1 DE MAYO: DÍA DEL TRABAJADOR

Esenciales silenciados: muchos aplausos y pocos derechos

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Juan Fernández
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Periodista

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Núria Marrón
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Núria Navarro
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Tras los elogios y aplausos durante la pandemia, muchos colectivos de trabajadores que permitieron que la vida siguiera latiendo cuando todo cerró siguen anclados en la precariedad y prácticamente excluidos de los planes de recuperación. Empleados del sector cárnico, los supermercados, el hogar, la limpieza de hospitales, la hostelería, la mensajería y el campo hablan aquí en primera persona.

MODOU DIOP. Temporero. 36 años. Trabaja en el campo de Lleida.

"Cuando voy al súper y veo la fruta, siempre pienso: qué buena es para comer y qué dura para trabajar. Nosotros cobramos entre 5,5 y 6,5 euros por hora y las jornadas son muy duras: se trabajan de 8 a 10 horas, con mucho, mucho sol. Así que, al final del día, entre la comida, el transporte y el techo, te quedas apenas sin nada. Además, nunca sabes cuándo volverás a trabajar.

Yo ahora vivo en una casa abandonada con otros paisanos. A parte del dinero que a menudo no tenemos, aquí no es fácil que a un senegalés le alquilen un piso. Vamos a la fuente a por agua y unos vecinos nos dejan cargar el móvil. Cuando tenemos dinero, compramos una bombona de butano. Nos ayudamos mucho entre nosotros.

El año pasado, durante la pandemia, cocinábamos para un montón de gente que estaba sin trabajo ni dinero y que sobrevivía como podía. Cuando todo paró, nosotros seguimos recogiendo fruta. Nuestro trabajo es necesario y sería justo hacerlo en mejores condiciones, ¿no? Cobrar 10 euros la hora. Comer bien. Poder descansar. No tener que pagar el transporte al campo y el material que utilizamos. No es casualidad que aquí todos seamos extranjeros. Todos menos el jefe, claro".

Modou Diop, temporero.

/ Jordi V. Pou

LIZ MABEL GONZÁLEZ. Trabajadora del hogar. 35 años.

"Hace tres meses, debido a los síntomas de un catarro, en el centro de salud de San Cristóbal de los Ángeles –el barrio del extrarradio de Madrid donde vivo con mi hijo de 5 años– me aconsejaron que hiciera cuarentena. Fue una falsa alarma, pero no pude acudir a las cuatro casas en las que trabajo. Me llamaban a diario para preguntarme: "Mabel, ¿dónde está esto?", "Mabel, ¿cómo se hace lo otro?". Les limpio, les cocino, les plancho... Si falto un día, se vuelven locos. Antes de la pandemia yo trabajaba más horas y reunía 1.200 euros. Ahora gano 960 y pago 500 de alquiler. Si cobrara los mil euros del subsidio extraordinario por la pandemia que el Gobierno prometió, podría aguantar en España y no tener que regresar a Paraguay, pero el SEPE sigue alegando problemas burocráticos. Si somos trabajadores esenciales, que lo demuestren con ayudas. que nos concedan el derecho al paro, que sería una forma de valoran nuestro trabajo". 

Liz Mabel González, trabajadora del hogar.

/ JOSÉ LUIS ROCA

ANNA MESONES. 'Rider' en varias plataformas. 29 años.

"Los riders somos los esclavos del siglo XXI. Pagan la entrega a 4 euros, de los que tienes que descontar el 21% de IVA, el 20% de IRPF, la parte proporcional de la cuota de autónomos, la gasolina y el mantenimiento del vehículo. Limpios: 1 euro por entrega. Esté diluviando, a 0 o a 40ºC, con riesgo de que un conductor borracho se te lleve por delante. He llegado a pasar dos semanas a base de arroz blanco, y no tengo hijos.

En pandemia –algún día trabajé 18 horas, haciendo pis en una bolsa que me daba algún cliente–, no solo no recibimos un plus, sino que recortaron tarifas, argumentando que, como había más demanda, cobraríamos igual. Y las chicas –un 20% de los riders– sufrimos acoso. Un cliente me abrió en calzoncillos y me dijo que si no entraba a tomarme una cervecita, valoraría negativamente mi servicio. Porque nos evalúa el cliente y la empresa. Si te niegas a un desplazamiento o a trabajar el fin de semana, pierdes puntos. Esto no es vida.

Anna Mesones, repartidora.

/ Jordi Cotrina

ENRIQUE GUTIÉRREZ. Camarero. 62 años.

