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¿Por qué a la tercera va la vencida?

Ante el miedo a una posible nueva ola de contagios, se plantea la opción de inocular una tercera dosis de la vacuna para asegurar una mejor protección. A ver si, por fin, a la tercera va a la vencida.

Escena de una justa del ’Libro de la reina’ de Christine de Pizan.

Escena de una justa del ’Libro de la reina’ de Christine de Pizan.

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Ya estamos en septiembre y, aunque muchos han vuelto al trabajo tras las vacaciones de verano, la verdadera normalidad no se recuperará hasta que abran escuelas e institutos. De hecho, seguro que muchos padres (y abuelos) llevan días haciendo la cuenta atrás.

Quizás hablar de normalidad es atrevido porque el covid-19 continúa entre nosotros y con los centros educativos abiertos se vuelve a plantear el reto del curso pasado, cuando todo el mundo sufría por un aumento de los contagios. Para evitarlo, una de las acciones que se está empezando a debatir es la tercera dosis de la vacuna. A ver si, como dice la frase popular, a la tercera va a la vencida, y pasamos página. Pero, ¿de dónde sale esta confianza en los terceros intentos? Para descubrirlo hay que ponerse una armadura y cabalgar hasta la Edad Media.

Cuando las cortes de los reyes y nobles se fueron consolidando y ya no se tenía que luchar a diario para defender el territorio conquistado, las justas se convirtieron en un entretenimiento. El imaginario popular, construido a través de la literatura y el cine, nos lleva a la mente aquellos combates donde dos hombres, a caballo, uno frente al otro, se disponen a hacer caer al adversario con un golpe de lanza. Esta visión romántica -que para empezar obvia que también había combates en grupo- se olvida de un pequeño detalle: las lanzas podían matar o malherir. Por ello se adaptó el armamento. Así, mientras inicialmente la madera de las lanzas solía ser rígida como la del fresno, luego se optó por una más flexible y que se pudiera romper con facilidad, como la de pino.

Las reglas de las justas marcaban que cada caballero disponía de tres lanzas durante el combate. No es que las lanzas se rompieran siempre, pero era habitual y no podía ser que, a la primera de cambio, los espectadores se quedaran sin entretenimiento, porque todo aquello pasaba en un recinto cerrado, preparado para la ocasión y donde se disponían gradas a cada lado, para que el público siguiera la evoluciones de los contrincantes sin perder detalle.

Según el lugar y la época, las normas podían variar. Más allá de hacer caer el adversario de la silla, en algunos lugares era suficiente tocar con las rodillas en el suelo para ser derrotado, mientras en otras era necesario que todo el cuerpo contactara con la superficie. Ahora bien, lo que estaba rotundamente prohibido en todas partes era atacar los caballos. En la Edad Media estos cuadrúpedos eran una de las herramientas de combate más temibles y valoradas que existía. Además, en el caso de las justas, se solían preparar ejemplares con unas cualidades concretas tales como la velocidad, la fortaleza, el nervio y la calma, para que no se asustaran con facilidad con el griterío de la gente que asistía a la espectáculo. Aunque se tenía cuidado, también se les vestía con una armadura especial porque era habitual que, de rebote, aquellas pobres bestias fueran heridas por culpa de las astillas de las lanzas.

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Y es que el problema de las lanzas quebradizas era que podían acabar astilladas sin conseguir el objetivo y había que recurrir a las suplentes. Se rompía la primera, la segunda ... y la tercera tenía que ser la buena. De ahí vendría el origen de la expresión que hoy en día todavía usamos. Porque, aunque parezca que haga mucho de todo aquello, se celebraron torneos hasta el siglo XVIII. Era habitual que reyes y nobles organizaran justas para aumentar su popularidad y su prestigio.

Además, servía para entretener a los hombres de armas. En la Edad Media, la sociedad se organizaba por estamentos, es decir, mientras unos trabajaban la tierra, otros tenían cuidado de las almas (los religiosos) y había unos terceros, los caballeros, que protegían al resto. Guerrear era su misión en la vida y con las justas podían dar salida a su hambre de gloria con las armas.

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Al mismo tiempo, aquella actividad ofrecía un espectáculo a los súbditos. No dejaba de ser una táctica similar a la de los emperadores romanos con los combates de gladiadores o los actuales acontecimientos deportivos, sobre todo el fútbol, porque quizás no se sabe qué pasará con la tercera dosis, pero todos sabemos que ayer se cerró el periodo de fichajes de la Liga, ¿verdad?

Lucha a pie

Aunque la popularidad de las justas hizo que acabaran convirtiéndose en el tipo de combate más habitual durante los torneos, al principio de la Edad Media también se hacían con otros tipos de armas, como la espada o la maza. Además, no todas las pruebas se realizaban a caballo, ya que había algunas especialidades donde los participantes luchaban a pie.