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Pablo Carbonell: "Tuve mi primera experiencia sexual con un chico"

El cantante de Los Toreros Muertos se sincera a corazón abierto. En sus memorias destapa una infancia en manos de Dios, drogas, alcohol y varios descensos a los infiernos

Ana Sánchez

Pablo Carbonell (dibujante, actor, cantante, director de cine, presentador de TV, se resume), con el corazón en la mano. 

Pablo Carbonell (dibujante, actor, cantante, director de cine, presentador de TV, se resume), con el corazón en la mano.  / FERRAN SENDRA

Hace años que escribió sus últimas palabras. En un autógrafo. Una chica le pidió una firma debajo de una mesa en medio de un tiroteo. “No sé si estas serán mis últimas palabras –escribió–, ojalá que no. Para Roberta Patricia de la Asunción, con mucho cariño”. Así se podrían resumir las memorias de Pablo Carbonell: ni te imaginas cuánto te puede sorprender un bala perdida.

Pablo Carbonell Sánchez-Gijón. “Dibujante, actor, cantante, director de cine, presentador de TV”, se resume. Todo sin pasar de 2º de BUP. 53 años. Es pronto, asume, para escribir unas memorias. “Creo que incluso es gafe”. Pero “vienen bien para plantear una reflexión esclarecedora acerca de por qué uno es como es”. ¿Que si ha averiguado por qué es como es? “Supongo que no –responde–. Pero igual me he aceptado más”. 

El 16 de marzo publica 'El mundo de la tarántula' (Blackie Books). Contundente radiografía de la farándula de los 80, 90 desde el pellejo (a ratos, las entrañas) del cantante de Los Toreros Muertos, habitual de 'La bola de cristal', reportero de 'Caiga quien caiga'. Más que escribir el libro, dice, lo ha vomitado. Revela intimidades que aún le provocan “un pudor”. Habla con sinceridad de confesionario de su infancia en manos de Dios, de su primera experiencia sexual con un chico, de tantos ácidos, rayas, alcohol, mujeres, infiernos. Hasta confiesa, no sabe muy bien por qué, que se ha puesto pelo. “No me he puesto pelo –puntualiza-, me he cambiado pelo de sitio”. Carbonell se descubre también como caja negra de la movida. Leer estas memorias escocerá a unos cuantos: sobre todo, al entonces programador de Los 40 Principales y a las editoriales de música. Habla de “chanchullos”, acuerdos económicos para convertir una canción en éxito y cómo Ariola los chantajeó para que cedieran a la editorial el 50% de los derechos de autor de Los Toreros Muertos.

¿Lo que no cuenta? Su vida después de Mafalda, su segunda hija (tiene 7 años). “Nos dijeron que no caminaría”. Ese es otro libro. “Es otro libro –responde–. En cuanto se pudo poner de pie, su madre la apuntó a clases de baile”.

"He puesto a prueba mi inmortalidad. Si no llego a tener esta conciencia de que soy inmortal, no haría lo que hago"

Nadie sospecha al verle –escribe en sus memorias– que es un lisiado. El tipo que me operó de la espalda enseñaba a sus pacientes una foto mía saltando en el escenario para convencerlos de que pasaran por su quirófano.

En 2º de BUP le operaron de la columna: escoliosis. Una cicatriz le atraviesa la espalda. Él la compara con “la cremallera de un disfraz de oso”. “No, la gente no lo sospecha –contesta–. Vestido estoy muy apañado” [se ríe].

Siempre ha evitado la confrontación. Es un hombre frágil. Frágil. Me he tenido que morder los puños.

No da esa impresión. No, no la doy. Me pasó una vez: alguien estuvo buscándome las vueltas de una manera tal que me estaba pidiendo que le pegara. Y no le pude pegar, porque me dan un golpe y me dejan…

¿Le han dado algún golpe? Me he dado tantos golpes…  He puesto a prueba mi inmortalidad. Si no llego a tener esta conciencia de que soy inmortal, no haría lo que hago. 

¿Lo más bestia que ha hecho? Montar en moto sin saber dónde está el freno. O tomar 'datura stramonium', la hierba del diablo [es venenosa]. Todo lo que ves lo imaginas. Muchísimos jóvenes se han matado con esto.

