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EXPOSICIÓN DE UNA ARTISTA RESCATADA DEL OLVIDO

Vivian Maier, la fotógrafa invisible

Foto Colectania recupera el legado póstumo de la niñera que ejerció de pionera del retrato de calle

Natàlia Farré

 Autorretrato de 1953. / VIVIAN MAIER

 Autorretrato de 1953.
Autorretrato de 1955.

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Sorpresa. Y doble. Son el personaje y su trabajo. O, lo que es lo mismo, la vida de Vivian Maier (Nueva York, 1926 – Chicago, 2009) y los 120.000 negativos que abandonó. Una obra destinada al olvido y realizada sin vocación de ser mostrada, pero que desde hace poco más de una década figura en los anales de la historia de la 'street photography', a la misma altura que los consagrados Helen Levitt, William Klein Garry Winogrand. Y un personaje que vivió con más pena que gloria pero cultivó un estilo tan personal y tan rico que se ha convertido en un fenómeno viral a escala internacional: sus copias modernas se pagan a 5.000 dólares (4.400 euros) y sus instantáneas se exponen por todo el mundo.

Setenta y nueve de ellas cuelgan de las paredes de Foto Colectania, hasta el 10 de septiembre, en la muestra 'In her own hands', la primera, junto con la que el jueves abrirá en la Fundación Canal de Madrid, realizada en España. Pese a ello, Maier murió en la más absoluta indigencia y sin conocer el éxito. Un día resbaló en la calle, se golpeó en la cabeza y acabó en un hospital. Sola, como toda su vida.

CASI UNA OBSESIÓN

La historia de esta niñera de profesión y fotógrafa de vocación –"una pasión, casi una obsesión", según Anne Morin, comisaria de la muestra– es tan potente que "el personaje pesa sobre la obra". Y es que no se puede comprender su trabajo sin conocer su vida: la de una mujer solitaria, introvertida y austera que trabajó durante 40 años cuidando hijos ajenos, primero en Nueva York y luego en Chicago, al tiempo que retrataba la sociedad urbana de la época.

Lo hacía casi compulsivamente: "Era su manera de relacionarse con el mundo", apunta Morin; y una forma de buscar quién era, según explicó en alguna ocasión la propia autora. Y lo hacía sin intención artística. ¿Se consideraba fotógrafa? "Creo que nunca se atrevió salir de su perímetro adjudicado", responde la comisaria. Ese perímetro no era otro que el del servicio. El trabajo se lo consiguió su abuela, cocinera de la alta sociedad, y uno de los pocos miembros de la familia con el que mantuvo relación: de su padre, alcohólico, nada supo desde los cuatro años; su hermano siempre tuvo problemas psiquiátricos, y su madre poco ejerció como tal.

RETRATOS Y AUTORETRATOS

Así, que Maier se dedicó a cuidar los niños de otros al tiempo que dejaba constancia de un tiempo, el suyo, a través de la fotografía de calle "con una escritura muy propia que no entra en relación con ningún otro fotógrafo", asegura Morin, que considera los autorretratos de la artista su "parte más moderna y vanguardista". También la más enigmática, pues poca información proporcionan: "Siempre hay algo que interfiere entre ella y su imagen", la mayoría de las veces proyectada en una sombra, en un escaparate o un espejo.

Los retratos son casi autorretratos. Mucho tomados en barrios obreros, donde se sentía cómoda y desplegaba todas sus aptitudes. "Ahí podía asimilarse. Son retratos de gente como ella, invisible, apartada, olvidada, abandonada", a juicio de la comisaria. Una invisibilidad que John Maloof quiere subsanar "dando a conocer su obra y, a través de ella, dándole una identidad que no tuvo en vida", afirma Morin.

SUBASTA POR IMPAGO 

El apunte no es baladí, pues Maloof fue quien compró su archivo. Lo hizo casualmente cuando en el 2007 buscaba imágenes antiguas de Chicago y el almacén donde guardaba Maier sus cosas se subastó por impago. Maloof mantuvo las cajas cerradas hasta el 2009, en que empezó a venderlas por internet. La venta duró hasta que Allan Sekula lo vio y alertó de su valor. La recuperación empezó al tiempo que Maier moría. Maloof intentó localizarla pero la primera noticia que tuvo fue su esquela. Invisible hasta el final.

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