CRÍTICA

Crisis de identidad serena

Zambra aborda tragedias con un saludable sentido del humor

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RICARDO BAIXERAS

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) ha dado ya sobradas muestras de que tiene un registro propio henchido de minimalismo que le ha permitido construir una obra de lo más singular. Tanto en Bonsai (2006) como en La vida privada de los árboles (2007) como en Formas de volver a casa (2011) ha sabido ofrecer al lector una poética breve pero intensísima.

Ahora entrega, por vez primera, un conjunto de relatos que, curiosamente, pueden leerse como la novela de los episodios nacionales de un chileno que busca su propia identidad, cercenada por un país maltrecho. Sin embargo, la búsqueda de la identidad es individual y colectiva a la vez. Todos los personajes de Mis documentos bucean en un drama cotidiano que se puede rastrear en los tres lugares que Zambra quiere iluminar: la familia, la educación y la vida de pareja. O dicho de otro modo: infancia dudosa, juventud crítica y edad adulta ajena. O todavía mejor: los recuerdos de unos personajes de clase media tratando de construirse una identidad para después poderla narrar y no olvidarla.

Leídos en su conjunto (porque eso sí, todos los relatos tienen un mismo tono y, en el fondo, hablan de los mismo) estas 11 historias son la cartografía de una soledad muy contemporánea, muy latinoamericana y muy chilena. Para un escritor de éxito como Zambra no es baladí haber abandonado la tierra fértil que sus anteriores libros le proporcionaron, preocupados casi obsesivamente por saber qué es y cómo funciona la literatura.

En un giro evidente pero no sin riesgo hacia lo real («Soy alguien que ya ni siquiera sabe si va a seguir escribiendo, porque escribía para fumar y ya no fuma, porque leía para fumar y ya no fuma. Uno que ya no inventa nada. Que anota lo que le pasa, como si pudiera interesarle a alguien saber que tengo un sueño…»), estos cuentos dibujan la derrota que asola a los personajes en lo más cotidiano, el deseo de tener una vida propia mezclando «la verdad y la mentira», el abandono al que irremediablemente parecen estar condenados y una sexualidad sin aspavientos. A Zambra se le podrá objetar quizá que todavía no ha dado muestras de poderse enfrentar a una novela de largo aliento, pero es innegable que a estas alturas de su carrera es un autor con una voz propia y que ha sabido ofrecer al lector la extrañeza de vivir y las tragedias de lo cotidiano pergeñado con un humor de lo más saludable.

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