Crisis en el país anatolio

Refugiados en Turquía: miedo a salir a la calle

Afectada por la crisis económica, la sociedad turca da la espalda a los millones de inmigrantes y demandantes de asilo

En los últimos meses, el país ha vivido varios episodios racistas y ha aumentado la violencia contra los inmigrantes

Adrià Rocha

Adrià Rocha / ADRIÁN ROCHA CUTILLER

Adrià Rocha Cutiller

Adrià Rocha Cutiller

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Habib, cuando camina por la calle, lo hace lo más silenciosamente posible. Ni un ruido de más, ni una estridencia de más, ni una mirada que pueda malinterpretarse. Habib, refugiado afgano que vive en Estambul, cuando sale de casa mira abajo y camina rápido.

Su misión es llegar a destino cuanto antes. Que nadie se dé cuenta. "Vivo con miedo a que me pase algo. Vigilo mucho cuando estoy fuera. Si voy con alguien intento recordarle que no haga demasiado ruido. Que nadie se enfade con nosotros. Así es cada día. Intentamos sobrevivirlo", explica Habib, que llegó en 2018 a Turquía huyendo de Afganistán

Habib trabajó de carpintero durante algunos años para la misión española de la OTAN en el país centroasiático. Un día, en su pueblo natal, un hombre le amenazó: debía de dejar de trabajar para los extranjeros o atenderse a las consecuencias. Reunió el poco dinero que tenía —su mujer y su hijo se tuvieron que quedar porque no daba— y se fue unos años primero a Irán y, después, a Turquía.

Ahora, Habib vive en el barrio de Estambul de Bagcilar, uno de los que recibe más población refugiada del país. Turquía, a su vez, es el país del mundo que más refugiados acoge: cerca de cuatro millones, según datos de Naciones Unidas

En Estambul, este carpintero sobrevive como puede, luchando para conseguir trabajos diarios con los que ganará, si tiene suerte, cerca de siete euros en un día. "Lo que más me gusta es la carpintería, pero ahora ya me da igual. Hago lo que puedo y lo que encuentro. Desde hace tiempo hay muy poco trabajo", se queja Habib, que hoy ha conseguido trabajar unas horas en un taller de costura.

Lucha en la base de la pirámide

En los últimos meses, Turquía ha entrado de lleno en una época de turbulencia económica con una moneda en caída y una inflación desbocada cercana al 80%, según recuentos no oficiales. Todos, sin distinción, notan los efectos de esta crisis. Unos, sin embargo, más que otros. 

El refugiado afgano Habib.

El refugiado afgano Habib. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

"En el mercado laboral turco, los refugiados trabajan en condiciones de explotación, de hiperprecariedad y vulnerabilidad. Ganan poco y la tasa de desempleo es alta. Si bien podemos decir que la crisis, seas refugiado o ciudadano turco, te hace sufrir, también podemos afirmar que los refugiados han sufrido más. Si existe una pirámide laboral, entonces ellos están abajo de todo en la jerarquía de la explotación", explica la experta y académica Canan Sahin.

Todo esto, sin embargo, no ha evitado lo que parecería evitable: tanto el Gobierno como la oposición han utilizado, sin distinción, a los refugiados como chivo expiatorio de esta crisis. Después de años siendo un ejemplo de aceptación de refugiados, Turquía se ha girado en su contra. 

"Nos colocan en el origen de los problemas pero se equivocan. El problema aquí —explica Taha Elghazi, refugiado sirio y activista por los Derechos Humanos— es que hay gente que nos intenta meter en el centro de estos problemas para sacar rédito político. Y esto ha hecho que la sociedad turca cambie su idea sobre nosotros".

Fuego y cuchillos

Hay decenas de ejemplos. Es finales de diciembre en Izmir, la tercera ciudad del país. Tres jóvenes sirios mueren en su casa por la noche por culpa de un incendio. La policía asume que el causante del fuego fue un fallo eléctrico, pero un hombre va a comisaría días después a explicar que fue él quien incendió el piso por su odio a los refugiados

9 de enero, en un barrio cercano a Bagcilar. Un grupo de unos 50 jóvenes turcos sale a la calle al grito de "esto no es Siria, es Turquía". Se dirigen a una tienda propiedad de un sirio y la destrozan.

11 de enero, también en Estambul. Son las dos de la madrugada cuando ocho chicos entran en un piso donde viven varios refugiados. Acuchillan y matan a uno, Nail Al Naif, de 19 años. El activista Taha Elghazi estuvo allí al día siguiente. 

"En un principio las noticias que salieron al respecto decían que los ocho que irrumpieron de madrugada a la casa habían entrado a robar. Mentira. Los compañeros de Nail me dijeron que nadie intentó quitarles nada. No les robaron ni los teléfonos ni el dinero", dice Elghazi, que teme que la situación empeore aún más ante el silencio de los líderes políticos turcos y los medios, que pasan sistemáticamente de puntillas sobre estos sucesos: "Mientras los políticos no condenen los ataques de odio y racismo la violencia se incrementará seguro porque, al final, la no condena se convierte en permiso".

La justicia, incluso, se ve afectada. "Se podría concluir que en los ataques en masa contra refugiados muchos perpetradores acaban impunes, o los condenados reciben penas menores de las que deberían —dice el abogado de oficio Eren Gönen, especializado en representar a refugiados y migrantes—. No se debe de olvidar que el odio que una parte de la sociedad turca siente también existe entre funcionarios dentro del Estado".

Esperando una respuesta

"Vivo con el miedo constante de que la policía me pare y me deporten a Afganistán. Incluso el propietario del piso que comparto nos amenaza con llamar a la policía para que nos deporten. Así no puedo continuar", dice Habib, que lleva meses intentando hablar con el consulado español en Estambul para que le saquen a él de Turquía y a su mujer e hijos de Afganistán. 

Hace meses, sin embargo, que no recibe respuesta, y sus opciones se acaban. Si es deportado a Afganistán, su vida podría correr peligro por haber trabajado en los años antes del poder talibán en contra de los nuevos amos del país. Su única opción es seguir hacia delante: "En Turquía no me puedo quedar. Espero que España me ayude. No tengo muchas más opciones...".