Leo Messi llora mientras los demás se divierten

Leo Messi llora mientras los demás se divierten
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Emilio Pérez de Rozas
Emilio Pérez de Rozas

Periodista

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Vale, es cierto, esto acaba de empezar, pero tú observas la primera semana de juego, de fútbol, de partidos, ves a los equipos, observas a los futbolistas, te fijas en sus estrellas y todos, todos, juegan divirtiéndose. Tú ves jugar a Leo Messi, incluso el día de su debut ante Arabia Saudí, incluso en los primeros tres minutos, cuando ya tuvo su primera oportunidad de gol, y lo ves sufrir, lo ves padecer, lo ves angustiado, lo ves desesperado, desolado, acongojado, ansioso, temeroso, afligido, hasta triste.

Todo el mundo cuenta, todas las grandes estrellas del mundo del deporte, que solo se puede jugar bien, rendir, triunfar, coronarse si te lo pasas bien, si disfrutas, si te diviertes practicando tu deporte. Leo Messi sufre. Lleva una mochila sobre sus espaldas (y no me refiero, no, a todo un país como Argentina, de casi 46 millones de forofos) que es demasiado pesada. Ha escuchado demasiadas veces que es un ‘pecho frío’, que jamás será nada si no gana un Mundial como Diego Armando Maradona, que más que una mochila es un yunque.

Sigue siendo el mejor

¡Y dale con Maradona! Ayer, sin ir más lejos, la ‘Pulga’ ya se convirtió en el argentino que ha jugado más partidos en un Mundial: 21. Ayer, sin ir más lejos, ya igualó, con su golazo, con el 1-0, el primero, “el gol que vale, el gol que cuenta, el gol que abre la lata”, como decía el culé Samuel Etoo cuando lideraba los triunfos del Barça, los 8 tantos conseguidos por el ‘Pelusa’ en los Mundiales y está ya a solo dos de Batistuta, el máximo goleador mundialista albiceleste. Pero eso no cuenta. Eso no aligera la mochila de ‘D10S’.

Messi llora tras el primer gol ante México.

/ Juan Ignacio Roncoroni / Efe

Todos, repito, juegan más felices que Messi. Todos. Tú ves a Mbappé, que parece que no está, y mata a placer. Tú ves a Richarlison, que vuela para marcar el gol del Mundial (me temo que no habrá otra obra de arte así, más importante, sí, decisivo, también, pero no tan hermoso y estético). Tú ves a Gavi, a Pedri, a Ferran Torres, a Olmo y parecen niños en el recreo, en el patio de su cole, disfrutando con el tiki-taka. Tú ves a Neymar Jr. (antes de que lo lesionasen) y es música celestial con botines de gamuza. Tú ves a Saka y es puro relámpago. Ves a Musiala y piensas en el futbolista que está naciendo (“es el próximo Messi”, dice Matthäus). Observas a Bellingham y se te cae la baba. Hasta viendo a Lewandowski con ese porte de veterano, de Sócrates señorial, imperial, aquel prodigioso centrocampista brasileño de Sarriá-1982, disfrutas de lo lindo.

Pero no, cuando ves a Leo Messi sobre el césped, en la recta final de su carrera y con la necesidad, la angustia, la presión, la obligación de ganar su primera Copa del Mundo después de ganar su primera Copa América, piensas que está solo y que no podrá. Que lo intentará, pero no podrá. Ayer, sin ir más lejos, salvó, él solito, la primera final, pero le quedan demasiadas como para creer que llegará a tiempo a su coronación.

"Les cumplimos. Nosotros lo pusimos así y nosotros lo levantaremos"

Leo Messi / Capitán de Argentina

Está demasiado solo y el camino de Argentina a Qatar-2022 se está demostrando que fue impostado. Eso de llegar con 36 partidos sin perder se demostró noticia ‘fake’ nada más pisar el césped qatarí. Y ayer, porque la selección mexicana del ‘Tata’ Martino, el técnico que se enfrentó a Leo en el vestuario del Camp Nou, no le mete un gol ni al arcoíris, pues pudo pasarse tres días jugando que jamás hubiese marcado.

Escuché el partido a través de Radio Mitre, la emisora más oída en Buenos Aires. Solo confían en Messi. Solo piensan que él les puede sacar del aburrimiento, del ostracismo, salvar de la derrota y hasta del empate. Rolo, el humorista radiofónico, intercalaba chistes para amenizar el desastre de fútbol de la albiceleste. “Sabéis que llevaron a la selección argentina a la fábrica Volkswagen para que supiesen cómo se hace un gol(f)”, soltó a los diez minutos. “Dicen que la selección está bien parada en el campo, el problema es cuando se mueven”, comentó a la media hora.

Los jugadores argentinos celebran el primer gol

/ PEDRO NUNES

Y, justo después, 20 segundos después, de que dijese “pusimos demasiadas expectativas en Messi y ‘messiento’ decepcionado, ‘messiento’ estafado, ‘messiento’ desencantado…”, Leo soltó su zurdazo, apoyándose, dicen, en su tobillo derecho lesionado (“¡jamás lo tuve lesionado!”, gritó al final del partido, aunque nadie le creyó) y provocó la locura en la radio y en las decenas de miles de argentinos que estaban en el espacio ‘Emoción Mundial’, en las Avenidas Del Libertador y Sarmiento, de Buenos Aires, ante dos inmensas pantallas gigantes.

"Pusimos tantas expectativas en Messi que, ahora, 'messiento' decepcionado", decía Rolo, el humorista de Radio Mitre, antes del golazo de Leo

Y, entonces sí, entonces todos ellos (“¡Vamos, Argentina! El sueño continúa”, tituló el diario ‘Olé’) cantaron las excelencias del ‘D10S’ salvador y dijeron que solo Leo les puede llevar, de nuevo, a la cima. “Vosotros alimentar los sueños, que nosotros los nutrimos”, decía en la radio el anuncio de Productores de Fideos de Sémola.

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Y Messi lloraba y lloraba, chorreaba lágrimas por todo su rostro, se inundaba su barba y, al final, reconocía, emocionado, cansado, harto de su mochila, que “no les fallamos, cumplimos, nosotros lo pusimos así y nosotros lo levantaremos”.

Esa mochila pesa toneladas y Argentina no tiene quien ayude a Leo Messi que, a sus 35 años y en su quinto Mundial, hace lo que puede, pero no se le puede pedir (ya) un milagro cada tres días.