ASUNTOS PROPIOS

Olatz Rodríguez, exgimnasta de la Selección: "Cuando bajaba del podio, lloraba"

A los 15 años pesaba 35 kilos, fue ingresada y lo cuenta en 'Vivir del aire'

Barcelona 15.03.2022 Contra ojos cerrados. Entrevista a Olatz Rodríguez, gimnasta. Foto Laura Guerrero

Barcelona 15.03.2022 Contra ojos cerrados. Entrevista a Olatz Rodríguez, gimnasta. Foto Laura Guerrero / Laura Guerrero

Núria Navarro

Núria Navarro

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Era muy, muy buena sobre el tapiz. Llegó con la selección a la final en el Campeonato de Europa de gimnasia rítmica de 2018. Pero a los 15 años llegó a pesar 35 kilos. Tenía "el monstruo" dentro. La tinerfeña Olatz Rodríguez tiene hoy 19 años, ha empezado Medicina en la Complutense –en la decisión influyó el delicado trato de los endocrinos durante su ingreso–, y cuenta con honestidad la presión de la alta competición y su pelea con la anorexia en 'Vivir del aire' (Planeta).

¿Cómo define al "monstruo"?

Es como si estuvieras en el mar a punto de ahogarte: instintivamente quieres salir, pero no puedes. Mi padre me decía que si estaba así era porque no había pasado una guerra.

Es militar.

Retirado. A veces me cuestiono lo que dice, no sé si un mal mayor habría tapado este otro. Pero este existía. La cuestión es: ¿qué hay debajo?

"Es como si estuvieras en el mar a punto de ahogarte: instintivamente quieres salir, pero no puedes"

¿Qué hay?

Yo creo que una incapacidad para gestionar tus propias emociones. En la sociedad hay gordofobia, y yo la vivía en casa. Oía comentarios, hechos con cariño, como "vaya cara pan". Hay que tener cuidado cuando hacemos alusiones al físico de alguien que quizá tiene una autoestima baja. Admiro a mi madre y a mi hermana porque nunca lo tomaron en consideración.

La presión de la competición se lo puso aún más difícil.

Veía el control del peso, las alusiones continuas al físico, incluso amenazas del tipo "si no bajas, decimos que estás lesionada y no vas a competir". Inconscientemente fui pensando que aquello era lo bueno. Quieres controlar para que te feliciten de algún modo. Así que me centré en adelgazar y adelgazar, y recibía 'feedback' bueno. Cuando volví tras el ingreso, les dije a las entrenadoras: "No quiero que me peséis". ¡Y me volvieron a pesar! Meses después mi mente dijo basta ya.

"Me centré en adelgazar y adelgazar, y recibía un 'feedback' bueno en los entrenamientos"

En el CAR de León, donde entrenaba, ha habido denuncias de acoso.

Conozco a las compañeras que han denunciado. Siguen en juicio. Y están fatal, porque les reclaman dinero. No sé lo que ocurre, pero cuando estás en el Club Ritmo te ciegas y Ruth [Fernández] tiene toda la razón. Tiene habilidad para persuadir. Le teníamos respeto, incluso miedo. 

¿No pensó en denunciar también?

Las compañeras me propusieron sumarme a la denuncia –me lo siguen proponiendo–, pero yo no creo en la justicia. Si tienes más dinero, ganas las causas. En lo que sí confío es en la justicia poética.

Y en la sanidad. "Llegó un momento en que comer me parecía peor que morir", escribe.

Si no llego a ingresar, mis padres no podían haber hecho nada. Al principio, el sentimiento de culpabilidad es tan grande a la hora de comer que prefieres no enfrentarte a él. Durante el ingreso hospitalario pensé en dejarme ir... Me mareaba, oía pitidos, tenía la tensión muy baja. Sabía que cuando al cuerpo no le das alimento se come a sí mismo, hasta llegar al cerebro y el corazón.

"El sentimiento de culpabilidad es tan grande a la hora de comer que prefieres no enfrentarte a él"

¿Cómo logró darle la vuelta?

En mi caso fue la amenaza de la sonda. Le pedí el móvil a mi madre para mirar un vídeo en YouTube sobre cómo se ponía. El miedo fue tan grande que empecé a comer. Dejaba los platos limpios. Los médicos no se lo creían y me quitaron las papeleras y cerraron el baño con llave. Les expliqué que ni vomitaba ni tiraba la comida. Me dolió mucho que desconfiasen de mí.

Cuando hoy ve una foto suya compitiendo, ¿a quién ve?

A alguien que le gustaban mucho entrenar y que lo pasaba mal en la competición. Siempre he odiado ser el centro de atención.

Lo fue a menudo.

Cuando era pequeña me situaba en el lado contrario a la grada. Salir de la competición fue una liberación. Por una serie de consideraciones profundas, nunca me gustó.

"El hecho de que odiara competir acentuó el desarrollo del trastorno"

 ¿Las puede contar?

Creía que era un método de evaluación muy injusto. Todas las gimnastas que llegamos a competir –incluso las que no llegan– merecen el mismo puesto. Cuando estaba en el podio, me sentía muy mal. Pensaba: "¿Por qué yo y no otra, cuando lo merecemos igual?". Cuando bajaba del podio, siempre lloraba. El hecho de que odiara competir acentuó el desarrollo del trastorno.

¿Dejaría a una hija competir?

Si se parece a mí, en absoluto. Si no, me daría miedo. A esas edades no se tiene la madurez para darse cuenta y explicarlo. 

¿Ha vencido al monstruo?

Como pasta y pan sin culpabilidad. Pero, si el momento más crítico fue el del ingreso, el emocional ha sido este verano. Hace unos meses me diagnosticaron depresión. De esta también saldré.