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¡Baile en el ‘envelat’!

Estos días decenas de pueblos celebran su fiesta mayor. Durante muchos años el epicentro de las celebraciones fue el ‘envelat’, donde todo el vecindario se encontraba para bailar y pasar un buen rato. Esta es su historia

 ’Envelat’ de la fiesta mayor de Gràcia durante los años 30.

 ’Envelat’ de la fiesta mayor de Gràcia durante los años 30. / Arxiu Fotogràfic de Barcelona

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Xavier Carmaniu Mainadé
Xavier Carmaniu Mainadé

Historiador

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Aunque la de Gràcia es la que se lleva la fama, estos días hay muchas localidades que celebran su fiesta mayor coincidiendo con la virgen de agosto. Y tradicionalmente, en las fiestas mayores había habido baile en el ‘envelat’. Ahora estas estructuras temporales ya han pasado a la historia, pero marcaron la manera de entender el ocio popular durante casi 200 años.

Todo comenzó a principios del siglo XIX, cuando grupos de franceses huyeron de su país escapando de la revolución que había estallado en 1789. Aquellos refugiados introdujeron los bailes de salón, que enseguida se pusieron de moda. Esto coincidió con el hecho de que las autoridades ya no obligaban a pedir permiso para organizar bailes. En consecuencia, se vivió una verdadera fiebre por crear sociedades de baile. Estas entidades necesitaban un espacio donde poder desahogarse y a partir de la década de 1840 comenzaron a usar los entoldados.

Según el folclorista Joan Amades, el primero que montó este tipo de carpas, conocidas en Catalunya como ‘envelats’, fue el pintor de paredes y adornista José Caba, de Barcelona. Las levantaba fuera de las murallas, que entonces aún no habían sido derribadas, en un espacio que ahora podríamos ubicar entre la calle de Pelai y la ronda Universitat.

El entoldado triunfó gracias, por una parte, a la combinación perfecta de elementos del mundo marinero como el dominio de las velas, el cordaje y los nudos; y por otro lado, por el ingenio artístico de los pintores y decoradores procedentes del mundo del teatro. Porque una de las características de estas carpas era que no requerían soportes en el interior y, por lo tanto, quedaba un espacio diáfano donde bailar sin obstáculos. Además, aparte de la vela exterior, en el interior se creaban unas decoraciones internas protegidas del movimiento de la lona de fuera que conferían cierta elegancia al espacio.

A lo largo del siglo XIX, el uso de las carpas se fue popularizando en todo el país. Se colocaban en una plaza o en un descampado que por arte de magia, durante los días de la fiesta mayor, se transformaba en un espacio que el resto del año no existía. En un momento en que las casas particulares no tenían los elementos de confort y entretenimiento de los que disfrutamos hoy en día, ni la oferta de diversiones era tan amplia, ir a bailar era una cita ineludible tanto para jóvenes como para mayores. De hecho, solía ser un lugar propicio donde se forjaban futuras parejas, donde se empezaban a conocer e iniciaban el cortejo. Sin ir más lejos, la famosa novela de Mercè Rodoreda, ‘La plaça del diamant’, recibe este nombre porque en ese espacio de la vila de Gràcia es donde la protagonista conoce a quien acabará siendo su marido.

De carpas había diferentes tipos y categorías, en función de las dimensiones, el presupuesto de los organizadores de la fiesta y si era invierno o verano. Cuando se montaba durante los meses de calor a veces no era completamente cerrada. Entonces se la llamaba del tipo Tívoli.

La decoración interior iba evolucionando con las modas. Al principio era bastante recargada, con cortinajes, colgaduras, alfombras, espejos... imitando la suntuosidad de las casas señoriales. En cambio, después de la Primera Guerra Mundial, hubo una irrupción del estilo art déco, buscando la sofisticación y el impacto visual, seguramente por influencia de las salas de baile estables y de los decorados de las primeras películas que proyectaban los cines. Más adelante, después de la primera posguerra, cuando la sociedad fue recuperando el pulso vital, las carpas también se fueron modernizando, incorporando sobre todo elementos de iluminación eléctrica que recibían más atención que la decoración.

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La vida de los entoldados empezó a agonizar a partir de la década de 1970. La sociedad había cambiado y la manera de divertirse también. Además, ya no se tenía que esperar a la fiesta mayor para bailar. La última vez que se montó uno en la fiesta mayor de Gràcia fue en 1987, en la plaza de la Revolució. Hoy sería difícil porque las terrazas de bares y restaurantes han ido ocupando cada vez más espacio público, haciéndolo menos público de lo que era antes.

Un libro de referencia

Parte de la información para escribir este artículo procede del libro ‘El entoldado. Arquitectura singular y símbolo de la Fiesta Mayor’, editado con motivo de la exposición homónima comisariada por Francesc Albardaner y Josep Mañá para conmemorar el 200º aniversario de la Fiesta de Gràcia. Se puede descargar gratuitamente de la web de la Conselleria de Cultura.