Vaya. Yo no sé cómo estoy hablando con usted. ¿Servirá este libro para que otros jóvenes no hagan lo que he hecho yo? A mí los consejos nunca me han funcionado.

"He montado en moto sin saber dónde está el freno. He tomado la hierba del diablo"

¿Lo repetiría todo? No, no. Porque lo de que soy inmortal sé que es una broma [se ríe].

¿Qué evitaría? No me rompería una pierna con una moto porque no sé frenarla. Por confiar en mi buena estrella. Yo me he creído en manos de Dios durante mucho tiempo. Mis principales golpes vienen de ahí. 

En la familia Carbonell funcionaba el sistema siguiente, detalla en el libro: “Si te mueres es porque Dios lo quiso. Lo que pasara o no era responsabilidad únicamente del Sumo Hacedor”.

Su padre es santo. Mi padre es santo [se ríe]. Mi padre flota. Mi padre es perfecto.

La fe católica –escribe en sus memorias– convirtió a su padre en el acorazado Potemkin. Sí. Sí, sí. 

No debió de ser fácil convivir con un santo. Mi padre, aparte de santo, es ecuánime. Un modelo en el que me he mirado y me ha llevado a intentar ser justo, a no mentir...

... A ser ateo. El ateísmo me vino porque cambié de fe. Me hice hedonista y mujeriego y eso era incompatible con la fe. También la ciencia me ha ayudado mucho. 

¿Por qué? Descubrir lo que significa el hombre en la historia de la Tierra. 

Que no está en manos de Dios. Sí. Pero yo a Dios lo tengo muy presente. Mi Dios está cuando salgo al escenario. Consigo algo parecido a la espiritualidad. Yo vivo como si fuera un creyente, pero en realidad sé que no hay Dios.  

Y eso que tiene un tío cura. Dos. Dos tíos curas y un padre santo. Personas inteligentes y formadas. Y creen en Dios.

"Yo sé que voy a tener alzhéimer. A quien no le toca es porque se muere antes" [su padre y su madre lo padecen]

Su padre tiene 87 años. En el libro menciona que a veces no se acuerda de su nombre. ¿Qué tiene? Alzhéimer. Mi madre también. 

Uf. Sí. Ahora mi madre tiene grabado un programa de Jordi Hurtado y lo ve todos los días. El mismo. Todos los días sabe las respuestas a las mismas preguntas. Las que no sabe un día, al día siguiente tampoco se las sabe. No es capaz de aprender una nueva respuesta.

¿Y usted cómo lo lleva? Como ya viví el alzhéimer de mi abuela, a la que quería mucho, estoy un poco vacunado.

¿No le da miedo? No. Yo sé que voy a tener alzhéimer. 

¿Lo sabe? Claro. Es una enfermedad que a todo el mundo nos toca. A quien no le toca es porque se muere antes.

¿Por eso ya ha escrito sus memorias? No lo había pensado, no es un acto de... Hay algo en mí que me dice: “No eres capaz de hacer esto”. 

¿Se reta a sí mismo? Sí. Me reto. Si fuera un caballo, sería un caballo que corre en el Grand National. Porque veo una valla y me tiro contra la valla.

¿Qué le queda por hacer? Ahora quiero dirigir un programa de televisión. Lo decidí anoche.  

"Yo estaba convencido de que era bisexual. Después me he dado cuenta de que no. ¿Me he dado cuenta de que no? No lo sé"

Cuando su madre, de niño, le preguntó qué quería hacer de mayor, él le respondió: “Quiero tocar el botón del ascensor”. Aún no llegaba. “Yo creo que lo que estaba pretendiendo era la fuga”, añade ahora. 

A la primera niña que se le declaró le respondió: “Mis padres no me dejan salir con nadie hasta que acabe mis estudios”. Me lo inventé. Yo no tenía ni idea de lo que significaba besar a una chica, ni el compromiso. Yo era un alma libre y ya percibía que en la pareja había una cadena. 

¿Una cadena? Una cadena que te echas al cuello.

