21 sep 2020

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Que no pare la música

La batalla del Antic Teatre

El escenario autogestionado de Ciutat Vella defiende a contracorriente la fusión de las artes y lucha para asegurar su futuro ante la presión inmobiliaria

Jordi Bianciotto

Juljiana Tomic, en el Antic Teatre. 

Juljiana Tomic, en el Antic Teatre.  / MARTÍ FRADERA

Allá por los primeros 80, cuando nos saltábamos la clase de latín de 2º de BUP, nos replegábamos en un extraño lugar, una terraza decrépita en lo que parecía haber sido un palacete, donde un tipo con malas pulgas nos suministraba medianas de cerveza mientras discutíamos si The Police era un grupo sobrevalorado. Balaustradas desconchadas, escalas de piano que procedían de un edificio vecino y unos portalones que, cuando alguien los dejaba entreabiertos, permitían otear los restos de un viejo escenario.

Aquel lugar ultramontano, que resultó ser un palacio neoclásico del siglo XVII, se convertiría en el 2003 en el Antic Teatre, un centro de conspiraciones artísticas que opera bajo radar. “El escenario más político de Barcelona”, resume su fundadora y directora, Julijana Tomic, más conocida como Semolina (por la canción de The Residents): activista punk, bailarina, coreógrafa, teórica de la cultura de base.

Semolina es una mujer arrolladora, “militar más que militante”, que nació en Osijek, en la Yugoslavia de Tito (hoy Croacia), y que con 19 años descubrió el movimiento ‘okupa’ en Italia, donde se hizo amiga de Rosa Artesero, teclista de Último Resorte. Ambas deseaban conocer Amsterdam, pero Rosa le propuso pasar antes por Barcelona. Aquí topó con los Subterranean Kids. “Y el batería, Boliche, y yo nos enamoramos mucho”. Amsterdam tuvo que esperar.

Años después, habiendo pasado ya por La Fura dels Baus, Semolina dio con este decadente inmueble de la calle Verdaguer i Callís, muy cerca del Palau de la Música. El hoy Antic Teatre, rehabilitado en el 2010, opera como batallador obrador autogestionado. Desde allí, Semolina defiende el carácter multidisciplinar en la creación (teatro, danza, música, poesía, video…) porque “si los artistas no se mezclan, no se funden los pensamientos”, desprecia la reproducción de obras antiguas (“no programamos a autores muertos”) y rechaza la mitificación del creador, empezando por ella misma. “Lo peor es cuando alguien se hace famoso y crea una escuela. Yo no quiero que el mundo repita mis pasos”. 

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Problema: el contrato del Antic Teatre expira en el 2025 y el propietario planea quintuplicar el alquiler, ante lo cual Semolina mira al ayuntamiento. Hay “diálogo” con Dani Granados, del ICUB, y esperanza de que el consistorio asuma un “papel esencial” para salvar el teatro, en cuya rehabilitación se invirtió dinero público por considerarlo un bien colectivo a preservar.

El espacio sigue bombeando. Este martes presenta el documental ‘Nosotros no olvidamos’, sobre la batalla legal en torno al asesinato de Pedro Álvarez, en 1992. Del jueves al domingo, micropoesía y electrónica con Ajo (exMil Dolores Pequeños) y min. (alias de Judit Farrés). Más allá, la ‘conferencia performativa’ de Óscar Cornago y Juan Navarro, la poesía de Violeta Gil con Abraham Boba, los ‘shows’ de choque de Roger Pelàez (de Zombi Pujol) o la canción de Enric Montefusco.

La terraza del Antic Teatre ya no es aquel patio fantasmal de 40 años atrás. Se respira el murmullo de las conversaciones al fresco, y Semolina casi se ofende cuando le pregunto si es un imán de estudiantes de teatro o clientela ‘gafapasta’. “No, no, hay tanta gente de la escena como vecinos que vienen a jugar una partida de dominó”. Habría algo todavía peor que el abandono. “¡Ser un gueto ‘cool’!”.

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