Entrevista

Khadija Mohsen-Finan: "La solución para el Sáhara Occidental es un arbitraje de la ONU y terceros países"

  • Experta en el Magreb y politóloga, esta profesora de la Universidad de París considera que Argelia y Marruecos no irán a una guerra porque no beneficia a ninguno de los dos

La politóloga Khadija Mohsen-Finan, en la sede del IEMed este jueves.

La politóloga Khadija Mohsen-Finan, en la sede del IEMed este jueves. / ELISENDA PONS

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Laura Puig
Laura Puig

Periodista

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Khadija Mohsen-Finan (Túnez, 1957) es profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de París 1. Experta en el Magreb y el conflicto del Sáhara Occidental, acaba de publicar 'Tunisie, L'apprentissage de la démocratie 2011-2021' (Túnez, el aprendizaje de la democracia 2011-2021). Este jueves participó en Barcelona en un debate sobre los retos para la estabilidad del Mediterráneo en el Institut Europeu de la Mediterrània (IEMed). Antes atendió las preguntas de EL PERIÓDICO.

Marruecos y Argelia viven un momento de alta tensión. ¿Cree que puede acabar derivando en un conflicto armado o esta es una posibilidad que no interesa a ninguno de los dos estados?

Creo que pensamos mucho en una escalada militar porque los dos países están muy armados. El informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) muestra que son los países de África que compran más armas después de Egipto, un armamento que es cada vez más sofisticado y de procedencias diferentes. Pero no está destinado a luchar contra el yihadismo, es un armamento de guerra. No obstante, yo creo que los dos estados no irán a la guerra, no beneficia a ninguno. Pienso que el conflicto continuará entre los dos más allá de sus fronteras, en Mali o Libia, quizá políticamente en el seno de la Unión Africana, pero no creo que acabe en un conflicto real. Argelia podría estar tentada de armar al Frente Polisario, que dispone hoy en día de material muy obsoleto y anticuado, pero no sería suficiente solo dar armas al Frente Polisario, también necesitaría entrenamiento. Hoy en día, no cuenta con los medios militares para luchar contra las fuerzas armadas de Marruecos.

El reconocimiento de EEUU de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental hace casi un año ha supuesto un punto de inflexión en las relaciones entre los dos países vecinos, aunque la nueva administración de Joe Biden ha dejado el tema apartado.

En realidad, Biden no ha dejado el tema de lado porque Anthony Blinken dijo que hacía falta, a pesar de todo, regresar al derecho internacional. Pero en ningún momento, ni Biden ni Blinken, han desmentido lo que dijo Donald Trump. Esto quiere decir, a mi entender, que en el fondo a Washington no le molesta que Marruecos siga administrando de facto el Sáhara Occidental y gestione sus recursos. De hecho, Estados Unidos es el gran aliado de Marruecos.

En el fondo de la rivalidad de Argelia y Marruecos está la lucha por el liderazgo en África.

Efectivamente, hay una rivalidad entre ambos países que empezó tras la independencia de Argelia a nivel del Magreb y hoy en día se disputan el liderazgo de África, aunque en estos últimos años Argelia ha perdido influencia en el continente. En el pasado tuvo una diplomacia muy poderosa que ha perdido e intenta recuperar. Y ha visto cómo en el seno de la Unión Africana tiene menor peso. Marruecos, al contrario, se anota puntos, tanto con su diplomacia religiosa como con sus inversiones económicas. 

¿Debe España jugar un papel de árbitro en el conflicto entre Argelia y Marruecos?

España podría, en mi opinión, pero no lo quiere realmente. No tiene interés en enemistarse con ninguno de estos dos países porque debe negociar con Argelia en la cuestión energética y es un socio a nivel económico para Marruecos, que es un gran comprador y va a ser un gran comprador de gas argelino. Madrid está entre dos aguas porque son países vecinos, son países aliados y España no es completamente ajena al conflicto del Sáhara Occidental.

En 1991, el Consejo de Seguridad de la ONU estableció que debía de prepararse la celebración de un referéndum de autodeterminación en el Sáhara Occidental. Treinta años más tarde, sigue sin haberse celebrado…

No creo que vaya a celebrarse nunca. Ya no fue posible organizarlo en 1992 y, hoy en día, cómo quieres pedir a alguien que vive desde hace más de 40 años en el territorio del Sáhara Occidental si es saharaui o no. ¿Quién es saharaui hoy en día? Marruecos ha revuelto tanto las cartas que esto no quiere decir nada. Alguien que fue desplazado en 1990 y que vive desde entonces en el Sáhara Occidental, piensa que tiene algo que decir en el referéndum. Por lo tanto, es imposible organizar hoy este referéndum desde el punto de vista técnico y desde un punto de vista político. Además, no hace falta pedir más negociaciones entre Marruecos y el Frente Polisario. Si tuvieran que llegar a buen puerto, ya lo habrían hecho.

Entonces, ¿cuál es la solución?