Y empezó a salir con “el colectivo ácrata de Huelva” [así lo llama en el libro]. Sí. 

Y tuvo su primera experiencia sexual. Tuve mi primera experiencia sexual con un chico, sí. 

“¿Cómo no íbamos a montar orgías entre nosotros? –explica en sus memorias–. Era una cuestión de urbanidad. Habríamos roto las cabinas de teléfono, arrasado los parques, quemado los contenedores con tal de sacar de nosotros el fuego de la frustración y la soledad”.

Tenía 16, 17 años. Sí, por ahí. Estaba convencido de que era bisexual, pero es que la bisexualidad era lo corriente.  

¿Por qué? Estábamos muy reprimidos. Y yo estaba convencido de que era bisexual. Después me he dado cuenta de que no. ¿Me he dado cuenta de que no? [se lo piensa]. No lo sé. Dicen que los besugos cambian de sexo cuando les llega la edad provecta [se ríe].

"No creo que Julio Iglesias haya follado lo que he follado yo. No creo, no"

¿Se ha acostado con más hombres o mujeres? Me he acostado posiblemente con 500 veces más mujeres que hombres. 

Es que se ha acostado con muchas. Sí, he tenido muchísima suerte. He tenido muchísima suerte.

¿Supera a Julio Iglesias? No creo que Julio Iglesias haya follado lo que he follado yo. No creo, no. 

El placer por el placer. Sí y también por el miedo a la soledad y un poco de espíritu de cazador.

¿Se arrepiente? No, no me arrepiento. A mí me ha encantado siempre ligar.

¿Cuál sería su moraleja sentimental? [Se lo piensa] La tengo que estudiar. Quizá para otro libro. 

“Nunca tuve la pretensión de poseer a nadie –escribe–. Es mi manera de querer”. Sí. 

Tenerle de pareja no ha debido de ser fácil. No. De todas maneras, no me considero una persona infiel. He vivido en pareja y he sido fiel. Lo que pasa es que también soy fiel a mis principios [se ríe], a mi naturaleza, y también quizá un poco débil. 

¿Ha encontrado la estabilidad? Sí, ya por fin la he encontrado. Me estremece pensar en tener una doble vida. Además [se ríe], en el onanismo encuentro una gran liberación. 

"He vivido en pareja y he sido fiel. Lo que pasa es que también soy fiel a mis principios [se ríe], a mi naturaleza, y quizá un poco débil"

Es paranoico aprensivo, confiesa en el libro. “La sospecha de que podía haber contraído el sida era la certeza de tener el sida”. Así que se pasó años convencido de que se iba a morir. “Igual estuve dos años”, hace memoria. Dos años “amargado y destruyéndome a saco”. Ni siquiera se arreglaba la boca. “¿Para qué si me iba a morir?”. 

“Creo que llevo un asesino de mí mismo en el cuerpo”, escribe. El hombre que ponía a prueba su inmortalidad. 

¿Ya no? Ahora mi asesino se ha quedado en un ser que se come mis uñas.

¿Ha dejado las drogas y la bebida? Sí. Además, cuando afronto proyectos nuevos dejo el mambo aparcado.

Usted tiene “crisis de agua mineral”. Deja de beber y se vuelve asocial. Dejo de trasnochar y de hacer guateques en casa. Son épocas en las que produzco muchas cosas. 

Confiesa que ha bebido mucho. He bebido mucho.

¿Qué es beber mucho? Beberse 10 cubalibres por noche. En la época en la que pensaba que tenía el sida y me separé de la madre de mi hija Carlota estaba hecho un vándalo. Estaba haciendo un 'Leaving Las Vegas'. Pero, ya ve, no me maté. No lo entiendo. Es más, tengo la sangre cojonuda.

¿Y el hígado? Bien. ¿Sabe lo que pasa? A mí me ha salvado la vida trabajar. Subir al escenario es un ejercicio que para mí es impensable hacerlo bajo el efecto de nada. 

¿Ha subido alguna vez bajo el efecto de algo? Que yo recuerde, he hecho dos conciertos de ácido: uno con los Toreros y otro con Las Alimañas del Swing.

