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El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y su esposa, Emine, visita a un superviviente del terremoto en un hospital de Ankara.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y su esposa, Emine, visita a un superviviente del terremoto en un hospital de Ankara. / OFICINA DE LA PRESIDENCIA DE TURQUÍA / AFP

Albert Garrido

Albert Garrido

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Algo profundamente enraizado en la tradición turca se manifiesta en la forma de ejercer el poder de Recep Tayyip Erdogan (Estambul, 1954), presidente de Turquía desde 2014. Ni su adscripción al islamismo, ni su autoritarismo ni su otomanismo sorprenden a sus adversarios políticos, conocedores de su proceso formativo en una escuela para imanes cuando contaba 19 años y en su vecindad ideológica con Necmettin Erbakan y el Partido de Salvación Nacional, islamista, al que se adhirió en 1976. Desde aquellos tiempos de aprendizaje hasta hoy, poco han cambiado sus convicciones fundamentales, sino que han salido reforzadas en su larga brega hasta llegar a la cima.

Durante decenios, las circunstancias le han sido propicias para afianzarse como alternativa a la inestabilidad, las injerencias del Ejército y la dualidad de un país en el cohabitan el cosmopolitismo de Estambul y del turismo de masas, aproximación a una comunidad secularizada, y el apego a la tradición, donde la religión y cierta añoranza del pasado alimentan un conservadurismo presente en capas de población que mantienen una compleja relación con la modernidad. Solo durante un corto periodo, entre 1994 y 1998, como alcalde de Estambul, pudo Erdogan manejarse como un líder populista transversal, impulsor de comportamientos políticos que parecieron renunciar a la opacidad y el clientelismo. Pero incluso entonces, a nadie pudo sorprender que en 1997, durante un acto público, leyese unos versos de Ziya Gokalp por los que un tribunal le condenó a diez meses de cárcel por la comisión de un delito de intolerancia religiosa.

¿Qué proclama el poema de Gokalp? "Las mezquitas son nuestros cuarteles –exalta el poeta, ideólogo de un nacionalismo confesional–; las cúpulas, nuestros cascos; los minaretes, nuestras bayonetas; los creyentes, nuestros soldados". ¿Cuál ha sido la deriva política desde que en 2001 fundó el Partido de la Justicia y el Desarrollo? La islamización de las instituciones del Estado, desandar el camino recorrido por la secularización a marchas forzadas dispuesta por el autoritarismo de Mustafá Kemal Atatürk después de liquidar el sultanato; desposeer al Ejército de su condición de garante del laicismo, tal cual estableció el movimiento de los Jóvenes Turcos en la Constitución por ellos promovida.

Un éxito en las urnas incontestable

En sucesivas elecciones legislativas y en las presidenciales a partir de la convocatoria de 2014, el éxito de Erdogan en las urnas ha sido incontestable: desde 2003 a 2014 fue primer ministro; desde hace nueve años es el jefe del Estado. Pero también ha acentuado un autoritarismo que no consiente disidencias y que blinda con un reducido círculo de colaboradores, especialmente a partir del intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016 y del referéndum que en 2017 aprobó la reforma constitucional: a partir de entonces, el presidente dispone de un poder poco menos que omnímodo.

Puede decirse que su islamismo de juventud se ha transformado en un autoritarismo islamista que acepta las reglas básicas de la democracia representativa sin renunciar a la represión selectiva: medios de comunicación díscolos, minorías culturales, caso de la comunidad kurda -15% de la población-, y cuantos impugnan el rumbo político del país en los últimos años. Llama la atención que, por el camino, se han distanciado de Erdogan muchos de sus más antiguos aliados: así el expresidente Abdullah Gül, el economista Ali Babacan y el exministro de Asuntos Exteriores Ahmet Davutoglu, avasallados todos por el autoritarismo presidencial. Sin embargo, ninguno de estos casos es comparable al de Fethullah Gülen, que vive en Estados Unidos desde 1999, dirige el movimiento Hizmet y a quien Erdogan acusa de haber sido el instigador del golpe de 2016.

El recurso a la figura de Gülen como inductor de todos los males de la nación, incluida la crisis económica, se ajusta a lo declarado por el nobel Orhan Pamuk, crítico acérrimo de Erdogan: “Hay que señalarles a los desesperados un culpable de su miseria. (…) Es lo que hemos hecho en los últimos 300 años”. Lo cierto es que el golpe de 2017, con muchas incógnitas por esclarecer, ha sido el resorte ideal para consagrar un poder personal orientado hacia la paulatina liquidación del legado secular y la articulación de un Estado progresivamente confesional.

La operación se completa con un otomanismo de nuevo cuño que aspira a la hegemonía regional y a una nueva relación con Rusia. Frente al recuerdo del enfermo de Europa que fue el Imperio Otomano durante buena parte de su último siglo de vida, el 'establishment' de Ankara rescata hoy de la historia la gran influencia que tuvo la Sublime Puerta desde los Balcanes y el norte de África a la península Arábiga. Se trata de una exaltación de la epopeya nacional en la que Erdogan es la figura central que denuesta la oferta reformista de la Alianza de la Nación, un conglomerado multicolor que apoya a Kemal Kiliçdaroglu, candidato a la presidencia. Un ejercicio de propaganda y ambición política que va mucho más allá de la definición que Erdogan hizo en su día de sí mismo: "Soy un conservador demócrata".