05 abr 2020

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los afectados

«Ahora aparecen nuestros males»

Ana Dalmau sufre a los 63 años nuevas secuelas de la polio que contrajo de muy niña

Ana Dalmau sufre a los 63 años nuevas secuelas de la polio que contrajo de muy niña. / CARLOS MONTAÑÉS

«Ya no es que te encuentres peor por el virus, es por el esfuerzo que has estado haciendo de brazos y piernas». A Ana Dalmau, de 63 años, la segunda ofensiva de la polio no se le ha materializado tanto en el síndrome pospolio como en las secuelas de la polio original. A los 3 años a Ana le diagnosticaron polio de cintura para abajo. Con el tiempo han sido sus hombros los que se han llevado el protagonismo de sus dolencias físicas, hasta el punto de que ahora debe llevar un hierro en la espalda para que esta no se curve y se mantenga derecha. Un hierro que invoca un pasado repleto de otros hierros y otras tantas operaciones de piernas que asustaban, y de qué manera, a la niña enferma de polio que fue.

Ana no para. Se levanta temprano. Los martes y los jueves sale a comprar acompañada de una trabajadora familiar. El resto de las mañanas entra y sale de la cocina -reformada para sus necesidades-, navega por la red y realiza cuadros de arena o pinta ropa. En el largo y estrecho pasillo de casa -de la anchura de una silla de ruedas, no quedan ni 10 centímetros libres- están expuestas sus obras, y además imparte clases de pintura para ropa en la asociación de vecinos de Sagrada Família, su barrio. Todo ese ir y venir, ese gastar energía debido a su vitalidad, ha hecho que la enfermedad le ponga otros retos -«ahora aparecen todos nuestros males y achaques»- y otras necesidades: «Pronto necesitaremos cambiar el baño y comprar una cama articulada», dice recelosa. Y mientras habla  mira a Joaquim, su marido, ya prejubilado, que le devuelve la mirada con ternura.

De pequeña, hubo un día en que se puso de pie y ya no se aguantaba. No lo recuerda, pero su madre le dijo que en el pueblo, en Almería, su tierra natal, se dieron pocos casos de niños con polio. Como en Barcelona sí que había muchos, decidieron emigrar a Catalunya para que de los 6 a los 14 años Ana pudiera continuar un tratamiento médico. Porque aquello fue más que una fiebre que se curara con antibióticos. Y ahora sus dolores y necesidades son más de los que tenía al principio.

180 euros al mes

«Hace tres años me dieron el primer grado, el escalón más bajo. Percibo 180 euros al mes. ¿Cómo se vive con eso?». Desde hace mucho tiempo tiene reconocida una minusvalía física del 22%. La Generalitat le proporcionó este certificado después de que le hicieran un reconocimiento demasiado rápido para su gusto y por el que tuvo que desplazarse.

Al margen de la polio, el principal problema de Ana ha sido ser considerada una discapacitada: «No me querían para trabajar en oficinas», recuerda. Hasta su matrimonio constituyó una rareza en el barrio. Nunca ha cotizado y nunca tendrá derecho a una pensión. Le concedieron la pirmi (la prestación económica de renta mínima de inserción) pero se la quitaron por tener un piso alquilado, propiedad de su madre. En todo caso, Ana considera que los últimos de la polio tienen, como colectivo, el derecho de exigir responsabilidades por lo que les sucedió: «Nos han metido en el paquete de personas mayores, en el de discapacitados psíquicos, pero no necesitamos lo mismo. Hay que pedir responsabilidades y actuar», manifiesta, aunque sin saber a quién ni cómo.