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Fachada de Haus der Kunst

Fachada de Haus der Kunst / Gemma Casadevall

Gemma Casadevall

Gemma Casadevall

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Destacar en la llamada “Milla de los Museos” de Múnich no es tarea fácil. Las joyas del circuito museístico de la capital bávara son sus grandes pinacotecas -la antigua y la moderna- y la espectacular fachada multicolor del Brandhorst, hogar desde 2009 de una colección con todos los imprescindibles del arte contemporáneo, de Bruce Nauman a Joseph Beuys, de Jannis Kounellis a Walter de Maria, más un centenar de piezas de Andy Warhol y otras tantas de Cy Twombli-. Les acompañan el Museo Nacional de Baviera y la Galerie am Lenbachhaus.

Pero más allá de la esencial visita a los incuestionables conviene tomarse un tiempo para la Haus der Kunst, literalmente la “Casa del Arte”. Es decir, el viejo edificio de fachada gris pétreo sin ningún síntoma de puesta al día arquitectónico, con sus características enormes columnas y terrazas laterales emplazado una esquina del Englischer Garten. Fue construida en 1937 para albergar el arte oficial de acuerdo a los parámetros Adolf Hitler. Como una burla a ese siniestro pasado -no solo por la monstruosidad del nazismo, sino también por su obsesión contra lo que consideró “arte degenerado”- actualmente es el museo de programación más rompedora de la ciudad.

Tomarse un tiempo significa dedicar a la Haus der Kunst una jornada entera. Se puede empezar recorriendo sus exposiciones temporales -puesto que no tiene fondo permanente-, darse luego una pausa larga para navegar con la tabla de surf y terminar más allá del cierre del museo y hasta pasada la medianoche en su bar de copas.

La obra de Ai Weiwei

La Haus der Kunst siempre estuvo ahí, pero algunos la descubrieron en 2009, cuando el activista chino Ai Weiwei recubrió su fachada con 9.000 mochilas infantiles de distintos colores. Con ellas representaba a los miles de escolares muertos en el terremoto de Sichuan, una catástrofe natural acrecentada por la negligencia y la corrupción estatal. Lo que a distancia parecía querer dar un toque de vida al viejo edificio acababa siendo denuncia de todos esos muertos.

'So Sorry' se llamaba la muestra y es de las más impactantes de la historia reciente del museo. Temporada a temporada, la Casa da nuevas lecciones de activismo aplicado al arte, sea a la lucha contra el cambio climático, el colonialismo, la exclusión social o sumándose a la causa feminista. Quien se acerque a Múnich antes de que acabe 2023 o hasta la primavera de 2024 tendrá ocasión de visitar la mayor retrospectiva hasta ahora expuesta de la neoyorquina Meredith Monk.

Otra opción son las 12 experiencias incluidas en la llamada 'Inside Other Spaces', donde se invita al visitante a descalzarse para sentir más intensamente las maderas por las que transita. Podrá sentarse luego a conversar con acompañantes o desconocidos en las sinuosas sillas repartidas en su planta baja por Martino Gamper. O visitar el archivo, abierto en 2020, donde repasar la tortuosa historia del museo construido en tiempos de Hitler, que tras la capitulación del III Reich quedó bajo tutela aliada y tras varios impulsos renovadores reabrió como lo que es ahora. La renovación es interior, mientras que su fachada exhibe sin complejos las cicatrices dejadas por la historia y las huellas del tiempo, incluido el moho y los arañazos de sus columnas.

El interior de la Casa del Arte

El interior de la Casa del Arte / Gemma Casadevall

La ola de un metro

También conviene tomarse su tiempo para pasarse luego por la Eisbachwelle, la ola gélida que surge de un brazo del río Isar y discurre luego por el corazón del parque. A unos 150 metros de la fachada principal de la Haus der Kunst encontrará su ola perfecta, de hasta un metro de altura, abierta al público a cualquier hora, cualquier día del año y gratis. En los márgenes se sitúan los curiosos o acompañantes, mientras que más adelante esperan los surfistas. Cada uno acude con su propia tabla, más o menos equipado y dispuesto a aguardar su turno hasta lanzarse sobre la ola.

La ola para surfear en Múnich

La ola para surfear en Múnich / Gemma Casadevall

Nada que ver con California, Hawai, Tarifa o cualquier otro punto de atracción de los amantes del surf. No solo porque el agua está helada, sino porque es más bien un lugar donde practicar, ejercitar el equilibrio sobre la tabla y mantener la afición por un deporte que teóricamente no debería estar entre la oferta de una ciudad sin mar, como es Múnich. No es una ola accionada mecánicamente como en un parque acuático. Surge briosa desde el puente donde ese brazo del Isar se va al encuentro con su afluente. Las piedras estratégicamente situadas en su fondo, más unas plataformas de madera posibilitan el prodigio. Llevan unas décadas ya ahí, consolidadas como parte de la oferta turística de Múnich, a pesar de que teóricamente está prohibido bañarse en cualquier punto del Eisbach.

El punto final del recorrido es Die Goldene Bar, el bar dorado. Se accede por una de las mohosas escalinatas que rodean la Haus der Kunst, desde el lado vecino al gran parque ciudadano. Es un local multitalento, donde tanto se puede tomar el segundo desayuno del día o 'brunch' como merendar un 'kaffee und kuchen' -café y tarta-, cenar o pasar a la copa y el cóctel. Abre sus puertas algo más tarde que el museo, a las 12 del mediodía. Y sigue activo hasta medianoche, ampliable hasta las dos de la madrugada en sábado y domingo.

La terraza del bar de la Casa del Arte

La terraza del bar de la Casa del Arte / Gemma Casadevall

Lo que convierte el bar del museo en algo singular es el espacio que ocupa: la misma sala dorada interior diseñada en tiempos nazis, con pinturas históricas, con espacios diferenciados para tomarse la copa o cenar, más la terraza y su barra de bar exteriores. En invierno la vida discurre obviamente dentro; a partir de la primavera su espacio exterior es territorio 'lounge', entre músicas propia, conciertos y las fiestas más o menos espontáneas en el parque.