DISPUTAS ENTRE ESPAÑA Y REINO UNIDO

Gibraltar: una historia de conflictos diplomáticos con alevosía estival

La soberanía de las aguas que rodean al Peñón ha provocado tensiones continuas entre España y Reino Unido en las últimas décadas

El aeropuerto de Gibraltar durante una visita oficial de la realeza británica, el 13 de junio de 2012.

El aeropuerto de Gibraltar durante una visita oficial de la realeza británica, el 13 de junio de 2012. / JON NAZCA

Miriam Ruiz Castro

Miriam Ruiz Castro

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Ni las operaciones salida de tráfico, ni las altas temperaturas o la llegada de las primeras sombrillas a las playas de Benidorm. Si hay una noticia estival por excelencia son las disputas de España con Reino Unido en torno a Gibraltar. En las dos últimas décadas, se han sucedido las tensiones entre Londres y Madrid a cuenta de la colonia británica verano tras verano sin apenas faltar a la cita anual, haciendo habituales estampas como las largas colas en la frontera o los incidentes entre la Royal Navy y la Guardia Civil en las aguas que rodean al Peñón.

En julio de 2009, Gibraltar se preparaba para un acontecimiento histórico: la primera visita de un ministro español al Peñón en 300 años, los transcurridos desde que España cedió su soberanía a Reino Unido mediante el Tratado de Utrecht. Era la tercera de las reuniones del Foro Tripartito impulsado por el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que daba voz a Gibraltar en las negociaciones entre Reino Unido y España con el lema “dos banderas, tres voces”.

Pero unos días antes, el entonces ministro principal del Peñón, Peter Caruana, revolvió unas aguas ya de por sí en calma tensa y pidió a los pescadores gibraltareños de la zona que desobedecieran los requerimientos de la Guardia Civil. En caso de encontrarse con la Benemérita, les indicó que lanzaran bengalas para pedir auxilio.

La soberanía de las aguas que rodean al Peñón es uno de los principales motivos de conflicto entre los dos gobiernos y que más titulares estivales provoca. En el centro están los pescadores, peones de una partida de ajedrez que lleva ya demasiados años en tablas. Aquel año se sucedieron los encontronazos: en diciembre cuatro agentes de la Guardia Civil permanecieron retenidos en Gibraltar durante dos horas tras entrar en el puerto del Peñón persiguiendo a una embarcación sospechosa. La tensión llegó a cotas casi surrealistas cuando una patrullera de la Guardia Civil aseguró que la Royal Navy estaba haciendo prácticas de tiro contra una boya con la bandera de España. Exteriores tuvo que convocar al embajador británico en Madrid, quien aseguró que la boya de colores amarillos y rojos no representaba la bandera española.

Tres años después, los gobiernos de España y del Peñón habían cambiado de color político. Y las tensiones no hicieron sino aumentar. El 20 de agosto de 2012, el nuevo ministro principal, Fabian Picardo, declaró al Peñón y sus aguas “zona especial de conservación” medioambiental. En la práctica, aquello le servía de excusa para no dejar pescar con redes en los alrededores de la roca, algo que ya venía haciendo desde marzo.

Los bloques de hormigón

Pero si hubo un verano en que el conflicto diplomático se hizo con todas las portadas fue 2013. Gibraltar pretendía construir un arrecife artificial y lanzó setenta bloques de hormigón al mar en una de las zonas más habituales de faena de los pescadores de la comarca. El Gobierno de Mariano Rajoy acusó a Gibraltar de “violar el derecho internacional en aguas españolas”, que el Peñón reconoce como suyas. La tensión fue tal que provocó que agentes de la policía de Gibraltar se encararan con los pescadores españoles en la bahía. Y un año más tarde, unos buzos de la Fundación para la Defensa de la Nación Española extrajeron uno de los bloques de hormigón en una acción reivindicativa. Hubo hasta un líder de ultraderecha, hoy al frente de la tercera fuerza del Congreso, que se fotografió sobre la mole y subió la imagen a redes sociales en 2016.Los hostigamientos continuaron durante meses, y España utilizó el que ha sido uno de sus movimientos preferidos en la partida: eternizó los controles en la Verja, como se conoce a la frontera entre el Peñón con La Línea de la Concepción, provocando largas colas de vehículos que intentaban cruzar a España.

En aquellos años, ser embajador en Londres era un trabajo exigente. Cada verano, el Ministerio de Exteriores de Reino Unido convocaba varias veces al diplomático español para que rindiera cuentas sobre el último conflicto en Gibraltar. Y España respondía llamando a filas al embajador británico en Madrid.

Submarinos nucleares

En 2006 fueron las organizaciones ecologistas las que pusieron el foco informativo en Gibraltar. Un submarino nuclear del Ejército de los Estados Unidos, el USS Memphis, atracó en la base naval de Gibraltar para una escala rutinaria antes de llegar a Líbano. Los ciudadanos de la Bahía de Algeciras se sumaron a las protestas de los ecologistas por la llegada de estas “bombas flotantes”. En su recuerdo estaba el ‘Tireless’, otro submarino nuclear que atracó en Gibraltar en el año 2000 para ser reparado de una avería en su reactor. Durante más de un año formó parte de la estampa de la bahía, provocando fuertes tensiones diplomáticas entre Reino Unido y España. En una reunión del foro tripartito, el Ministerio de Defensa británico se comprometió a no reparar ninguna avería en un submarino a propulsión nuclear.

Una mañana de agosto de 2007, los campogibraltareños desayunaban con la noticia de un choque frontal de un carguero y un petrolero en aguas de Gibraltar. El primero quedó semihundido y la investigación posterior concluyó que había zarpado del puerto de Gibraltar hacia el Mediterráneo sin el permiso correspondiente. Aunque no hubo que lamentar daños humanos ni medioambientales, el suceso evidenció la falta de coordinación e intercambio de información entre las autoridades portuarias de Gibraltar y Algeciras.

En tiempos de pandemia y de Brexit, los titulares que llegan desde el Peñón son otros, aunque con el telón de fondo de siempre: las relaciones entre España y Reino Unido. Las negociaciones sobre el estatus que recibirá Gibraltar tras el Brexit cumplen diez meses. El objetivo es también el de siempre: cómo poner de acuerdo a dos vecinos que ni siquiera están de acuerdo en que lo sean.