta dar largos paseos por las calles de París
y mirar a mis prójimos, animados por la envidia,
la ira o el deseo; observar la moneda de plata
que pasa de mano en mano y lentamente pierde
su forma redonda (se borra el perfil del emperador).
A mi lado crecen árboles que no expresan nada,
salvo su verde perfección indiferente.
Aves negras caminan por los campos
siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas.
Ya no soy joven, mas sigue habiendo gente mayor que yo.
Me gusta el sueño profundo, cuando no estoy,
y correr en bici por caminos rurales, cuando álamos y casas
se difuminan como nubes con el buen tiempo.
A veces me dicen algo los cuadros en los museos
y la ironía se esfuma de repente.
Me encanta contemplar el rostro de mi mujer.
Cada semana, el domingo, llamo a mi padre.
Cada dos semanas me reúno con mis amigos,
de esta forma seguimos siendo fieles.
Mi país se liberó de un mal. Quisiera
que le siguiera aún otra liberación.
¿Puedo aportar algo para ello? No lo sé.
No soy hijo de la mar,
como escribió sobre sí mismo Antonio Machado,
sino del aire, la menta y el violonchelo,
y no todos los caminos del alto mundo
se cruzan con los senderos de la vida que, de momento,
a mí me pertenece.

Al polaco Adam Zagajewski no le ha llegado el Nobel sino el Princesa de Asturias de las Letras, pero todo se andará. Hay que aprenderse bien ese nombre difícil porque con los ya desaparecidos Czeslaw Milosz, y Wislawa Szymborska (ambos bendecidos por la Academia Sueca) bien podría formar una terna (ampliada a Zbigniew Hebert) de lo mejor que han sabido hacer las letras polacas en los últimos años, la poesía.

Zagajewski, de 71 años, ha conocido la noticia la mañana del jueves en la ciudad de Cracovia, donde vive, cuando tenía prácticamente un pie en la escalerilla del avión rumbo a Bremen, donde ha participado fugazmente en un festival de poesía. Fugazmente, porque este viernes estará en el cartel del festival de poesía de su ciudad, donde es muy querido.

Su traductor Xavier Farré, que ha vertido gran parte de su obra al castellano en la editorial Acantilado, da fe de la satisfacción del autor al conocer la noticia de un premio que ha destacado la vertiente más social del poeta que, según el fallo, "confirma el sentido ético de la literatura y hace que la tradición occidental se sienta una y diversa en su acento nativo polaco, a la vez que refleja los quebrantos del exilio". Que el galardón proceda de España, un país que ha visitado tantas veces, ha llevado al poeta a recordar su deuda con el 'Quijote' de Cervantes y, especialmente, con Antonio Machado, uno de sus autores de cabecera.

DISIDENTE Y EXILIADO

Los avatares vitales de Zagajewski van parejos a los vaivenes de la historia de su país y de sus cambiantes fronteras. De hecho, nació acabada la segunda guerra mundial en la ciudad de Lvov, hoy Ucrania, y su infancia transcurrió en una zona minera de Silesia, que durante años había pertenecido a Alemania. Muy joven se opuso al régimen comunista y de ello dio cuenta en su primera poesía, muy combativa, y todavía no traducida en España. “En esos poemas, que podríamos llamar generacionales, él intentaba contrarrestar con su poesía el lenguaje del poder”, explica su traductor. Tras haber formado parte del grupo poético Ahora y de la Generación de la Nueva Ola, su fuerte disidencia acabó empujándole al exilio en los años 80, primero en París y más tarde en Estados Unidos, donde enseñó en diversas universidades, como Houston y Chicago, hasta que en el 2002 regresó a Cracovia, la ciudad polaca con mayor vida cultural, revestido de una gran fama internacional.

Puesto a definir su poesía, Farré destaca "el elemento celebratorio de su canto, que a veces se ve interrumpido por la conciencia moral o los avatares de la Historia". Y en los últimos tiempo, a medida que cumple años y sus viejos amigos empiezan a dejarle, se puede detectar un cierto carácter elegíaco mucho más intimista y lírico. Al igual que la de Szymborska, la poesía de Zagajewski tiene una gran claridad, un carácter narrativo muy alejado del surrealismo que la hace muy accesible y que finalmente lo ha popularizado. Para un traductor esa característica transparencia podría ser un incentivo pero Farré no lo tiene tan claro. “Sus poemas parecen sencillos pero es muy difícil encontrar su tono porque siempre se mantiene en la frontera del sentimiento y no puedes excederte. Si lo haces, es fácil que el poema se venga abajo”.

EN CATALÁN Y CASTELLANO

Pese a ser un gran y reconocido poeta -desde 1995 toda su obra está vertida al castellano y en catalán se encuentra 'Terra del foc' en Quaderns Crema-, también su faceta como narrador y especialmente como crítico literario es muy importante y ahí está su breve ensayo 'Releer a Rilke'. 'Tierra del fuego' es para Farré el volumen en el que la historia tiene un mayor peso y es “una buena puerta de acceso a su poesía” que habría que contrastar con 'Mano invisible' o con 'Asimetría', un libro que aparecerá próximamente. 

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