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¿Cuánto cuesta de verdad esa camiseta que vale 5 euros?

  • La “moda rápida” tiene un coste oculto en contaminación, emisiones y consumo de agua

  • Precios más altos, alquiler de prendas y “limpiar” la producción son algunas soluciones

’No buy year’ tiene su origen en los países anglosajones.

’No buy year’ tiene su origen en los países anglosajones. / Pixabay

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La estilista y presentadora Laura Opazo adquiría una pieza de ropa casi cada día. “Salía a comer y casi siempre compraba algo. Lo usaba como una vía de escape”, recuerda.

Pero en 2017 decidió acabar con eso. “Sentía un vacío espiritual y además empecé a leer sobre el impacto ambiental de la moda o sobre el derrumbe del Rana Plaza”, relata.

Ese edificio de Bangladesh, en el cual se fabricaba ropa de muchas marcas de moda, se derrumbó en 2013, matando a más de mil trabajadores. Desde entonces, Opazo se ha convertido en una activista del “armario sostenible”, tal y como se titula su último libro.

Una industria en crecimiento explosivo

“A principio de este milenio la gente no necesitaba tanta ropa. Hoy la industria ha eliminado la única barrera que tenía, la demanda del consumidor, induciendo a la gente a desear mucho más de lo que realmente necesita”, explica Greg Peters, investigador de la Universidad Charlmers de Goteburgo (Suecia) y coautor de un informe sobre la moda publicado en Abril en Nature Reviews Earth and Environment.

Los bajos costes de la mano de obra, el consumo compulsivo y la corta vida de las prendas han impulsado un crecimiento desaforado, bajo el paradigma de la “moda rápida” (fast fashion). Cada individuo consume más kilos de ropa cada año, a la vez que los precios han caído en picado.

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Impacto ambiental

“El impacto de la industria de la moda se ve a lo largo de toda la cadena de producción”, afirma Leila Petri, exresponsable de textiles en WWF, ahora al mando de la consultora 2050.org, que asesora en sostenibilidad a empresas del sector.

“La mayoría del impacto [ambiental de la moda] se da antes de que la prenda llegue el usuario”, afirma Peters. O sea, ocurre principalmente en el Sur del Mundo. Pero son los consumidores, principalmente en el Norte del Mundo, quienes mantienen la maquinaria en marcha.

El sector tiene números rojos en cuatro grandes áreas, según el informe de Nature:1) Emisiones. La moda consume energía para producir fibras sintéticas (la más común es el poliéster, derivado del petróleo); para fabricar prendas y para transportarlas, especialmente su usan el avión para la rapidez del comercio electrónico. Los consumidores las lavan, secan y planchan con demasiada frecuencia.

2) Consumo de agua. El agua se usa para cultivar fibras naturales (principalmente algodón), para blanquear, colorear, imprimir y lavar.

3) Empleo de sustancias contaminantes. En el cultivo se usan pesticidas. La tintura echa contaminantes al agua. El lavado es responsable de una parte importante de los microplásticos que van al océano.

4) Producción de basura. Los residuos son recortes de fabricación y prendas usadas. Pocas de estas últimas se lanzan a contenedores especiales, y pocas de ellas se pueden separar en sus componentes y reciclar. Muchas acaban en vertedero o incineradas (incluyendo prensas nuevas sin vender).

Informes sobre el impacto de la moda y cómo reducirlo

El precio ambiental de la moda rápida (Nature)

Una nueva economía téxtil (Ellen McArthur Foundation)

Se acabó el tiempo de la moda rápida (Greenpeace)

Medir la moda (Quantis)

Transparencia en la cadena de valor textil (UNECE)

¿Qué pueden hacer los consumidores?

“Podemos hablar mucho de impactos, pero si los consumidores no pidieran tantas prendas, el impacto estaría resuelto”, afirma Peters. Este investigador aboga por ralentizar la moda (slow fashion) y disminuir el volumen del negocio.

Las recomendaciones incluyen:

  • comprar menos prendas

  • que tengan etiquetas ecológicas y sociales

  • que duren más

  • comprar de segunda mano

  • limitar los lavados y planchados innecesarios y usar los programas adecuados

  • reparar las prendas antes de tirarlas

  • separar las prendas en contenedores especializados

Opazo subraya la importancia de ser creativos, combinando de manera versátil las pieza que ya se tienen. Y el autoconocimiento. “Si conocemos lo que nos gusta y favorece, resistiremos a la propaganda”, observa. Su modelo es Alaska: con una identidad muy potente y moderna, pero sin seguir las modas.

Otra opción emergente son las alternativas a la compra: el alquiler de prendas (por ejemplo, un abrigo de plumas para el invierno), las 'librerías de ropa' o los mercados de intercambio.

¿Qué puede hacer la industria?

Todos los expertos consultados coinciden en que las cosas no van a cambiar solo con decisiones de los consumidores. La industria tiene que emprender un cambio sistémico más allá del “lavado de imagen verde” (greenwashing) representado por sacar una línea de algodón ecológico cultivado en China.

La moda tiene que apostar por fibras naturales; energías limpias y tecnologías eficientes en toda la cadena productiva (especialmente en la gestión del agua); sustancias no contaminantes y diseños que faciliten la separación y el reciclaje de componentes.

Los expertos también coinciden en que el ritmo de producción tiene que bajar. Eso no se traduce automáticamente en pérdida de ingresos. “Se puede hacer la misma cantidad de dinero usando menos material: reciclando, reparando o vendiendo productos inmateriales”, observa Petri.

¿Qué puede hacer la política?

Según Petri, la industria empieza a moverse porque la erosión de la naturaleza amenaza su negocio. Pero otros expertos creen que el sector no va a cambiar por iniciativa propia. “Las empresas que persiguen otro modelo son castigadas por el mercado”, afirma Peters.

Este experto cree que es primordial actuar para que los trabajadores cobren más y poner impuestos que penalicen los daños ambientales. Además, las empresas se deberían responsabilizar del reciclaje. Peters ve fundamental la comunicación: “Más fotos de ríos tintados de rosa en China y menos 'influencers' llevando prendas de moda rápida”, afirma.

Petri cree que las grandes marcas no pueden hacerlo todo, porque no tienen el control de una cadena de producción muy compleja. Algunos anillos de la cadena son pequeñas empresas que no tienen ni dinero ni conocimiento para mejorar su tecnología. Por esto, cree que grandes actores, como los Bancos de Desarrollo o el Gobierno chino, deberían poner los recursos y los planes para limpiar la cadena.

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Celia Ojeda, responsable de consumo de Greenpeace España, discrepa. “Tu no aceptarías que un supermercado no tuviera la trazabilidad de la carne que te vende. De la misma manera, una empresa debe tener clara la cadena de custodia de su algodón”, concluye.

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