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ENTREVISTA

Terry Gilliam: "El LSD no me hizo falta para tener visiones alucinantes"

Kiko Amat

El director Terry Gilliam.

El director Terry Gilliam.

Terry Gilliam es un caballero afortunado: gozó de una infancia y adolescencia idílicas, se fogueó dibujando para las grandes revistas satíricas americanas de los 60 ('Mad', 'Fang', 'Help!'), al cabo de un tiempo hizo la mudanza al 'Swinging London' y pasó a formar parte -como ilustrador- de la colosal 'troupe' cómica Monty Python sin siquiera tener la cortesía de haber sufrido una buena gonorrea o el ocasional mal viaje de ácido. Quizá por ello (para equilibrar el cosmos) años más tarde -ya como director solitario- se metería en todo tipo de trapisondas fílmicas, y toparía con más de un rotundo fracaso de taquilla (por no decir completo holocausto cinematográfico, como en la aún inacabada 'El hombre que mató a Don Quijote'). En 'Gilliamismos', el autor se desvela como un completo control 'freak', fanático del orden y de la «claridad jerárquica», que a ratos parece demasiado obcecado por sus obsesiones para pasar un buen rato, y para quien lo único crucial es su arte.

En 'Gilliamismos' habla a menudo de su capacidad de autocontrol, de su «ADN autodisciplinario» y de que siempre se le ha dado bien resistir «la presión del grupo». ¿No ha deseado alguna vez unirse a la conga?[Breve silencio] No lo sé. Quizás no tengo tanta capacidad de autocontrol como creo tener. Lo que me sucede a menudo es que cuando trabajo estoy completamente concentrado, y tiendo a ignorar lo que sucede a mi alrededor, sea un estreno o una fiesta. Nunca analizo demasiado mi comportamiento, y la mayor parte de las veces no tengo ni idea de qué estoy haciendo ni cuál es mi lugar en ello. Sé que solo tengo dos interruptores: feliz y mandón, trabajando, o desocupado y muy deprimido.

El perfil

Fue miembro oficial de Monty Python desde su bautismo televisivo en 1969 hasta su ruptura en 1983. Con ellos solo dirigió una película (junto a Terry Jones), ‘Los caballeros de la mesa cuadrada’ (1975).

Todas las inolvidables ilustraciones del grupo son suyas, incluyendo el sempiterno pie «bronzino»
y la «tipografía carnavalesca». También creó el alien de ‘La vida de Brian’, el monstruo ‘Jabberwocky’ (con una boca que «se dilata como una vagina») y la bestia de Aaarrgh en ‘Los caballeros de la mesa cuadrada’.

Algunas de sus películas más célebres son ‘Brazil’ (1985), ‘El rey pescador’
(1991), ‘12 monos’ (1995)
y ‘Miedo y asco en Las
Vegas’ (1998).

Quiero decir que una enorme parte de su juventud transcurrió en los 60 americanos: la era del despiporre por excelencia. Sexo, drogas y rock and rol, todo consumido de forma homérica. Pero en sus memorias pareces a ratos un amish suelto en una orgía. [Carcajada] Ya. ¿Sabe qué sucede? Que muchas veces me lo pasaba bien viendo como otros perdían la cabeza. Por no decir que el LSD no me hacía falta para tener todas aquellas visiones alucinantes. ¡Ya estaba viendo todas esas cosas flipantes sin necesidad de tomar drogas! Por añadidura, yo era un poco mayor que el resto de friquis y vivía en Nueva York, que no era la costa oeste. No sé, me encantaba todo el carnaval hippy, las cosas que tenían lugar en esa escena, pero a la vez no podía evitar verlo como una moda pasajera. No me parecía que la filosofía de los años 60 tuviese nada profundo detrás, lo veía todo bastante superficial y efímero. Y por último hay algo a tener en cuenta que forma parte de mi carácter, y es la necesidad perversa de hacer siempre lo opuesto a lo que se espera de mí. Por tanto, cuando vi la dirección que me indicaba la cultura de los 60, empecé a andar en sentido contrario.

Tuvo una infancia perfecta. Alguien podría argumentar que demasiado perfecta, vamos. ¿Dónde fue a parar el artista dañado y alienado de toda la vida? Es verdad. Mi infancia y adolescencia fueron épocas deliciosas. Casi idílicas. Precisamente por ello tuve que trabajar el triple para convertirme en un artista torturado [ríe]. Mis padres abusaron de mí: se negaron a dejarme nacer negro, chica o tullido. Malditos sean. Por su culpa tuve que emplearme a fondo en todo eso de la rebelión antipaterna, solo que de un modo distinto. Vuelve a tratarse de otra forma de perversidad: como mis padres me dieron comprensión e hicieron que mi vida fuese perfecta, la tuve que joder de otras formas menos obvias. Solo me acerqué al ideal de artista que padece por su arte cuando me mudé a Nueva York: sin un duro, viviendo en una caja de zapatos, helado de frío. Aquello fue lo más cerca que había estado jamás de tener una vida dura. Hoy en día estoy deprimido y cabreado la mayor parte del tiempo, así que podría decirse que he realizado el proceso al revés: de juventud perfecta a madurez ingrata. Ahora sí vivo la traumática vejez de un artista dañado [ríe].

