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70 AÑOS DEL FIN DEL HOLOCAUSTO

KL: los campos de la muerte

Nikolaus Wachsmann ofrece en un monumental estudio una historia global de los centros de concentración nazis

El historiador recurre a testimonios de víctimas y verdugos e informes aliados recientemente desclasificados

Anna Abella

Mujeres y niños esperan ante el crematorio de Birkenau antes de entrar en la cámara de gas, en mayo de 1944. / UAHMM / CORTESÍA DE YAD VASHEM

Mujeres y niños esperan ante el crematorio de Birkenau antes de entrar en la cámara de gas, en mayo de 1944.
Un soldado estadounidense, ante un tren cargado de reclusos muertos poco después de la liberación de Dachau. Habían salido de Buchenwald unas tres semanas antes.
Grupo de reclusos en el campo de concentración de Dachau.  
Un guardia SA amenaza a presos políticos recién llegados a los primeros campos de concentración, en 1933. 
KL, abreviatura de konzentrationslager, campo de concentración en alemán, da título al estudio de Wachsmann.

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«Necesito olvidar todo lo que he vivido en Auschwitz», expresaba en 1945 Shlomo Dragon tras contar su experiencia en el Sonderkommando, el Escuadrón Especial de presos al que la SS obligó a «colaborar con el terror» sacando los cadáveres de las cámaras de gas hasta el crematorio, cortándoles el pelo y arrancándoles los dientes de oro. Sin embargo, «el pasado volvía por la noche para atormentarlo» en forma de pesadillas y no pudo volver a hablar de ello hasta muchos años de silencio después, autoimpuestos por el estigma de haber pertenecido a aquel funesto comando de Birkenau, aunque «solo tuviera dos opciones, obedecer o morir». El Holocausto ha acompañado de por vida a los supervivientes y ahora, cumplidos 70 años de la liberación aliada, sus testimonios nutren las 1.100 páginas del monumental KL. Historia de los campos de concentración nazis (Crítica), del historiador Nikolaus Wachsmann.

Visión global de las fábricas de la muerte

Este profesor de la Universidad de Londres relata paso a paso la gestación y desarrollo de los KL (abreviación del alemán konzentrationslager) y ofrece en su exhaustivo estudio una necesaria visión global de esas fábricas de muerte a través de víctimas, verdugos y de la sociedad alemana, que mayoritariamente calló. Memorias, interrogatorios, entrevistas, escritos y documentos desclasificados hace poco de archivos rusos, alemanes y británicos, en gran parte inéditos, son sus fuentes.

En los campos entraron 2,3 millones de prisioneros y murieron 1,7 de ellos. Solo en Auschwitz 870.000 judíos fueron gaseados nada más llegar. Pero, recalca Wachsmann, «el terror antisemita se desplegó en gran medida fuera del KL; no fue hasta el último año de la segunda guerra mundial cuando la mayoría de supervivientes judíos se vio dentro de un campo de concentración. El grueso de los seis millones de judíos asesinados bajo el régimen nazi pereció en otros lugares», fusilado en zanjas y en guetos en el Este.

KL no deja detalle por analizar, desde los niños (210.000 son deportados a Auschwitz entre 1942 y 1945; sobreviven menos de 2.500), los cobayas humanos (además de Mengele, había «docenas de doctores realizando experimentos» y no eran «científicos locos y solitarios» sino «respetados integrantes de la comunidad médica»), el pillaje endémico de bienes de los presos entre los SS, el papel de sus mujeres («cómplices de las atrocidades» y «con el armario lleno de vestidos de asesinadas») o las marchas de la muerte.

MITOS

Wachsmann desmitifica creencias como que los SS eran «sádicos trastornados» -«solo unos cuantos eran asesinos patológicos»-. En los campos evitaban ir al frente, obtenían privilegios y ascensos, bañaban los escrúpulos en alcohol y les unía «el vínculo de tener las manos ensangrentadas y compartir la carga de matar». Sobre las víctimas recalca que «no eran pasivas», solo que llegaban extenuadas y desorientadas y entraban engañadas a las cámaras de gas camufladas de duchas. «La mayoría de historias de los presos no son el edificante relato del triunfo del espíritu humano, sino una historia de degradación y desesperación», matiza, pues sobrevivían bajo «la ley de la selva», donde el único pecado era robar el pan de otro.

