Entrevista

William Ospina: "Colombia requiere más de lo que un Gobierno puede dar"

El escritor colombiano William Ospina reflexiona sobre la situación actual en Colombia y afirma que la protesta obedece en gran parte a la consciencia que han tomado los colombianos de sí mismos: de su identidad, de su diversidad y de su lugar en el mundo. Ospina acaba de publicar en España ‘Guayacanal’ (Literatura Random House), memoria familiar y mirada al último periodo de paz que vivió el país

El escritor colombiano William Ospina, en la sede de Casa Amèrica Catalunya, durante una visita a Barcelona.

El escritor colombiano William Ospina, en la sede de Casa Amèrica Catalunya, durante una visita a Barcelona. / JULIO CARBÓ

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Mauricio Bernal
Mauricio Bernal

Periodista

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-En el libro contrapone el país tranquilo en el que vivieron sus bisabuelos con el país que despierta a la violencia, que fue el que usted vivió en su niñez. Para que luego digan que Colombia es irremediablemente violenta.

-Para mí fue un hallazgo. Al principio me interesaba el aspecto anecdótico y familiar de la historia, pero a medida que avanzaba me di cuenta de que la razón por la que mis mayores recordaban con tanta alegría y nostalgia ese mundo campesino es porque ellos habían vivido el contraste, el contraste entre un mundo en el que la gente se sentía arraigada y una etapa posterior que tiene que ver con el mundo violento que Colombia ha vivido después.

-Al igual que su admirado Juan de Castellanos, me pareció que hacía especial énfasis en nombrar el paisaje, la naturaleza colombiana. ¿Por qué es tan importante?

-Mire, nosotros crecimos en un relato equivocado de lo que es este país, con la idea de que la llegada de la lengua española y la cultura europea había inaugurado este mundo y que aquí antes no había nada. Esa lectura compleja del territorio que intentó Juan de Castellanos abrió un camino que tardamos en seguir, pero que es fundamental para sentir que habitamos este mundo con memoria y conocimiento de nosotros mismos. La falta de cohesión nacional, que es uno de los grandes problemas de este país, brota de esa falta de conocimiento de que somos hijos de una misma mitología.

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-En el libro se detiene en la reforma agraria de la concesión Aranzazu. Parece mentira que alguna vez haya habido una reforma agraria. Hoy parece imposible.

-Solo se puede hacer una reforma agraria cuando el Estado está comprometido. Cuando no lo está, crea el conflicto pero no es capaz de resolverlo. Aquel era el Estado federal que hubo entre la Constitución de Rionegro y la de 1886, que tuvo capacidad de interlocución con los dueños de la tierra y consiguió convencerlos de vender para prevenir desórdenes futuros. La repartición de la concesión Aranzazu no produjo un baño de sangre porque fue concertada.

"Nosotros crecimos en un relato equivocado de lo que es este país, con la idea de que la llegada de la lengua española y la cultura europea había inaugurado este mundo y que aquí antes no había nada"

-“No se conformen con migajas”, escribió en una de sus columnas en ‘El Espectador’. Dígame, ¿en qué no debería transigir el Comité de Paro?

-Yo veo dos partes distintas: lo que se puede negociar con el Gobierno y lo que el movimiento debe conseguir en relación consigo mismo y con el país. Un paro como este puede satisfacer las reivindicaciones de la minga indígena, de los educadores, de los transportadores… las económicas y las sociales, las cosas que pueden dar los gobiernos. Pero por supuesto Colombia requiere mucho más, requiere transformaciones profundas y muchas de ellas ni siquiera dependen de los gobiernos o del Estado.

-¿Entonces?

- El fetiche de que un gobierno puede hacerlo todo es lo que hace que el pueblo no entienda las grandes transformaciones mentales que tiene que emprender para tomar las riendas de su destino. Pero estamos en ese proceso de maduración. Un movimiento como este forma parte de una comprensión de que si la ciudadanía no se moviliza no se puede conseguir nada.

-“El relato que construyó la nación fue el relato colonial, incluso después de la independencia”, escribió en 'Pa' que se acabe la vaina'. ¿Hay que retroceder hasta la colonia para explicar los males del país?

- Yo siento que hay que retroceder hasta antes de la conquista. Europa cuando se piensa a sí misma necesita 2.500 o 3.000 años para entenderse; a nosotros no pueden bastarnos los 500 que han transcurrido desde el descubrimiento o los 200 que han pasado desde el fin de la colonia. La reconstrucción de nuestro mosaico histórico es fundamental para entendernos.

"No pueden bastarnos para entendernos los 500 años transcurridos desde el descubrimiento o los 200 desde el fin de la colonia"

-Pero, ¿hay algo que haga históricamente distinto a Colombia con respecto a sus vecinos?

-Mire, cuando llegaron los europeos este país estaba muy fragmentado en naciones indígenas. No era como México o Perú, que tenían sistemas centralizados. Colombia tiene una diversidad étnica y cultural extraordinaria, muchos climas, muchas topografías, y hacer un país con todo eso siempre ha sido un gran desafío, que solo gradualmente hemos ido enfrentando. Por eso Colombia siempre ha sido un proyecto. Es ahora cuando el país está encontrando esa consciencia de su diversidad y de la cara que quiere mostrarle al mundo.

-¿Piensa que un Gobierno de izquierdas habría sido más receptivo a las reivindicaciones de la protesta?

-El problema con un gobierno de izquierda radical es que podría no solo encontrar soluciones sino crear nuevos problemas con una clase social que, pase lo que pase, seguirá estando ahí. Hay que ver lo que ocurrió en Venezuela. Es un error gravísimo enfrentarse con las clases medias y con el empresariado. No se trata de vengarse del otro, de excluir al otro. Hay que distinguir muy bien cuáles son los grandes factores perturbadores que impiden que la sociedad en su conjunto prospere. Yo le tengo temor a la polarización, de un extremo o de otro.

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-Dígame, ¿piensa que los intelectuales colombianos han estado a la altura de las circunstancias?

-En todo el mundo la intelectualidad está más en crisis que el resto del mundo. Hubo épocas en que la intelectualidad iba a la vanguardia, pero hoy ni siquiera está en la retaguardia, yo los siento extraviados en la idea de que son intelectuales y olvidan que ser pensador, filósofo, artista, cualquier cosa en el ámbito de lo intelectual no hace que uno sea menos parte del mundo. Las soluciones que requiere el mundo tienen que ser colectivas, y la intelectualidad tiene que ser parte del mundo.