En las autobiografías fílmicas se suele repartir estopa y se saldan viejas cuentas, pero usted evita juzgar a nadie de forma severa. De todos los Monty Python solo se queja una pizca del fallecido Graham Chapman. ¿Dónde está la inquina, Terry? Tiene que recordar que yo era el animador de Monty Python. Me ocupaba básicamente de la animación y la parte gráfica, así que mi posición en el grupo era distinta a la de los demás. Estaba algo aislado del resto en cuanto a la toma de decisión de los sketches y demás. No representaba una amenaza para ellos, y viceversa. Nunca tuve conflictos de egos con el resto; nuestra labor era distinta. Lo que sí subrayo son los problemas que he tenido cuando ejecutivos de las compañías han intentado modificar o cancelar alguno de mis filmes. Esa gente hacía que mi vida fuese mucho más difícil, y por eso no hablo bien de ellos en el libro. Ahora se me ha pasado, pero en aquella época estaba lleno de odio y resquemor hacia los estudios cinematográficos. Los consideraba el enemigo. Nunca gocé de libertad trabajando con las grandes productoras. Todo lo contrario que en Monty Python, donde siempre lo hice con absoluta libertad. De hecho, yo era el más libre de todos. Ni siquiera tenía que defender mis gags, como sí les sucedía a John Cleese o Eric Idle. Yo dibujaba y punto.

En sus memorias realiza la chocante afirmación de que Steven Spielberg le robó una escena de 'Brazil' (1985) para 'Regreso al futuro' (1985). Oh sí. Como tal vez sepa, 'Brazil' fue una pesadilla: larga y costosa de realizar, y tuve que batallar constantemente para que se hiciese a mi modo. En algún momento se decidió mostrarle mi película a Spielberg, porque era amigo del capitoste de nuestros estudios. Spielberg era el productor de 'Regreso al futuro', que en aquel momento estaba pasando por problemas de guion. Zemeckis le pidió ayuda en algunas escenas. Poco tiempo después, un colaborador mío fue al estreno de 'Regreso al futuro' en Los Ángeles, y me llamó para decirme que la escena inicial estaba saqueada de 'Brazil'. Y lo está. Las máquinas funcionando, el cuerpo y las manos de Doc, sin que se vea su cara en ningún momento... Eso es de 'Brazil'. Las dos películas se estrenaron con muy poco tiempo de diferencia, y Spielberg era el único que había visto 'Brazil' antes de su estreno.

¿Es una intuición suya, o está corroborado por alguien de su campo? Uy, no. Nada corroborado. Y en todo caso da lo mismo. No importa si Spielberg me copió una escena. Dios sabe que yo he robado como un loco de mucha otra gente [ríe].

"Mi infancia fue

una época deliciosa:

por eso tuve que

trabajar el triple

para volverme

un artista torturado"

En 'Gilliamismos' tampoco se mete con ningún actor, algo que de por sí ya es una proeza. Nunca he tenido demasiados problemas con ellos.En 'Jabberwocky' ['La bestia del reino', 1977] hubo un actor menor que rechazó decir su parte, arguyendo que iba a quedar «en ridículo» o alguna memez semejante. En '12 monos' (1995), desde el principio se veía claro que Bruce Willis estaba en un gran momento, y que iba a hacerlo de maravilla. Yo no paraba de decirle: «No quiero una estrella, quiero un actor. Muéstrame lo que sabes hacer». Todo fue de perlas hasta que le tocó regrabar algunas escenas de 'La jungla de cristal', donde sí era una estrella y se le trataba como a tal. Dios, cada vez que regresaba de ese set venía hecho un completo gilipollas, y pasaban un par de días hasta que de nuevo era un actor de verdad. Entonces volvía a ser magnífico.

Su vida es bastante quijotesca, con perdón. Le ha pasado de todo y ha hecho de todo. ¿Algo de lo que se arrepienta? De intentar hacer 'El hombre que mató a don Quijote', quizá. Nadie inteligente se habría involucrado en aquello. Pero, irónicamente, no paso demasiado tiempo arrepintiéndome de cosas, no es mi estilo. Solo lamento el tiempo perdido en el proyecto, nada más. ¿Sabe qué me remuerde la conciencia de verdad? Una vez, cuando estábamos grabando 'Las aventuras del barón de Munchausen' (1988) en Italia, algunos miembros del equipo me invitaron a Milán. La gente de Gucci y Valentino iba a regalarnos un montón de ropa. Pero yo no quería abandonar el rodaje ni un solo minuto, así que no fui. Me quedé sin aquel montón de cosas gratis. 

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