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'Procés': Sin inteligencia emocional, se pueden arruinar países

Policías, durante una carga en el aeropuerto de El Prat.

Policías, durante una carga en el aeropuerto de El Prat. / MARTÍ FRADERA

La situación que se vive en Catalunya es cada vez más tensa. Mirando atrás recordamos un camino lleno de oportunidades que se perdieron. Muchos trenes se escaparon. Fallaron las estrategias

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Se pasó por alto recurrir a la inteligencia emocional para maximizar pactos y acuerdos en una situación muy difícil. El control de las emociones es el núcleo en todo proceso exitoso, pero se optó por la visceralidad, el componente más inflamable que existe para producir un incendio, una ruptura, un cisma que se agrava con el tiempo. 

No hay mejor antídoto contra todo esto que el acertado manejo de las emociones. Quizá ningún político supo aplicarlo en su momento. Un presidente, entre otras muchas cosas, requiere de habilidades para negociar y comunicarse, ser un buen estratega y una persona persuasiva para desencallar situaciones difíciles, pero sobre todo debe tener inteligencia social

Hace años que existe toda una industria dedicada a ello. Las empresas se gastan millones en formar a sus ejecutivos en inteligencia emocional. Se imparte en colegios, universidades, multinacionales, empresas.

Rafael Bisquerra, catedrático de Psicología de la Universitat de Barcelona, escribió un libro sobre gestión de emociones. Hubiera sido un buen asesor para nuestros líderes. Pocas veces hay consensos exitosos si no se aplica. Utilizar por bandera la visceralidad en casos como el 'procés' es retroceder. Ningún presidente que esté al servicio de un país debe permitírselo. 

Puede ser una persona inteligente, con grandes capacidades cognitivas, incluso un superdotado, pero si tiene reducidas sus capacidades sociales no será nunca un buen político. Dejarse llevar por emociones primarias y caprichosas arruina familias, relaciones y amistades, pero también arruina países.

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