EL PRIMER CAMPO

KL recuerda que en 1933, cuando Hitler llegó al poder, los primeros presos fueron comunistas. Las SS arrestaron, por orden de su jefe, Heinrich Himmler, a «todos los oponentes de izquierdas que amenazaran la seguridad del Estado» y los enviaron a Dachau, el «primer campo de concentración», donde sufrieron torturas bendecidas por el «matón y nazi fanático» Theodor Eicke. Himmler le premió con la comandancia por matar a Ernst Röhm, líder de la SA, tras la purga de la Noche de los Cuchillos Largos. Con Eicke, la SS, estableció las bases del posterior exterminio.

En 1938, a los presos comunistas se les añadieron testigos de Jehová, homosexuales, gitanos y, por el deseo de Himmler de «erradicar la subcultura criminal», marginados, vagabundos y delincuentes. A DachauSachsenhausen (que los presos empezaron a construir a 40 kilómetros del Estadio Olímpico de Berlín cuando prendía la antorcha de los JJOO de 1936) y Buchenwald (edificado preservando en el centro el gran roble bajo el que Goethe halló a su musa), se sumaron Ravensbrück (para mujeres) y Flossenbürg Mauthausen, buscados para que sus, luego letales, canteras satisfacieran con trabajo forzado la necesidades del Reich. Por los 180 escalones de Mauthausen los reos acarreaban enormes piedras de granito (destaca el autor que allí y en Gusen murió  el 60% de los «rojos españoles», que «ganaron fama por su valentía y solidaridad»).

Sin embargo, apunta Wachsmann, a finales de los años 30 los KL aún «no eran centros de carnicerías a gran escala». La guerra desató la espiral del horror. En 1939 se construyó Auschwitz y los primeros exterminados en masa no fueron judíos sino prisioneros de guerra soviéticos. Pero para 1942, cuando empezaron las deportaciones masivas de familias judías, «la SS ya había practicado casi todas las formas imaginables de asesinato» y todos los mecanismos del Holocausto (la eutanasia de enfermos y discapacitados, los kapos, las selecciones, el gas, las duchas falsas, los crematorios...).

Otras novedades ligadas al Holocausto

Tras la reciente publicación de los diarios inéditos del ideólogo de Hitler Alfred Rosenbergy de testimonios de supervivientes como Y tú no regresaste, de Marceline Loridan-Ivens, yEl diario de Rywkados nuevos títulos vienen a completar, junto a KL, las novedades ligadas al Holocausto. Son el ensayo del historiador Timothy Snyder 'Tierra negra' y la recuperación de la novela 'El olvidado', del superviviente y Nobel de la Paz Elie Wiesel, 

El historiador y autor de 'Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin' presentó su nuevo ensayo, 'Tierra negra' (Galaxia Gutenberg), en la reciente Feria del libro de Fráncfort, en el que advierte de que el mundo actual es más parecido al de Hitler de lo que nos gustaría admitir y que el siglo XXI tiene muchos paralelismos con los primeros años del XX. Entre ellos, destaca la creciente preocupación por los alimentos y el agua, capaz de generar un pánico ecológico y de poner en peligro el futuro. Snyder analiza las ideas y medidas que permitieron el exterminio nazi de los judíos, cuando Hitler creyó que así restauraría el equilibrio del planeta dando los recursos necesarios a los alemanes.

21 años después de su publicación en Edhasa, Plataforma Editorial recupera oportunamente esta novela del respetado intelectual y Nobel de la Paz 1986, Elie Wiesel (Sighetu, Rumanía, 1928), de cuya experiencia tras ser deportado a Auschwitz con 15 años y sobrevivir a Buchenwald surgió su estremecedora 'Trilogía de la noche'. Escribió 'El olvidado' cuando tenía 64 años y en ella el superviviente del Holocausto Elhanan Rosenbaum, que ve cómo el Alzhéimer le viene robando la memoria, le descubre a su hijo sus raíces y su pasado, desde su infancia rumana a la guerra, el amor de Talia, el descubrimiento de Palestina o los combates en Jerusalén en 1948. 

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