El Radar Electoral

A veces veo trumpistas

La banalización de la extrema derecha es una de las características de la conversación política. Cuando casi todo se denuncia como «fascismo», más fácil resulta que pasen desapercibidas actitudes que sí lo son

El presidente de Reagrupament y excandidato de JxCat, Josep Sort.

El presidente de Reagrupament y excandidato de JxCat, Josep Sort.

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Por debajo de las preocupaciones por la salud el día de la votación, de la fatiga pandémica, de la pereza electoral, la polarización –uno de los factores que caracterizan la política catalana, sobre todo desde otoño de 2017– sigue siendo una fuerte corriente subterránea de la conversación pública de estas elecciones. Hay dos bloques diáfanos, y el trabajo de tender puentes entre ellos es un trabajo hercúleo. El lenguaje que se usa para referirse a «ellos» es muy sintomático. Sobre todo, la alegría con la que se lanzan cual arma arrojadiza (des)calificativos como fascistas, supremacistas, racistas, etcétera.

«No soy independentista porque me parece un movimiento con tufo xenófobo y elitista. (...)Hablan del español como una raza aparte de la suya» escribe Lara Grande, de Barcelona, en una carta remitida a Entre Todos. «Por eso soy independentista, porque quiero una patria libre del Estado fascista que la somete, aunque España nunca fue fascista. Lo sé porque para someterla tuvieron que matar a medio millón de personas y seguir asesinando durante más de 40 años», escribe Miquel González, desde Manresa. 

La banalización de palabras tan gruesas no solo no contribuye a mantener un debate político constructivo, sino que impide reconocer como tales actitudes que sí encajarían en ese molde. Porque si de «fascistas» se tilda desde a los Comuns que no comulgan con el derecho de autodeterminación de Catalunya hasta a los líderes de Ciutadans y del PP, pasando por el PSC, ¿cómo calificar a Vox? Porque si supremacistas son todos los independentistas desde Òmnium Cultural hasta el Consell de la República, ¿cómo calificar tuits y declaraciones de candidatos, o excandidatos, que hablan de «ñordos» y «colonos» para referirse a los ciudadanos españoles? Cuando hay tantos fascistas, las auténticas actitudes de extrema derecha pasan desapercibidas, se convierte en un asunto de grados. Y por esa rendija pueden colarse monstruos.

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Lo saben bien en Estados Unidos, donde en nombre de la democracia, de la grandeza del país y de la libertad individual ante los excesos se ha incubado durante años un movimiento este sí supremacista y de extrema derecha que ha tenido varios nombres, y que ahora convenimos en llamar trumpismo. El espejo estadounidense siempre viste cuando hablamos de campañas electorales, y colocar a «nosotros» en el bando correcto (léase Biden) y colocarles a «ellos» en el bando erróneo (léase Trump) es otro de los lugares comunes de la conversación en esta campaña electoral. Abundan los trumpistas, diríase, unos porque se les acusa de ser sus representantes en España otros porque son los Trump catalanes. Hay a quien se le equipara con el Biden que restañará las heridas de la demagogia populista del ‘procés’, y hay quien ve en la negativa a apoyar un referéndum por la independencia la misma fobia a respetar la voluntad popular en las urnas de quienes se opusieron al 1-O. Trump en el ojo ajeno, sin ver el turmpismo en el propio.

Entra tantas apelaciones a Trump, pasan más desapercibidas los auténticos brotes de trumpismo: la polarización, la trinchera, los bloques homogéneos, la fidelidad ciega a una idea, la propaganda hiperbólica, la estigmatización de la duda, la negación de la realidad, la persecución del disidente, la criminalización del discordante, la cosmovisión de un «nosotros» bondadoso, virtuoso e inmaculado frente a un «ellos» sucio, retrasado, malvado, dañino, incluso tóxico. El concepto de que si eres de los nuestros todo es disculpable, y si militas en las filas de ellos, nada es aceptable. Un ejemplo: todo el mundo sabe que de estas elecciones debe salir a la fuerza un Govern de coalición. Y, en cambio, la postura que domina en la conversación al respecto es la de las líneas rojas y los vetos cruzados. No es casual: es esa negación del diálogo político lo que a juicio de los gurús moviliza el electorado. Al adversario (visto como enemigo), ni agua. Puro trumpismo.