"El Xaica –el primer bufet libre de España– cerró puertas el 14 de marzo del 2020 y los 13 empleados pasamos a cobrar el erte (con dos meses de retraso), hasta que el pasado 31 de marzo la Seguridad Social nos notificó que nos habían dado de baja. Ni una llamada de la empresa. Ningún aviso. Simplemente, se habían pirado. Vaciaron el local. No quedó ni una silla. La gestoría nos dijo que tramitáramos el paro vía internet, pero no había forma de entrar. Fuimos al sindicato, que ha interpuesto una demanda por despido improcedente.

Yo doy gracias a Dios por tener 62 años y estar cerca de la jubilación, pero ocho de los 13 empleados o tienen 50 y pico o es gente con hijos a cargo. Nadie piensa en ellos. Parte de la restauración se ha ido a pique para siempre y tendrán que empezar de cero en otro oficio. Barcelona no tenía que haber basado su economía en el turismo. Ha sido un error".

Enrique Gutiérrez, camarero.

/ Jordi Cotrina

LUBNA OUANANE. Limpiadora de centro de salud. 42 años.

 "Soy especialista en tratamientos fitosanitarias, lo mío es desinfectar plagas. Cuando llegó la pandemia empecé a limpiar centros de salud en Madrid. Trabajar en espacios donde sabes que está el coronavirus no es fácil, pero lo peor es hacerlo en las penosas condiciones laborales en las que lo hago. La empresa que me contrató me ofrece solo cinco mascarillas FPP2 al mes y delega en mí la responsabilidad de desinfectar el uniforme. Me pagan 600 euros por seis horas diarias de faena. Se supone que el trabajo que hago en zonas covid lo abonan aparte, a 5,5 euros la hora, pero yo aún no he cobrado ese dinero. Sin mí, el ambulatorio se paralizaría, porque el protocolo obliga a desinfectar cada sala donde haya estado un enfermo de coronavirus. Sin embargo, si me contagio mientras limpio, no lo consideran enfermedad laboral. Se supone que mi labor es esencial, pero nunca he trabajado más en precario ni por tan poco dinero".

Lubna, limpiadora

/ JOSÉ LUIS ROCA

SECUNDINO MARTÍNEZ. Empleado de matadero. 44 años.

"Más que al gimnasio, nosotros vamos al fisio. Trabajar en cadena, y a cuchillo, durante 8 horas es extenuante. Y luego está la seguridad. Los animales pueden embestir y dar golpes, y ha habido accidentes fatales. La verdad es que tras las piezas que vemos en las carnicerías, hay un mundo desconocido y precario que afloró con la epidemia, con la cantidad de infecciones que se registraron en mataderos donde se compartían materiales y no se guardaban las distancias de seguridad.

Ahora hemos mejorado los protocolos, pero nuestro sector va sobrado de agravios. Hasta hace poco la mayoría éramos falsos autónomos. Ahora un gran grueso pertenecemos a empresas subcontratadas –que no han mantenido las antigüedades y tienen un sueldo base de unos 1.100 euros– , y que hacen la actividad principal de los mataderos. Ese es precisamente uno de los puntos que queremos cambiar con el nuevo convenio estatal, en el que también reivindicamos mínimos como cobrar la nocturnidad, los días de libre disposición o que se paguen mejor las categorías. Hemos batallado mucho en mesas de negociación, juzgados e Inspección de Trabajo. Que somos trabajadores, no esclavos. Y necesitamos sentirnos respetados y valorados".

Secundino Martínez, empleado de matadero.

/ Jordi Cotrina

CARMEN PERALTA. Cajera del Esclat de Santa Cristina d’Aro. 61 años.

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"El primer fin de semana de confinamiento la venta se quintuplicó, porque llegaron en masa de los de la segunda residencia. La plantilla no se reforzó, como se hace en la temporada de verano. No dábamos abasto. No teníamos protección. Una amiga cuyo marido era pintor me facilitó una mascarilla FFP1. Nos reuníamos en el parking antes de entrar, impotentes, pensando que íbamos a volver a casa con la misma ropa. Nos autoorganizamos. En abril la empresa nos dio una paguilla de 200 euros –cobramos unos 1.000 de sueldo– en reconocimiento por el esfuerzo. Pero el virus sigue circulando, sentimos que corremos el mismo riesgo. El comité de empresa ha intentado negociar la prolongación de la paga pero no hay manera. Y si somos trabajadores esenciales, si seguimos en primera línea, ¿por qué no somos prioritarios en los planes de vacunación? Somos considerados de segunda no, de tercera".

Carmen Peralta, cajera del Esclat de Santa Cristina d'Aro.

/ Jordi Cotrina

Esenciales silenciados: muchos aplausos y pocos derechos