Nueve meses después

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Un vecino de la población turca de Dikmece contempla las obras, en el centro del pueblo.

Un vecino de la población turca de Dikmece contempla las obras, en el centro del pueblo. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Adrià Rocha Cutiller

Adrià Rocha Cutiller

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Cafer, sesentón barrigudo de sonrisa larga y fácil, tiene problemas muchos días para conciliar el sueño. Se pregunta qué le ocurrirá a su pueblo y a él mismo. "No sé, creo que lo perderemos todo", suspira. Está jubilado, pero con su exigua pensión no le llega y necesita los olivos. "Estos olivos son la única fuente de ingresos del pueblo. Todos nosotros... todos somos agricultores aquí. Nuestra única fuente. Y ahora, con todas estas expropiaciones, de verdad que no sabemos cómo vamos a poder sobrevivir", dice Cafer con una mueca irónica. A su alrededor, olivos centenarios; algunos tan cargados que sus ramas llegan al suelo por el peso de las aceitunas. Es finales de otoño en el pueblo de Dikmece, cerca de la ciudad de Antioquía, en el sureste de Turquía, y la época de la cosecha termina.

Es probable que esta cosecha sea la última, pero nadie sabe absolutamente nada. "Me enteré un día al entrar a la página web del registro de la propiedad. Sin aviso, mis terrenos me habían sido expropiados. Lo mismo les ha ocurrido a todos los demás. Y entonces, un día en verano, aparecieron: cientos de excavadoras", recuerda Cafer, moviendo los brazos a lo ancho como para ejemplificar que fueron muchas, de golpe, y que entraron al pueblo, manos a la obra, y abrieron fosas, cortaron cosechas, colocaron fundamentos, levantaron grúas, cementeras, polvo, camiones, cientos de trabajadores, más polvo.

Un vecino de la localidad turca de Dikmece recolecta olivas.

Un vecino de la localidad turca de Dikmece recolecta olivas. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Daños y construcciones

Todo tiene un motivo: la madrugada del pasado 6 de febrero, el sureste de Turquía y el noroeste de Siria sufrieron un seísmo de enorme magnitud que se llevó por delante la vida de más de 50.000 personas. Cientos de miles más se quedaron sin hogar de la noche a la mañana, sobre todo en la ciudad de Antioquía, que ahora, nueve meses después del terremoto, ya no es una ciudad sino un gigantesco descampado de edificios semiderruidos.

El Gobierno turco se ha lanzado a la fiebre del ladrillo en toda la región. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, explicó en octubre que las obras para la construcción de cerca de 200.000 nuevos edificios de viviendas ya están en marcha, y que, de ellos, 40.000 serán entregados antes de fin de año. 

Existen dudas. Desde que empezaron las obras sin previo aviso en verano, los habitantes de Dikmece se han organizado, han montado protestas, acampadas, visitas a oficiales, peticiones. De nada ha servido: el pueblo, desde entonces, se ha llenado de policía, gendarmería y hasta militares.

"En la televisión nos muestran como provocadores, casi como terroristas. Y nada de esto es cierto. Lo único que decimos es que estas expropiaciones son ilegales, que se están haciendo de una manera muy injusta, que no tienen en cuenta a los habitantes de este pueblo", explica Ali, un vecino de Dikmece.

"Nos han puesto ante nosotros a las fuerzas de seguridad, que deberían estar con nosotros, pero van en contra nuestra. Están ocupando nuestras tierras, y lo digo así porque se está cometiendo una injusticia aquí. No estamos en contra de la reconstrucción. Por supuesto que algunas tierras tienen que ser expropiadas, por supuesto. Pero no puede ser que se haga así, sin preguntarnos, sin tener en cuenta los habitantes de este pueblo y nuestras vidas, nuestros olivos", continúa Ali.

Los vecinos de Dikmece, durante una protesta contra las expropiaciones de terrenos que ha llevado a cabo el Gobierno de Erdogan.

Los vecinos de Dikmece, durante una protesta contra las expropiaciones de terrenos que ha llevado a cabo el Gobierno de Erdogan. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

A su lado, Meryem, otra habitante del pueblo, asiente. "En este pueblo somos todos alevís —una minoría religiosa musulmana en Turquía y Siria—, y tenemos miedo de que lo que está pasando ocurre para cambiar la demografía del lugar. Todos estamos intentando recuperaros de lo que ocurrió en febrero, pero ¿por qué el Estado, que tendría que estar ayudándonos a curar nuestras heridas, las está haciendo peor? Yo también soy ciudadana de este país. ¡Yo también lo amo! Entonces, ¿qué le he hecho yo? ¿Es mi crimen ser aleví? ¿Por qué expropian tierras aquí pero no en otros pueblos cercanos que son poblados por sunís?".

Paren las máquinas

En la última semana, el destino de Dikmece ha dado un giro. Un tribunal local decretó las obras en la región como ilegales, y ordenó al Gobierno pararlas. "Estamos muy contentos con esta resolución —explica Ecevit Alkan, el abogado que llevó estas obras a los tribunales—. Esta decisión debe marcar un precedente en toda Turquía, y ahora tenemos muchas más armas para conseguir que ni un olivo sea cortado ilegalmente".

A pesar de la sentencia, sin embargo, las obras no han parado ni lo harán. Cafer, entre ramas, aceitunos y el ruido de camiones y hormigoneras, ríe mientras habla con una trabajadora. 

"No, mujer, no hay mucho más que hacer. ¿Qué va a pasar? Nada. Todo seguirá igual. En este país, si algo tiene la firma de Erdogan...", dice Cafer, y la trabajadora asiente, que claro, que qué se le va a hacer, ahora poco, cosechar las aceitunas de este año, esperar. "Sí —contesta Cafer—, esperar. Que Dios nos guarde aún alguna sorpresa. Que sea lo que él quiera… qué más podemos hacer".