Ir a contenido

El despido del jefe del FBI reaviva las sospechas sobre los lazos de Trump con Rusia

James Comey pidió más fondos para investigar los contactos del entorno del presidente con la trama rusa

Ricardo Mir de Francia

Donald Trump, con el ministro de Exteriores ruso Sergei Lavrov, en la Casa Blanca el 10 de mayo.

Donald Trump, con el ministro de Exteriores ruso Sergei Lavrov, en la Casa Blanca el 10 de mayo. / AFP

Donald Trump tomó el martes una de esas decisiones que marcarán irremediablemente su presidencia, un punto de inflexión que a la larga podría precipitar su caída. Para sorpresa de todos, el presidente de Estados Unidos despidió fulminantemente a su jefe del FBIJames Comey, el hombre que lideraba la investigación sobre los contactos de su campaña con el Kremlin, acusado de interferir en las pasadas elecciones estadounidenses. Pocos días antes de su destitución, el veterano funcionario pidió más fondos para ampliar la investigación que persigue al presidente desde los primeros compases de su mandato, según se ha sabido ahora. Pero no es esa la razón esgrimida por la Administración para justificar el despido. En un cambio increíble de postura, acusan ahora a Comey de haberse comportado injustamente con Hillary Clinton durante la campaña.

La noticia ha generado una enorme perplejidad en Washington. Nadie se la esperaba. Ni la prensa, ni el FBI ni los congresistas. Desde la llamada ‘masacre del sábado por la noche’, acaecida en 1973, el país no asistía a nada semejante. Por entonces, Nixon despidió al fiscal especial que investigaba el Watergate, una decisión que precipitó la dimisión de los máximos responsables del departamento de Justicia, reacios a ser parte del abuso de poder del presidente. Pocos meses después, el republicano acabó dimitiendo.

Esta vez, todo ha pasado tan rápido como entonces, aunque Trump llevaba algunos días meditando la decisión, frustrado aparentemente por la incontenible cascada de informaciones sobre la trama rusa, según publica 'Politico'. Y puso en marcha su particular ‘masacre’ a las bravas. En lugar de llamar personalmente a Comey para comunicarle la decisión, envió a uno de sus antiguos guardaespaldas al cuartel general del FBI en Washington para notificarle por carta su cese "inmediato". Comey no estaba en la capital. Pasaba revista a sus agentes en Los Ángeles cuando vio por televisión que lo habían fulminado. Inicialmente no se lo quiso creer, pensó que era una broma de mal gusto.

TRUMP Y KISSINGER

“Simplemente no estaba haciendo un buen trabajo”, ha dicho este miércoles Trump mientras se reunía en la Casa Blanca con Henry Kissinger, precisamente el último secretario de Estado que tuvo Nixon. Pero en Washington pocos compran las explicaciones de la Administración, que a ojos de muchos habría fabricado un pretexto para quitarse de encima a Comey, un funcionario respetado pese a las decisiones controvertidas que tomó durante la campaña y al que le quedaban siete años de mandato por cumplir.

Comey fue uno de los protagonistas inesperados de aquella campaña. A solo 11 días de la votación decidió públicamente reabrir la investigación contra Clinton por el manejo de sus emails durante su etapa como secretaria de Estado. No tenía nada que lo justificara porque a solo dos días de las elecciones volvió a cerrarla sin presentar cargos. Los demócratas nunca se lo perdonaron, pero tanto Trump como su fiscal general, Jeff Sessions, jalearon la "valentía" de Comey, cuya maniobra sirvió para reavivar las sospechas sobre Clinton en un momento crítico de la contienda.

"ATROCIDADES"

Eso fue entonces porque ahora la Casa Blanca ha justificado la destitución apoyándose en un memorando del número dos de Justicia, Rod Rosenstein, donde critica que Comey se saltara en su día los protocolos de la agencia para anunciar en una rueda de prensa la investigación o que hiciera comentarios "derogatorios" contra la candidata demócrata. “Casi todo el mundo está de acuerdo en que el director cometió serios errores”, escribe Rosenstein en el documento. Una portavoz ha ido más lejos y habla ahora de "atrocidades".

Pero hay otra lectura. Fue también Comey quien contradijo a Trump cuando acusó sin pruebas a su predecesor, Barack Obama, de haberle pinchado los teléfonos de la Trump Tower y quien anunció en marzo ante el Congreso que el FBI está investigando si hubo cooperación “entre individuos asociados a la campaña de Trump y el gobierno ruso” para interferir en las elecciones. Es más, según publica 'The Washington Post', la semana pasada Comey pidió más fondos para ampliar las pesquisas, lo que sugiere que son algo más que humo. La Casa Blanca ha negado este último punto de forma tajante.

La preocupación de Trump es patente, como atestigua clara la carta que le envió a Comey, que parece escrita desde el subconsciente. “Aunque aprecio enormemente que me informara hasta en tres ocasiones de que no estoy bajo investigación, concuerdo con la opinión de Justicia de que usted no es capaz de liderar la agencia de forma efectiva”. Esa investigación ha puesto en el punto de mira a varios de sus allegados, como Carter Page Michael Flynn, al que Trump despidió como asesor de seguridad nacional tras descubrirse que había mentido sobre sus contactos con Moscú. Pero hay más porque Flynn no reveló contratos que tenía firmados con Rusia y Turquía para representar sus intereses en Washington.

La destitución del jefe del FBI ha generado una enorme tormenta política, con críticas tanto de los republicanos como de los demócratas, que han pedido el nombramiento de un fiscal especial e independiente para investigar la trama rusa. El día ha tenido otro momento increíble. Mientras el temporal arreciaba, Trump se reunía en la Casa Blanca con el ministro de Exteriores ruso y su embajador en Washington, Sergey Kislyak, el mismo hombre con el que Flynn habló en secreto después de la elección de Trump para discutir el posible levantamiento de las sanciones estadounidenses.