"Ahora mi asesino se ha quedado en un ser que se come mis uñas"

Que recuerde. No, no, no, no, son esos, nada más. Yo no soy un defensor de la droga.

No repetiría. No, yo he perdido muchísimo tiempo. 

¿Su reflexión sobre las drogas? La que más me ha enseñado es la que incluso no considero una droga. Es una experiencia. El LSD. 

Es lo primero que hizo cuando le quitaron el corsé [tras operarle la espalda]. En cuanto me quitaron el corsé, que llevé un año, me tomé un ácido y, claro, no podía mantenerme de pie, no tenía musculatura, y me doblaba de risa. Me lo he pasado muy bien con los ácidos. Después todos los vuelos tienen su aterrizaje. Ha habido aterrizajes mortales.  

¿Cuántos descensos a los infiernos ha tenido? Descensos a los infiernos he tenido varios. 

¿Lo más abajo que ha estado? Yo creo que a principios de los años 90. Después de que me llamaran para 'Caiga quien caiga' me he mantenido bastante a flote. 

¿Cómo salió de ahí? Gracias al amor. Me enamoré.

De Eva [Salmerón]. Sí, me enamoré de Eva, hice un libro con ella y eso me salvó. Me salvó la vida. Se lo dije una vez y se puso a llorar. Porque se sintió muy buena. 

"En la época en la que pensaba que tenía el sida estaba haciendo un 'Leaving Las Vegas'. Pero, ya ve, no me maté. No lo entiendo"

Usted se pasó años sintiéndose responsable de haber matado a un amigo. Yo tenía 12 años, 10. Le dije “buenas noches”. Él me dijo: “Si Dios quiere”. Y yo le dije: “Yo creo que querrá”. Y, al día siguiente, Dios lo mató como castigo a mi petulancia de intentar marcar los caminos del Señor.

Ha ido a muchos funerales. Más de los que debería.

¿El más doloroso? El de Pedro Reyes fue muy duro. Muy duro, porque a Pedro no le tocaba. 

Con él empezó a hacer teatro. Sí. Si hablo de muertos en el libro, lo hago para ordenar mis sentimientos hacia esas personas, reconocer lo que me han aportado y que sirvan como modelos por si alguien quiere seguir esos pasos. 

Su hermana Nuria es un caso especial. Se siente culpable por haberse “escaqueado”. Tenía también que revisar eso. 

Tenía el síndrome de Prader-Willi. Es una cosa bastante complicada.

“Las personas afectadas –detalla en el libro–, además de tener un retraso en algunos niveles intelectuales, no conocen la saciedad en lo que se refiere a la comida”. Nuria medía metro y medio, pesaba 130 kilos.

Su hermana Nuria tenía el síndrome Prader-Willi. Pesaba 130 kilos. Los afectados no conocen la saciedad 

Tiene muchos capítulos Nuria. Sí. Porque… Es como si a los cómicos no nos pudieran pasar cosas que nos afectan muchísimo. Durante el tiempo que estoy de luto de Nuria, más largo de lo que yo esperaba, di un concierto que fue de los pocos que doy y pongo al público de pie. 

¿Qué pasó? Como soy transparente, lo conté. Mientras cantaba mis canciones jocosas, iba haciendo comentarios de cuando tuve que redactar la esquela, o decírselo a mis padres, o las broncas con mi tío cura que no venía.
          
El tío cura acabó llorando. Mi tío cura, que es muy parecido a mi padre, también un poco acorazado Potemkin… En realidad, ninguno de mis hermanos va a estar de acuerdo en que mi padre lo es. Mi padre es el acorazado Potemkin a nivel moral, pero es un ser humano con una fragilidad de mariposa de porcelana. Adoro a mi padre, por si alguien lo pone en duda. Y mi madre es la mujer más bonita del mundo y posiblemente la persona que más me ha querido. Pero después de estas cosas tan evidentes, sitúas tu educación en el papel, la ves, y dices: “¡Qué desastre!”. 

El libro

El mundo de la tarántula (Blackie Books). Carbonell se sincera con unas memorias de punta afilada. Sorprenden y emocionan.

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