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GENTE CORRIENTE

Gemma Lorenz: «Las altas capacidades son un estigma familiar»

Esta madre lucha a diario para suplir las carencias del sistema educativo con sus dos hijos superdotados, Max y Àlex

Manuel Arenas

Gemma Lorenz, con sus hijos.

Gemma Lorenz, con sus hijos. / ROBERT RAMOS

Cuando su hijo Max tenía 19 meses -ahora tiene 12 años-, Gemma Lorenz (Sant Vicenç dels Horts, 1975) detectó que tenía un vocabulario de unas 400 palabras. Con dos años ya podía mantener una conversación fluida con él, pero como era madre primeriza pensó que las aptitudes del crío entraban dentro de los parámetros de lo habitual. Finalmente, a los 4 años le detectaron "precocidad intelectual". Lo mismo le ocurrió a su otro hijo, Àlex (9 años). Ahora son parte de la Associació de Famílies de Nens Superdotats (AFINS).

-¿Que pensó cuando se lo dijeron?

-Al principio te asustas, en plan "qué me están diciendo...". Eso te lleva a leer e informarte mucho sobre el tema.

-¿Qué ha aprendido informándose?

-A través de lecturas y comprenderles a ellos, he entendido el porqué de cosas que yo viví de pequeña. Por ejemplo, por qué me gustaba más hablar con los profesores sobre apartheid que estar con los compañeros.

-¿Se ha planteado que también usted pueda tener altas capacidades?

-Sí, claro que sí.

-¿Y no ha pedido diagnóstico?

-¿Para qué? No cambiará nada ni lo necesito: mi prioridad son ellos, yo ya he hecho mi vida.

-Pero intuye que...

-Sí, lo intuyo. Con respecto a mí y también a mis padres.

-¿Qué dificultades ha vivido como madre?

-Yo no lo he ocultado nunca, pero me he dado cuenta de que, incluso dentro de nuestra familia, las altas capacidades son un estigma: tú no puedes hablar de lo que le pasa a tus hijos porque la sensación de la gente es que vas de sobrado. Al final, acabas por no hablar con según qué personas.

-¿Y ellos, a nivel educativo?

-A Max, por ejemplo, le hicieron bullying cuando iba a 5º de Primaria: le insultaban e incluso le empezaron a pegar. En casa lo detectamos y en la escuela, con la que estamos contentos, activaron el protocolo antibullying, aunque él quedó muy tocado. Àlex, por su parte, es más sociable, pero sufre por dentro.

-Ahora, entiendo, la cosa va mejor.

-Sí: Max ha empezado el instituto este año. Al principio estaba muy a la defensiva, pero ahora ha conseguido socializarse y está muy bien valorado en clase. Estos niños pueden aportar mucho a la clase si se les supervisa a diario, pero muchas veces se desaprovecha.

-¿Porque la sociedad no está preparada para darles recursos?

-No hay recursos y el problema es que se aburren en clase. Son niños que necesitan motivación; si no, se agobian y no hacen nada. De hecho, el 50% de estos niños tiene fracaso escolar y muchos están infradiagnosticados.

-Y ustedes se ven obligados a suplir las carencias del sistema.

-Cuando ves que tu hijo está sufriendo, no puedes quedarte con los brazos cruzados. Si las cosas van bien, no pasa nada. Pero cuando van mal, nosotros picamos piedra y vamos detrás de la escuela. Es cierto que sacan muy buenas notas, pero en casa por ejemplo les cuesta estudiar porque dicen que ya se lo saben. Yo les digo que se deben acostumbrar a estudiar para cuando no se lo sepan, que llegará.

-Hábleme de AFINS.

-Nos reunimos cada dos semanas. Los niños juegan, meriendan y hacen diferentes actividades. Por otra parte, los padres hablamos de nuestros problemas, que son comunes en todas las familias.

-¿Cuál es el objetivo de la asociación?

-Únicamente la socialización de estos niños. No buscamos, como hacen en otros sitios, hacer talleres para mejorar la robótica y cosas de esas, sino simplemente que ellos encuentren un espacio para ser ellos mismos. Así me lo dijo Max la primera vez que fuimos: "Quiero seguir viniendo porque aquí no me siento juzgado y puedo decir lo que pienso". 

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