La vida de Margot Friedländer, superviviente del Holocausto, enmudece a la Eurocámara

  • “Lo que ocurrió, ocurrió, nunca podremos cambiarlo pero jamás debe volver a ocurrir”, reivindica en el Día de la Memoria a las víctimas del Holocausto en el Parlamento Europeo

Margot Friedländer, en el Parlamento Europeo.

Margot Friedländer, en el Parlamento Europeo. / Europa Press

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Silvia Martinez
Silvia Martinez

Periodista

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A Margot Friedländer, centenaria, escritora y superviviente del Holocausto, lo que más le preocupa estos días es que lo que los nazis bautizaron como “la solución final”, el exterminio de más de 6 millones de judíos en Europa, caiga en el olvido. “Gente como yo somos los últimos supervivientes que podemos dar testimonio (…) Al pasado no lo podemos cambiar. Yo he visto como seres humanos le negaban la humanidad a otros seres humanos. Primero para excluirlos. Luego para expoliarlos y quemar sus lugares de culto y al final para matarlos. Esto no puede volver a ocurrir. Tenemos que seguir atentos. No podemos hacer como si no viéramos lo que ocurre. El odio, el racismo y el antisemitismo no pueden ser la ultima palabra que pronuncie la historia porque ya sabemos a donde nos lleva” y “la memoria es crucial”, ha avisado durante una sesión especial con motivo del Día de la Memoria a las víctimas del Holocausto que ha dejado mudo al Parlamento Europeo.

Durante más de media hora y ante los presidentes de las tres instituciones europeas, Margot ha relatado cómo fue la única de su familia que sobrevivió. Su hermano Ralf tenía 17 años y 6 meses cuando fue detenido por la Gestapo en en el piso de Berlín donde vivían y deportado “al este como se decía entonces”. Su madre, Auguste, no esperó a que ella regresara a casa y se entregó a la policía secreta de Adolf Hitler para acompañar a su hijo. Cuando la joven Margot regresó a casa los vecinos le contaron lo que había pasado y le entregaron un mensaje de su madre, “trata de hacer tu vida”, y un recuerdo. Un collar de ámbar del que jamás se separa. 

“Tenía 21 años y me quedé completamente sola en Berlín, sin mi madre, sin mi hermano, sin ningún otro familiar”, ha relatado. Los siguientes quince meses los pasó de escondite en escondite gracias a “gente buena que me dio refugio, poniendo en peligro su propia vida”. En abril de 1944 fue finalmente detenida y deportada a Theresiendstadt, un campo de concentración situado en la República Checa, donde a principios de febrero de 1945 se reencontró con Adolf Friedländer a quien había conocido años antes en una asociación cultural judía de Berlín.

Primera noticia de Auschwitz

Fue allí donde escuchó por primera vez hablar del campo de Auschwitz y donde entendió que nunca jamás volvería a ver ni a su madre ni a su hermano. “Presintiendo la liberación del campo, que se produjo el 27 de enero, los nazis evacuaron antes a los prisioneros, se organizaron las infames marchas de la muerte. La SS hizo todo lo posible para que los supervivientes no fueran encontrados" ni "los aliados se enteraran del verdadero alcance del exterminio. Todos eran hombres, aunque era difícil distinguirlo porque todos eran unos guiñapos. La mayoría murió durante el camino, al final los cargaron en un tren de ganado y los mandaron a Theresiendstadt que era uno de los pocos campos que todavía no habían sido liberados”, ha relatado sobre el momento en el que la palabra Auschwitz cobró significado para ella.

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Aunque no sabe cómo logró sobrevivir a aquel horror, no olvidará la fecha del 8 de mayo de 1945: la liberación Theresiendstadt donde Adolf le pidió en matrimonio. “Yo siempre pensé que para casarse se necesitaban más cosas. No estaba enamorada de Adolf. Necesitaba más tiempo para ser una persona con sentimientos porque los únicos que conocía eran el dolor y la nostalgia”. Finalmente accedió y él le entregó la alianza de su padre, el único que no te quitaban los nazis en el campo de concentración. El 26 de junio de 1945 un rabino les casó por el rito judío en el mismo campo y el 28 de julio de 1946, tras pasar casi un año en un centro de desplazados, emigraron a Nueva York donde Adolf murió en 1997 tras 52 años de matrimonio. 

Aunque hicieron una treintena de viajes a Europa solo una vez pasaron tres días en Alemania, en Munich, pero nunca en Berlín. “Adolf no quería volver y menos a Berlín dónde habían asesinado a su madre”. Fue entonces cuando empezó a escribir su vida, cuando le empezaron a llover invitaciones para hacer documentales, dar charlas. En 2010 y con 88 años regresó a Berlín con una misión. “Después de 64 años en América he vuelto para hablar con vosotros, tenderos la mano, pediros que toméis el testigo que nosotros dejaremos de ser. Sed personas, los hombres que hicieron esto a otros hombres lo hicieron porque no los veían como hombres. No hay sangre judía, cristiana o musulmana, lo que nos corre por las vena es la sangre de los seres humanos. Lo que pasó pasó, no hay vuelta a través, pero lo que pasó no puede volver a pasar nunca jamás”. Su deseo para Europa y el mundo: que vivamos juntos y en paz.