muy seriemente

'Baron noir', el hámster de la corrupción

¿Que Pedro Sánchez recomiende a Pablo Iglesias una serie sobre las cloacas políticas es como si entre oftalmólogos se aconsejaran 'Un chien andalou'?

Kad Merad, en el papel de Philipe Rickwaert, y Niels Arestrup, florentino presidente de la república.

Kad Merad, en el papel de Philipe Rickwaert, y Niels Arestrup, florentino presidente de la república.

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Congreso de los Cuñados, se inicia la sesión. Esta primera frase del texto es una idea que aquí, en ‘muy seriemente’, tomamos prestada de la entrevista que el pasado fin de semana le hicieron al filósofo Daniel Innerarity. “Hay políticos que son auténticos cuñados”, explicaba el pensador bilbaíno, es decir, sabelotodos de lo que haga falta, del cambio climático ayer para negarlo, hoy de pandemias si les conviene, porque se saben la tabla del desescalar mejor que nadie y acusan al Gobierno de parapetarse en la ciencia para tomar decisiones (no es broma, lo dijo Pablo Casado a mitad de marzo y se quedó tan pancho) y, mañana, según qué puerta giratoria elijan, serán ‘cum laude’ en gestión bancaria o en planificación del sistema eléctrico. Disculpen la andanada, pero entre capítulo y capítulo de ‘Baron noir’, serie de HBO recomendada por Pablo Iglesias la semana pasada a través de su cuenta de Twitter, ha sido inevitable picotear lecturas, un poco de aquí y un poco de allí, para dar cuerpo a esta reseña sobre esta producción francesa alabada por retratar (eso dicen) las mezquindades del acceso al poder político.

Dice Rickwaer, amoral protagonista, que hay dos clases de políticos, el que antepone el odio a su ambición y el que antepone su ambición al odio

“Obra maestra”, ha dicho de ella Iglesias. A él se la recomendó, al parecer, Pedro Sánchez. La sucinta crítica la hizo el vicepresidente el pasado 26 de mayo. Total, que como un Filípides, ha tocado en casa hacer desde ese día un maratón de aúpa y llegar a tiempo de exponer aquí un comentario sobre la serie, con solo una palabra primero, como si a uno, exhausto, le faltara el aliento. “¡Bah!”.

El capítulo inicial es realmente trepidante. Eso es cierto. Casi a la altura del estrés de ‘El reino’, trepidante película española dirigida por Rodrigo Sorogoyen, radiografía excelente de las bambalinas de la corrupción peninsular. En ‘Baron noir’, lo mismo pero al norte de los Pirineos, el protagonista es el socialista Philippe Rickwaert, un imaginado político de provincias que más que un verso libre dentro de la izquierda es un amoral dispuesto a todo con tal de recorrer en el menor tiempo posible el camino que va desde una alcaldía menor del norte del país al Palacio del Elíseo.

Por sus frases, que no están nada mal, tal vez le puedan conocer ustedes mejor. “Solo hay dos clases de políticos, los que anteponen el odio a sus ambiciones y los que anteponen sus ambiciones al odio”. Él es de los segundos. A veces, se embarra, claro. La corrupción, ya se sabe, es un terreno pantanoso. Para esas ocasiones, tiene su propia receta sobre cómo salir airoso de la situación. “Mirar a otro lado, caminar erguido”.

El hámster de la corrupción

A la hora de la verdad (cuestión de gustos o, tal vez, de que esto de la maratón seriófila es una disciplina extenuante a según que edades), Rickwaert, a toda hora sumergido en tejemanejes, termina por parecer un hámster dentro de la rueda, mascota aburrida para algunos, hipnótica para otros.

La pregunta lógica del espectador puede que sea, entonces, ¿qué apuntes han tomado de la realidad los guionistas? ¿Es tan mezquina la política como en ‘Baron noir’ la presentan, con militantes que con una aguja de ganchillo sacan de los buzones familiares la propaganda del rival? ‘Peut-être’. Las campañas electorales son como el chóped. Mejor no saber de qué están hechas, dicho esto con un cierto conocimiento de causa.

Como bien dijo el 'Drácula' de la BBC, la democracia es la tiranía de los desinformados", así que, ya saben...

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Inquieta que Iglesias promocione la serie en las redes sociales, porque con ello da pábulo a quienes sostienen que Rickwaert no desentonaría en el Congreso de los Cuñados, carrera de San Jerónimo s/n. Que fuera Sánchez quien se la aconsejara a Iglesias redobla esa tesis. No deja de ser como si entre oftalmólogos se recomendaran ‘Un chien andalou’ como manual de cirugía. Bienvenidos sean, en cualquier caso, Sánchez e Iglesias a la nación seriófila, y ya que compartimos este país, el de la ficción por capítulos, les vamos a recomendar, no fuera que se les pasara por alto en su día, el ‘Drácula’ de Netflix, serie más política de lo que parece. En esta jugosa adaptación de la BBC, dice el conde, tal vez porque en el siglo XIX leyera a John Stuart Mill (apuntado esto por comenzar y terminar esta crónica con un filósofo), que “la democracia es la tiranía de los desinformados”. Pues se es así, lean ustedes mucho, literatura y prensa, y, si lo desean, vean ‘Baron noir’.

Nuestros barones 'noir'

‘Baron noir’, saludado como el ‘House of Cards’ francés, se sostiene en pie sin duda gracias al enorme oficio interpretativo de Kad Merad, y su archienemigo (como es preceptivo en estos casos, no en otro partido, sino en el suyo, el socialista francés), un también brillante Niels Arestrup. Con ese aspecto de Luis Roldán venido a más, el personaje principal, Philippe Rickwaert, se supone que muestra al espectador lo prosaico del llamado servicio público, convertido en un globo aerostático en el que el lastre de los sacos de la ética y la decencia para ascender. ¿Exagera?