Tres siglos de unión

El Acta de 1707 dio origen al Reino Unido y cerró un largo periodo de tensión con Inglaterra

Estatua del rey escocés Robert de Bruce en Stirling, famoso campo de batalla.

Estatua del rey escocés Robert de Bruce en Stirling, famoso campo de batalla. / ARCHIVO / AGUSTÍ CARBONELL

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ALBERT GARRIDO / BARCELONA

Si se atiende a la mitología nacional escocesa, la resistencia del pueblo picto a la romanización es el más remoto antecedente de la voluntad de los habitantes del norte de la isla de Gran Bretaña de preservar su independencia. Fuese por esta razón o por cualquier otra no conocida, el emperador Adriano decidió en 122 construir un muro que sellara el limes de Britania y evitara las incursiones de aquellos aguerridos adversarios. Y sea por ese rasgo de carácter o por protegerse de la ambición desmedida de sus vecinos, la historia de Escocia está repleta de episodios que han llenado el panteón de héroes memorables en la victoria y en la derrota.

De todos ellos, la epopeya de William Wallace, vencedor de los ingleses en Stirling, posteriormente traicionado, derrotado, herido, torturado y finalmente decapitado en Londres en 1305, y la ejecución por el hacha en 1587 de María I Estuardo, reina de los escoceses (1542 y 1567), en pugna con Isabel I de Inglaterra, son dos momentos vestidos con los ropajes de los grandes dramas históricos.

En nuestros días, películas como la excelente María, reina de Escocia (1971), de Charles Jarrott, o Braveheart Braveheart(1995), de Mel Gibson, han contribuido tanto a alimentar la leyenda de la irreductibilidad escocesa como escritores de gran difusión, de entre los que sobresale el romántico sir Walter Scott, autor de historias como Rob Roy, donde se exalta el espíritu rebelde y de resistencia. A decir verdad, ese perfil del luchador infatigable remite más al arquetipo tópico del habitante de las tierras altas (highlands) que al no menos tópico del de las tierras bajas (lowlands), inclinado al pacto, anglohablante desde antiguo y acomodado al vínculo con Inglaterra. Desde luego, la vieja estructura de clanes, las guerras de religión y el desarrollo industrial impusieron este esquema, pero lo que realmente estableció una diferencia tajante entre las dos Escocias fue la voluntad del establishment de las tierras bajas de consagrar los lazos económicos con el sur de la isla.

El Acta de Unión aprobada por el Parlamento de Escocia el 16 de enero de 1707 por 110 votos contra 67, origen del Reino Unido y final de un largo periodo de tensión con Inglaterra, con la economía y las rivalidades religiosas y dinásticas a flor de piel, acabó con la independencia. La reina Ana pasó a ser soberana de Inglaterra y Escocia unidas, representadas en Westminster por un solo Parlamento y gobernadas por un solo Gabinete. El nacimiento de aquella unión fue inmediatamente contestado en la calle y los primeros tiempos fueron especialmente broncos. George Lockhart, uno de los negociadores del acta, escribió: «Toda la nación parece adversaria de la unión».

Lo que sucedió luego fue un proceso bastante rápido de implicación de la economía escocesa en el proceso de crecimiento del Reino Unido. Los rasgos característicos de la cultura escocesa no se desvanecieron, pero el éxito político del Reino Unido como entidad hegemónica de las relaciones internacionales atenuó la añoranza por el pasado. Glasgow fue pronto la segunda ciudad de las islas tras Londres y el periodo victoriano puso sordina al nacionalismo escocés mediante la participación activa de ilustres hijos de Escocia en la expansión británica.

Después de la primera guerra mundial, y en especial a raíz de los efectos que tuvo en Escocia la gran depresión, aparecieron una serie de organizaciones que iban del autonomismo al independentismo. De todos aquellos colectivos, el de más vigoroso arraigo fue el Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés), fundado en 1934, cuyo primer líder fue Alexander Malcolm MacEwen. El SNP tuvo su primer diputado en Westminter en 1945 y pronto se convirtió en el hogar de acogida de las diferentes corrientes ideológicas partidarias, según los casos, de la federación o la secesión.

Continuidad a Blair

Algunas campañas en defensa de recursos que el nacionalismo estimó como propios -los yacimientos de petróleo del mar del Norte, la industria pesada del valle del Clyde- y la debilidad de la economía británica en la década de los 70, ayudaron a sumar efectivos a la causa independentista. El programa ultraliberal de la conservadora Margaret Thatcher, que muchos reputaron antisocial, empezando por la dirección del SNP, engordó las filas nacionalistas, además de la captación de votantes laboristas. La devolution de 1998, que restableció el Parlamento de Escocia en Edimburgo y articuló un régimen autonómico, no modificó esta tendencia, y en las elecciones legislativas escocesas del 5 de mayo del 2011 el SNP, encabezado por Alex Salmond, obtuvo 69 de los 129 escaños en disputa y se abrió el proceso hacia el referendo por la independencia, según términos pactados con el Gobierno de Londres.

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A todo esto, el Reino Unido había tenido entre 2007 y 2010 un primer ministro escocés, Gordon Brown, laborista, educado en la Universidad de Edimburgo, de confesión presbiteriana escocesa, que llegó a ser criticado en Inglaterra por sus orígenes, y en Escocia, por haberse avenido a dar continuidad al programa aplicado por su antecesor, Tony Blair.

Puede decirse que resultó poco convincente a ambos lados del muro de Adriano, aunque protegió la industria de Silicon Glen, la región escocesa en la que se han establecido empresas de electrónica de última generación, y aseó la economía inglesa con mejores resultados que en la eurozona. Pero prevalecieron los análisis emocionales, que han menudeado desde que se convocó la consulta y que simplifican la respuesta a la gran pregunta: ¿salió perdiendo Escocia con la Unión?