Perfil del líder republicano

Kevin McCarthy, los equilibrios de la ambición

El californiano lleva una década ascendiendo en Washington, donde ha tratado de contentar a todas las facciones del partido a costa de su integridad

Kevin McCarthy recibe una palmada en la espalda de uno de sus colegas antes de la cuarta ronda de votaciones para elegir al nuevo presidente de la Cámara.

Kevin McCarthy recibe una palmada en la espalda de uno de sus colegas antes de la cuarta ronda de votaciones para elegir al nuevo presidente de la Cámara. / REUTERS/Jonathan Ernst

Ricardo Mir de Francia

Ricardo Mir de Francia

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El pasado martes, a medida que iba quedando claro que no contaba con los votos necesarios dentro de su partido para coronarse como presidente de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy reunió a sus detractores a puerta cerrada para tratar una vez más de convencerlos. “Me he ganado este puesto”, les dijo enfadado, según publica ‘Politico’. “Nos hemos ganado esta mayoría y, maldita sea, también vamos a ganar hoy”. No fueron más que balas de fogueo porque su candidatura fue rechazada hasta en 14 ocasiones por una veintena de republicanos antes de ser elegido presidente. Y eso que, en su desesperación por contentar a los rebeldes, llegó a ofrecerles un cambio suicida en las reglas de la Cámara que hubiera permitido forzar una moción de censura contra su liderazgo con solo cinco votos de los 222 con los que cuenta el partido.

Ese último gesto basta para ilustrar hasta dónde estaba dispuesto a llegar el político californiano de 57 años para hacerse con el cargo de ‘Speaker’ de la cámara, el tercero más importante del país, por detrás de la vicepresidencia. McCarthy ya lo intentó en 2015, cuando la misma extrema derecha que ha saboteado ahora sus aspiraciones, frustró su primera intentona en favor de Paul Ryan, un político de perfil bastante similar. Pero McCarthy no es de los que tiran la toalla. Es un equilibrista nato y sin demasiados escrúpulos, capaz de darle una mano a San Pedro mientras masajea al diablo con la otra o de humillarse ante quien haga falta. No es un ideólogo o un purista, más bien de esa clase de malabaristas que tratan de complacer a facciones rivales al mismo tiempo.

McCarthy procede de Bakersfield, una región agrícola y petrolera del centro-sur de California. Y como si fuera un personaje de Paul Auster, cuenta a menudo que su vida se encauzó por un golpe del azar, un billete de lotería con el que ganó 5.000 dólares cuando tenía 20 años. Un dinero que invirtió en bolsa y, después, en una tienda de bocadillos, suficiente para convertirse en “pequeño empresario” y pagarse parte de la carrera en Administración de Empresas. Apadrinado por el congresista Bill Thomas, en 2002 llegó a la Parlamento regional de California, donde inició su carrera política y no tardó en demostrar que era muy bueno recaudando dinero y cultivando las relaciones sociales.

Yonki político

“Es un pragmático, no un purista de la política”, escribió entonces el 'L. A. Times' tras definirlo como un “yonki político”. Le bastaron cuatro años para llegar a Washington, donde no tardó en hacerse un nombre como diputado al hacer piña con Ryan y Eric Cantor. El trío fue bautizado como “Las jóvenes pistolas”. Querían reverdecer el partido apelando al conservadurismo fiscal, un gobierno escasamente intervencionista y la reforma gradual del sistema. Lo que vino, en cambio, fue un tsunami de proporciones épicas, la gran ola que se escapó del manicomio: primero, el Tea Party y, luego, Donald Trump.

McCarthy prosperó pese a todo. En 2014, se convirtió en el número dos del partido en la Cámara de Representantes, controlada por los republicanos hasta 2019, año en que asumió el liderazgo para capitanear a los suyos desde la oposición. El partido era ya entonces una jaula de grillos, con Trump en la Casa Blanca y el populismo más delirante y conspiratorio infectando a las bases. Pero McCarthy hizo siempre lo posible para llevarse bien con el jefe, un Trump que públicamente se refería a él como “mi Kevin”.

Asalto al Capitolio

Y así hasta el 6 de enero de 2021, la fatídica jornada del asalto al Capitolio. En un rarísimo gesto de integridad moral, McCarthy condenó las acciones de Trump aquel día y le responsabilizó por lo ocurrido. “El presidente tiene responsabilidad en el ataque de este miércoles lanzado por una multitud de alborotadores contra el Congreso”, dijo aquella misma tarde. Tres semanas después, sin embargo, peregrinó hasta Mar-A-Lago para hacer las paces con Trump. El magnate seguía siendo el jefe y McCarthy había comprendido que sin su bendición estaba políticamente muerto.