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Una pionera entre dinosaurios

De vez en cuando los dinosaurios asoman en las páginas de actualidad, como estos días que se habla del tiranosaurio. Es una buena excusa para recordar la figura de la primera paleontóloga de la historia, Mary Anning.

Mary Anning, pionera de la paleontología.

Mary Anning, pionera de la paleontología. / Natural History Museum Picture L (The Natural History Museum / Tru)

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Ser el rey de la fiesta hace que todo el mundo te preste atención. Y, cuando se trata de dinosaurios, si hay un ejemplar que se lleva la palma este es el tiranosaurio. Ahora es noticia porque dos investigadores de la universidad japonesa de Fukui han publicado los resultados de su investigación. Tras estudiar detenidamente los restos fósiles de un ejemplar encontrado en Montana (EE.UU.) y aplicar sistemas tecnológicos como la tomografía computarizada (conocida popularmente como TAC), han descubierto que la mandíbula de aquellos temibles animales era más compleja que la del resto de las especies con las que compartía la Tierra durante el Cretáceo, o sea hace unos 65 millones de años. Las pruebas han revelado un entramado de ramificaciones nerviosas y vasos sanguíneos muy sofisticado y esto ha permitido a los científicos llegar a la conclusión de que eran una especie que sabía y podía escoger qué comer. Por eso los titulares de la prensa a la hora de explicar la noticia del hallazgo han dicho que el 'T. rex' era un depredador "sensible".

No hay duda de que, actualmente, la paleontología está viviendo una época dorada. Se hacen constantes descubrimientos, que son analizados con mucha atención y utilizando las mejores herramientas disponibles. Pero no siempre ha sido así y los pioneros de esta disciplina lo tuvieron muy complicado para que los tomaran en serio. Sobre todo, si los hallazgos los hacía una mujer. Por eso vale la pena reivindicar la figura de Mary Anning, considerada una de las primeras que hizo investigación sobre dinosaurios.

Nació el 21 de mayo de 1799 en una localidad de la costa de Inglaterra llamada Lyme Regis, situada a unos 240 kilómetros al oeste de Londres. Los Anning eran una familia pobre y su padre, que era ebanista, se sacaba un sobresueldo vendiendo los fósiles que encontraba a los turistas, que visitaban la zona para disfrutar de los aires de mar. Lo solía acompañar su hija y, cuando esta quedó huérfana a los once años, mantuvo la actividad para ayudar a la precaria economía familiar.

Poco tiempo después del fallecimiento de su padre, su hermano descubrió un cráneo de un animal que hasta entonces no había visto a nadie, y que los científicos acabarían bautizando como ictiosaurio. Mary, con todo el cuidado posible, fue desenterrando el resto del esqueleto. Eran más de cinco metros de huesos que terminó comprando el coleccionista Thomas Birch. Esto permitió que el hallazgo fuera conocido por la comunidad científica y enseguida se incluyó en los textos académicos; pero nadie explicó quién lo había descubierto ni el celo que había puesto en la recuperación de los restos. Mary Anning lo tenía difícil para ver reconocidos sus méritos: no formaba parte de la selecta comunidad de hombres de ciencia, todos ellos de clase acomodada, sino que era de clase humilde y, encima, era una mujer. Hay que tener en cuenta que, hasta 1904, entidades como la Sociedad Británica de Geología no admitiría a miembros del sexo femenino.

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De hecho, muchos de los hallazgos que hizo incluso fueron puestos en duda, y solo eran aceptados cuando un autor masculino les daba validez. Es lo que ocurrió en 1823, cuando descubrió un plesiosaurio. El zoólogo francés George Cuvier no incluyó ese ejemplar en sus libros hasta que el geólogo William Daniel Conybeare lo difundió en un artículo.

Cinco años más tarde, en 1828, cuando localizó un pterosaurio, que era un tipo de dinosaurio volador, incluso hubo quien puso en duda su autenticidad, pero Anning se tomaba muy en serio su trabajo y, de manera autodidacta, se fue formando en geología y anatomía. No era una simple cazatesoros que intentaba ganar dinero con los fósiles. De hecho, tuvo problemas económicos toda la vida y tuvo que recibir ayuda de algunos científicos que sí la apoyaron, como el geólogo William Buckland y el paleontólogo Richard Owen, creador del término "dinosaurio", que tan popular acabaría siendo.

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Mary Anning murió en 1847 por culpa de un cáncer de mama. Y aunque no la dejaron ser miembro de la entidad, la Sociedad de Geología publicó su obituario en su boletín, una deferencia que solo tenía con los socios.

Costa Jurásica

La zona donde Mary Anning hizo todos sus hallazgos es uno de los puntos más importantes para el estudio, tanto de la geología como de los dinosaurios. En 2001 se incluyó en la lista del Patrimonio de la Humanidad con el nombre de Costa Jurásica, y ahora es lugar de visita obligada para todos los entusiastas de aquellos animales que vivieron hace millones de años.