Entrevista

Ángel Viñas: "En 1936, Azaña estaba obsesionado con los anarquistas"

El  historiador Ángel Viñas.

El historiador Ángel Viñas. / José Luis Roca

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Ernest Alós
Ernest Alós

Jefe de sección de Participación

Especialista en historia, cultura, literatura fantástica y de ciencia ficción, ornitología, lenguas, Barcelona

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El historiador Ángel Viñas (Madrid, 1941) ha escrito en los últimos 15 años una decena de libros en los que ha ido poniendo el foco, utilizando documentación a menudo inédita, sobre los momentos claves de la guerra civil. En serie, cubriendo cronológicamente todo el periodo 1936-1939, cuatro sobre la conspiración de los militares y otros cuatro sobre la República frente a la guerra, y especialmente frente a sus enemigos internacionales. Eso cuando no se está peleando (civilizadamente) desde Bruselas con los 'historietólogos' del revisionismo neofranquista. Su último libro, ‘El gran error de la República’, se pregunta por qué no se paró el golpe.

Como 'resumen de los capítulos anteriores': la conspiración fue muy anterior a los supuestos ‘detonantes’ y con apoyos internacionales, especialmente del fascismo italiano, desde mucho antes de lo que se creía. ¿Con este libro, acaba su trabajo sobre quién quiso y cómo se preparó guerra que, recuerda, no era inevitable?

He aclarado la conspiración definitivamente en la medida en que se puede aclarar. Porque no se puede olvidar que faltan papeles. De los papeles de Franco no se conoce nada. Los papeles de Franco no son los que están en la Fundación Nacional Francisco Franco. Los papeles de Franco, que yo sepa, no los ha visto ni Dios, en el supuesto de que sí existan. Cuando salgan, si salen, y si salen bien y no han sido cribados, habrá que revisar cosas. 

«El presidente de la República creía que no podía soliviantar al Ejército. Y generales como Queipo de Llano y Cabanellas lo engañan y lo adormilan»

Si en verano de 1936 todo el mundo hablaba de movimientos entre los militares, ¿por qué no reaccionó el Gobierno?

Hubo errores, importantes. Hubo despistes, también importantes. Hubo estupideces, también importantes. Pero no hay que olvidar que en momentos críticos y cruciales, sospecho que al Gobierno se le dio información falsa, o no operativa, o no se le dio.  

Vayamos por partes. ¿Quién debía informar de la conspiración y por qué no lo hizo? 

La República tenía dos órganos de información. Uno de naturaleza militar, la Sección Servicio Especial (SSE) del Estado Mayor Central del Ejército de Tierra, que tenía como misión detectar los movimientos subversivos. En febrero de 1936, cuando el Gobierno pasa a las izquierdas, de pronto, el flujo de información se seca. En el ámbito civil, la Dirección General de Seguridad tenía una Oficina de Información y Enlace (OIE), con una capitán de la Guardia Civil al frente, Vicente Santiago Hodgson, muy desconocido. Mete a un espía, Manrique, no sabemos quién era, en la Unión Militar Española, el órgano creado por los monárquicos para subvertir al Ejército, que se dedicó a calentar motores. Azaña se carga a Santiago, primer error, porque sabía por dónde iban los tiros y era leal. El nuevo jefe de la OIE es un infiltrado: mi hipótesis es que los órganos fundamentales de control de control de lo que estaba pasando en el Ejército están en manos de conspiradores, de infiltrados. ¿Quiénes? El jefe del Estado Mayor, el general Sánchez-Ocaña, y el teniente coronel Antonio Huguet. Hay una manipulación que desconcierta al Gobierno, sin duda.

«Hubo errores, despistes y estupideces. Como no cesar a Franco y Goded»

Pero aunque no llegase información del interior del Ejército, se les veía venir.

Esa es la segunda cuestión. El Gobierno no es que estuviera en la inopia, el Gobierno es que no se lo creía. ¿Por qué no se lo cree? A los militares republicanos de la UMRA no les hacen caso. El 24 de junio el gobernador civil de Granada hace lo que hace un gobernador, informar a tres sucesivos ministros de la Gobernación, dice que la guarnición conspira, envía telegramas, habla por teléfono, da la lata durante tres meses, y no le hacen puto caso. ¿Eran idiotas? Azaña no era idiota. Casares Quiroga tampoco. ¿Por qué? Envían a Goded a Baleares, a Franco a Canarias y a Mola a Pamplona. Respondían que Franco era leal cuando les avisaban: no identificar y conocer al adversario, otro fallo. No haber cesado a Goded y Franco cuando había razones sobradas. En octubre de 1935 Goded le dice a Alcalá Zamora, que era una acémila importante, que si el Gobierno se inclina a la izquierda se sublevan, y en marzo de 1936 los militares le dan un ultimátum. El ministro de la Guerra el general Masquelet, vaya genio, nada, ante una insubordinación en toda regla. O sea, el Gobierno no es que no esté enterado, lo está aunque mal. Pero no reacciona. ¿Por qué?

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¿Miedo o incapacidad?

Gracias a los informes del embajador de Francia, amigo de Azaña, sabemos que está obsesionado por la huelga de la construcción que han declarado los anarcosindicalistas, por otras huelgas en Barcelona… está maldiciendo a los anarquistas en arameo hasta el punto de que dice que España tiene un cáncer y ese cáncer son los anarquistas. Pienso que en ese momento Azaña todavía está pensando que cómo se carga a los anarquistas si no es con el Ejército, aunque la agitación social amainaba. No lo puede soliviantar. Y Cabanellas y Queipo de Llanos juran y perjuran que son leales. Le engañan, lo adormilan. Toda esta serie de circunstancias paraliza al Gobierno en momentos críticos.. Cuando no hay vuelta atrás es el 1 de julio, cuando Pedro Sáinz Rodríguez firma el contrato de compra de material de guerra moderno a los italianos. 

Utiliza como hilo conductor un poema, ‘El camino que no se tomó’ de Robert Frost. ¿Se podría haber tomado otro camino?

Les coge por sorpresa y no hacen nada también porque creen que con la Guardia Civil y la Guardia de Asalto pueden domeñar una sublevación. Pero pueden hacerlo en Barcelona o en Valencia, pero no en todos los sitios. Y por supuesto no en los más críticos y bajo sospecha, Marruecos, Galicia y Pamplona. En el fondo los civiles no entendían a los militares. Estos tíos no tenían salvación. Es un tema apasionante y doloroso.

¿A quién calificaría como responsables, además de a los que se levantaron?

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Si hay que buscar dos culpables, en términos estrictos, Casares Quiroga, presidente del Gobierno y ministro de la Guerra. Y Juan Moles, ministro de Gobernación. Un imbécil. No se les puede perdonar. Y que Azaña se dejara engañar me parece lamentable. La simpatía por Azaña se me ha caído.  

El gran error de la República

ÁNGEL VIÑAS

Editorial Crítica. 569 páginas

Precio 21,90 euros