La solución es un arbitraje que vendrá por la ONU y por terceros países que sean capaces de discutir con el Frente Polisario y Argelia y con Marruecos. España y Francia es difícil que participen porque fueron los países colonizadores. Pero creo que, en todo caso, hay que ser realista. Es una región que está ya muy desestabilizada. A pesar del agravamiento de las tensiones, el conflicto tiene problemas para salir de su letargo y uno de los grandes responsables es Naciones Unidas, que han jugado el juego de Marruecos en la organización del referéndum. Pero también es responsabilidad de EEUU, que tampoco ha sido capaz de imponer un mecanismo de observación de los derechos humanos a la MINURSO. Yo creo que se han hecho muchos regalos a Marruecos, que no ha sido respetuoso con el derecho internacional, y hoy en día no entiende que se le pida negociar un territorio que ocupa de hecho desde hace 45 años. La solución era difícil de encontrar en 1975, pero hoy es aún más difícil porque hay una población que es víctima de esta situación. Es muy difícil saber exactamente qué quieren los saharauis, al margen de Brahim Ghali. Hay muchas generaciones de saharauis y es terrible, están en una cárcel a cielo abierto. No tienen ninguna libertad. Para resolver este conflicto debemos hablar con la promesa de la verdad, ver cómo esta población del Sáhara puede vivir normalmente. Si nos movemos un una lógica de vencedores y vencidos, no lograremos nada.

Ya hace más de 10 años de la Primavera Árabe. ¿Queda algo de ella en los países en los que se vivió?

Sí, queda todo. Queda la revolución, la protesta, unas formidables ganas de cambio que no se han materializado. Queda el espíritu de la revolución. Y esto complica las cosas para los gobernantes que no han cambiado. Tenemos regímenes políticos que están congelados, como Marruecos, Argelia, Siria, Egipto,... pero hay sociedades que se han globalizado y ciudadanos que protestan, reivindican de formas modernas a través de blogs, diarios en línea, de maneras anónimas, en la calle, pidiendo dignidad. Ha quedado todo esto. Hoy, estamos en una situación de fracaso, pero si vemos la historia ninguna revolución ha dado satisfacción en el espacio de 10 años, ninguna. Hay avances y retrocesos, como el mar, pero las cosas ya no serán jamás como antes, ni siquiera en Egipto. El espíritu de la revolución está ahí. Y lo hemos comprobado, pues en 2019 llegó a Sudán, el Líbano y Argelia.

Túnez, el país donde prendió la mecha y en el único en el que acabó cuajando un sistema democrático, vive actualmente una grave crisis política después de que el presidente Kaïs Saied suspendiera el Parlamento y asumiera plenos poderes. ¿Dónde quiere llegar Saied?

No está claro. Saied venció en 2019 con un programa un poco loco. Decía que no creía en la representación política, en los partidos, que iba a invertir la pirámide de poder... algo parecido a la democracia directa. Sin embargo, ha acabado acaparando todo el poder. Ha hecho un desierto alrededor suyo, sin contrapoder, sin Parlamento, y ha presidencializado el régimen. La democracia directa no es esto. Su golpe de estado fue muy bien acogido el 25 de julio porque la gente está fatigada, y muchos le valoran por deshacerse de los islamistas. Pero hay límites a ese poder. Hoy Túnez atraviesa una crisis social, económica y financiera. Saied debe encontrar 3.000 millones de euros muy rápido, antes del 31 de diciembre, para pagar la deuda y a los funcionarios. Está al pie del muro y hace falta que dé respuestas. Él es el responsable de todo. Es la buena y la mala noticia. No veo cómo este hombre puede perdurar.

Algunos analistas hablan de extrema polarización y clima de guerra civil en Túnez. ¿Coincide usted con este análisis?

Guerra civil quizás es decir demasiado, pero sí que hay un clima muy polarizado. Pero es que el país está aprendiendo la democracia, tanto los que gobiernan como los gobernados. Hay gente que piensa que un hombre que tiene aspecto y comportamiento dictatorial va a conducir al país a la democracia. Eso es muy difícil.

¿Cuáles que son los principales retos del Magreb?

Los desafíos son enormes. El principal es la fuga de cerebros: los ciudadanos que tienen estudios y son buenos se marchan, y esto empobrece el Magreb. Otro reto es el económico y social: la gente vive mal y cuando vives mal no puedes ser exigente a nivel político. También destaca el mantenimiento del autoritarismo que se nutre del exterior. El drama total son las generaciones jóvenes. Todo esto conduce a una decepción y una crisis moral muy importante. Se habla mucho de la crisis económica y política, pero jamás de la crisis moral, son sociedades que están desmoralizadas, son países reducidos a un estado de vagabundo, se han convertido en feos, sucios, ... Tampoco es bueno para Europa tener países en el sur deprimidos en todos los niveles.

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La emigración es uno de los grandes problemas de los países del Magreb. ¿Cómo debe abordarlo Europa?

Europa debe saber que hay personas completamente desesperadas que intentan marcharse en barcas poniendo en peligro su vida y hay personas con estudios que se marchan por la vía normal. Los que se quedan son porque no pueden irse. ¿Cómo gobernar una sociedad que solo piensa en emigrar? Es imposible. Europa debe acompañar el cambio y no debe fomentar el statu quo; debe ser exigente a nivel político, que las cuestiones de los derechos humanos se tengan en cuenta. Y debe condicionar su ayuda a un cambio real, efectivo.