UNA ESCRITORA ACCESIBLE

La poeta de mirada traviesa

Una biografía y una antología rescatan a la Nobel polaca Wislawa Szymborska

La escritora polaca Wislawa Szymborska, en una fotografía de la década de los sesenta.

La escritora polaca Wislawa Szymborska, en una fotografía de la década de los sesenta. /

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ELENA HEVIA / BARCELONA

Una poeta para los que no suelen leer poesía. Para los que recelan de la trascendencia. Para aquellos que desconfían de las grandes verdades. Cuando a Wislawa Szymborska (Kornik, 1923 - Cracovia, 2012) le dieron el Nobel, resumió muy bien en su discurso de aceptación, uno de los más breves que se han leído en la historia del premio -¿para qué más?- su actitud ante la vida y la poesía. «Estimo muchísimo estas dos pequeñas palabras: no sé», defendió socráticamente con su característica sobriedad y una sonrisa descreída.

La función del Premio Nobel es refrendar la importancia de los escritores. La de muchos es sobradamente conocida, pero de vez en cuando el galardón sueco se descuelga con alguna sorpresa. En 1996 la sorpresa se llamó Szymborska. Ahora sabemos que junto al también Nobel Czeslaw Milosz y Zbigniew Herbert componían la santísima trinidad de la poesía polaca, pero entonces la autora de Fin y principio no había sido traducida al español (después también lo sería al catalán) y desde entonces además de sus antologías todos sus libros posteriores fueron publicados al compás de sus ediciones polacas.

Dos libros han aumentado recientemente el bagaje de la autora en nuestras librerías. Uno es la biografía Trastos, recuerdos (Pre-textos), escrita por las periodistas Anna Bikont y Joanna Szczesna, a cuya redacción se prestó a ayudar la poeta casi a regañadientes. «Es una sensación terrible leer acerca de una misma: pero dado que ustedes han trabajado tanto, de acuerdo, precisemos», les dijo a las biógrafas, muy en la línea de su lamento tras el anuncio del Nobel: «Esto es una catástrofe». El otro libro es una pequeña y delicada antología de bolsillo, Saltaré sobre el fuego (Nórdica) traducida por Abel Murcia y Gerardo Beltrán con ilustraciones de Kike de la Rubia. Una buena muestra de esa actitud despierta de la poeta ante la vida que el prologuista del volumen, Juan Márqués, define como «alegre y positiva, incluso al enfrentarse a las zonas de sombra».

Sentido del humor

Además de conocedor de la obra de Szymborska, el poeta, traductor y profesor universitario Abel Murcia, que ha vivido 30 años en Polonia y ha sido director del Instituto Cervantes en Cracovia, llegó a tratarla. Ante todo destaca su sentido del humor de su vida cotidiana, las bromas con los amigos, su curiosidad: «No hay más que verla en las fotos con su mirada traviesa para darte cuenta de que con su sonrisa casi infantil está cuestionando todo lo que al resto nos podría parecer importante». Lejos de la voluntad de la poeta está el querer dar lecciones, aunque finalmente sí encuentren sus lectores algunas enseñanzas. «Sus poemas muestran sencillamente lo que ella veía y pensaba. Lo que más le gustaba era hablar con la gente y le interesaba lo que pudieran contarle, no tanto como grupo, sino cada una de las personas. Por eso su obra es tan atractiva porque no sientes detrás de eso una forma de moralizar», sostiene Murcia.

No se busque en la biografía muchas aclaraciones sobre su intimidad. Hubo un primer matrimonio que no funcionó y una relación sin lazos oficiales con el escritor Kornel Filipowicz a quien a su muerte dedicó dos de sus mejores poemas, Un gato en un piso vacío y Despedida de un paisaje («Comprendo que mi tristeza / no frenará la hierba. / Si los tallos vacilan / será solo por el viento»).

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El trabajo de las periodistas no rehuye el aspecto más controvertido de su trayectoria, su adscripcion juvenil al régimen comunista -a diferencia de Milosz y de Herbert- que culminó en una oda dedicada a Stalin. «Ella jamás negó una cosa que era cierta y comprobable -explica Murcia- pero se negó a que todos aquellos poemas políticos fueran reeditados. No hubo arrepentimiento porque sabía bien cuál era la distancia entre la mujer de 70 años y la joven de 19 que fue. Mucha gente quizá esperaba un mea culpa. Sencillamente no presumió de aquello, le tocó vivir en aquel momento y así lo hizo».

Murcia atesora muchos recuerdos de la poeta. Entre ellos el momento en que ella le llamó por teléfono para explicarle por qué había tardado tanto en invitarle a una de las cenas -en su pequeño piso de Cracovia apenas cabían 10 personas- que solía organizar entre bromas y sorteos de pongos -esos objetos de dudoso gusto que de vez en cuando le regalaban sus admiradores. «Me dijo que ella era de las personas que consideraba que a los amigos hay que dedicarles mucho tiempo y que, aunque me apreciaba, no había tenido tiempo hasta el momento para incorporar nuevos amigos a su vida». Ella, según Murcia, era el perfecto ejemplo de la naturalidad de un mundo que no necesita verse reflejado en ningún otro para saber que está ahí.

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