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Gente corriente

Cristina González: «En cuanto me puse el mono me valoraron más»

Su carrera profesional funde el estereotipo del `manitas¿. Pinta paredes, repara, instala parquets...

Carme Escales

Cristina González: «En cuanto me puse el mono me valoraron más»

JORDI COTRINA

Su primer oficio fue el de fotógrafa. Bodas, bautizos y comuniones, y conciertos fueron objetivo de la cámara analógica que ella sola aprendió a dominar. Se montó su laboratorio de blanco y negro para revelarlas. Es autodidacta y libre, pero muy comprometida con sus clientes y el trabajo que realiza para ellos, gente que le abre sus casas para que les pinte paredes, instale suelos o haga reparaciones. Cristina González Martínez (Barcelona, 1969) tiene apellidos muy comunes, pero como mujer, un espíritu innovador y valiente fuera de lo común. «Nunca imaginé que acabaría haciendo de paleta y parquetista», dice esta vecina del Guinardó.

–¿Dónde empezó esa nueva dedicación? Cuando me monté el taller de fotografía, quise colgar unas estanterías y llamé a mi padre para que lo hiciera. Me las dejó torcidas. Claro, también hay hombres muy manazas y chapuceros. Y dije: tengo que aprender a colocarlas bien, las quiero rectas. 

–¡Bravo! Dicho y hecho. ¿Y dejó las fotos? La fotografía la dejé cuando llegaron las cámaras digitales. A mí no me gusta la tecnología. Además, tenía que invertir en un nuevo equipo. Y, ¿sabes?, es que aquello de colgar bien las estanterías me gustó mucho. Pensé en todo lo que podría hacerme yo sin tener que depender de un amigo, de un hombre...

–De los estantes pasó a pintar paredes. Ver que podía utilizar bien un taladro me hizo pensar que para el resto de trabajos: pintura, reparación, colocación de baldosas o parquet no hay que tener un don, solo sentir ganas de hacerlo bien. Tampoco nosotras nacemos sabiendo poner la lavadora, ¡eh! La única diferencia que admito es la fuerza física. Por eso yo procuro ir al gimnasio a reforzar musculatura.

–¿Recuerda a sus primeros clientes? Mis amigos. Les decía: «esto te lo puedo hacer yo. Tú me pagas el material y te lo hago gratis. Así aprendo». Y así me fui preparando, ya hace unos 20 años de eso. Deberíamos recuperar la figura del aprendiz. Las cosas se aprenden mejor haciéndolas. Hoy hay tutoriales de todo, hasta para petarte un grano. Entonces no había nada.

–¿Había monos para mujeres pintoras? Ese fue un detalle clave. Yo empecé vistiendo ropa vieja, hasta que un día un cliente me dijo que trabajaba muy bien pero que así vestida nunca parecería profesional. Fue un consejo vital. En cuanto me puse el mono me valoraron más. Los uniformes dan confianza sea el oficio que sea.

–Es más cómodo para hombres. Sí, para mí es horrible ir al lavabo.

–¿Recuerda su primer día con peto? Me dio una vergüenza horrible. Imagina un peto nuevo almidonado que viene inmaculado, sin una gota de pintura. Me sentí como disfrazada. Pero fue muy importante. Alguna vez me ha salido faena por la calle, solo por verme con el mono. 

–¿Cómo la aceptó un sector profesional tradicionalmente tan masculinizado? He encontrado de todo. Algunos colegas mayores en obras no quisieron compartir conmigo cómo hacían ciertas cosas. Aún hoy tengo que demostrar más que un hombre. Hay machistas tanto hombres como mujeres, en casa y en las ferreterías donde aún me dicen «¿pero ya sabrás hacerlo?, ¿y sabes usar el taladro?». ¿Es que alguien le pregunta al médico o a un abogado si lo sabrá hacer? Pero es por el hecho de ser mujer. A un pintor, paleta o parquetista nadie le pregunta si ya sabrá hacer bien su trabajo.

–Tal vez algunas clientas la prefieran. Sí, mujeres y personas mayores en general llaman mucho y se pasan la voz. Yo no voy a saco. Si me sacan fotos de la familia, las miro y les escucho. Pero me da una rabia cuando les llaman por teléfono y dicen: «tengo a los pintores en casa». ¿Cómo pintores?, soy una sola y soy pintora. 

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