24 oct 2020

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¿Por qué votan a Trump?

GETTY IMAGES / OLIVER CONTRERAS

CLAVES DE LA PRECAMPAÑA REPUBLICANA

¿Por qué votan a Trump?

Han sido cuatro años de caos, división y retórica incendiaria, pero Donald Trump mantiene las opciones para ser reelegido en noviembre

Ricardo Mir de Francia

Hace cuatro años Barry Bledsoe se subió a su Harley-Davidson y cruzó la cordillera de los Apalaches para asistir a la Convención Nacional Republicana en Cleveland, donde Donald Trump fue investido como candidato conservador a la Casa Blanca, el primer paso de la pirueta política más improbable de la historia reciente. Bledsoe formó parte de la ruidosa delegación de Virginia Occidental, visible a la legua por los cascos de minero que llevaban sus delegados. Pero aquella fiesta triunfal queda ahora muy lejos. En agosto, este paramédico de 56 años, padre de seis hijos, tuvo que seguir el cónclave de su partido postrado en casa y conectado a una botella de oxígeno, tras pasar 17 días en el hospital luchado contra el covid-19. Ocho de ellos sedado en la UCI. 

«Los médicos le dijeron a mi hija que me estaba ahogando y me moría. Pero el Señor ha sido bueno conmigo. No he perdido el trabajo y estoy casi recuperado», dice ahora por videoconferencia. Bledsoe es uno de los más de seis millones de estadounidenses que ha contraído el virus, una plaga que suma 190.000 muertos, uno de cada cuatro fallecidos por covid-19 en el mundo. Esa mancha en el prestigio de la primera potencia mundial, incapaz de doblegar, aunque fuera puntualmente, la curva de contagios, ha complicado enormemente la reelección de Trump cuando cabalgaba hacia su segundo mandato con una economía anclada en el pleno empleo, las bolsas desatadas y el mayor incremento de los salarios en décadas. 

Las luces de su presidencia estridente han dado paso a la peor recesión desde los años treinta del siglo pasado y una gestión de la pandemia que solo aprueba el 39% de los estadounidensessegún la media de los sondeos de FiveThirtyEight. (El 57% la censura).  Pero podría haber sido peor porque Trump ha mantenido casi intacto el apoyo entre sus bases conservadoras y, aunque va detrás de Joe Biden en las encuestas, mantiene las opciones de ser reelegido. «No niego que haya cometido algún error, pero tomó medidas importantes, como restringir los viajes desde China o acelerar el desarrollo de la vacuna. No es culpa suya que yo me pusiera enfermo», dice Bledsoe desde el jardín de su casa en Fairmont, un pueblo minero venido a menos. En noviembre, volverá a votarle. 

En la frontera

«Yo hubiera dejado que el virus siguiese su curso natural. Es la sobrerreacción a la pandemia la que más daño ha hecho. Fíjate en las clases virtuales de los niños. Van a perder el año y psicológicamente quedarán tocados». Como muchos seguidores del republicano, a Bledsoe le gustaría que Trump tuiteara menos y adoptara cierto decoro presidencial, pero da más importancia a sus acciones que a sus palabras. Habla de su política en la frontera, del nombramiento de jueces conservadores o esa economía ahora varada. «No conozco a ningún otro político que se preocupe tanto por los trabajadores y la gente común. Y por primera vez en mucho tiempo, puedo decir que estoy mejor que hace cuatro años». 

«No conozco a
otro político
que se preocupe
tanto por los
trabajadores»,
afirma su
votante Barry
Bledsoe

La extrema polarización que impera en Estados Unidos no solo es política. Es también geográfica, racial y de clase. Los demócratas se han convertido en el partido de las ciudades, las prósperas regiones costeras y las minorías, mientras el grueso del electorado republicano proviene de las zonas rurales, las pequeñas ciudades y los suburbios menos poblados. Dicho de otra forma, la América más blanca, homogénea y tradicional. Y el genio de Trump ha consistido en identificar las corrientes de insatisfacción que recorren esa mitad del país para explotarlas políticamente apelando a los miedos más primarios del electorado. La ansiedad ante los cambios demográficos y sociales. El malestar con la globalización. Los estragos generados por las drogas. El desencanto con las élites gobernantes. O la sensación generalizada de que el sueño americano se ha desvanecido.  

Tótems culturales

«Trump es la continuación de una rama en el republicanismo que es profundamente patriótica y nacionalista. Entronca más con Eisenhower y Nixon que con la derecha ortodoxa de Reagan. Conservador en lo social y progresista en lo económico, una combinación que raramente falla», opina el académico de la Universidad George Mason, F. H. Buckey, quien escribió discursos para el neoyorkino en su campaña del 2016. Esa fórmula la ha combinado con la apropiación de asuntos que solían ser patrimonio de la izquierda y la defensa sin paliativos de los tótems culturales de la América conservadora, desde las armas, a la lucha contra el aborto, las energías fósiles o el alineamiento con Israel. Y todo ello barnizado con la retórica del populismo. 

«Los demócratas han perdido de vista a su electorado tradicional, desde los agricultores a los obreros industriales, y muchos sienten que no solo han perdido interés en ellos, sino que les miran con cierto desprecio», añade Buckley. Hillary Clinton habló de «los deplorables», Barack Obama de «los resentidos que se aferran a sus armas y su religión», frases que el trumpismo ha convertido en orgullosos gritos de guerra para expresar su rechazo al 'establishment' demócrata.  

Esa clase dirigente, a la que Biden ha pertenecido durante casi medio siglo, genera pocas simpatías en el interior del estado de Nueva York. Rodney Strange dirige el Partido Republicano en el condado de Chamung, donde Mark Twain pasó parte de su vida. La región ha visto días mejores y ni siquiera la bonanza anterior a la pandemia ha servido para revitalizar su precaria economía. «Aquí apenas nos hemos beneficiado de la recuperación. La mayoría de empleos son de salario mínimo y todavía esperamos que se materialice el plan de infraestructuras», reconoce este católico practicante, que combina la política con un empleo de jefe de cocina en un restaurante local. Pero lo achaca principalmente a las políticas del gobernador demócrata Andrew Cuomo, empezando por los elevados impuestos que se pagan en el estado.  

«No me gusta 
todo lo que
sale de su boca,
pero ha atraído
a mucha gente»,
asegura el
republicano
Rodney Stranger

«Aquí la gente está cansada de que nada cambie. Este condado votó por Trump porque no era un político y prometió perturbar el orden establecido y drenar el pantano en Washington», asegura en una conversación telefónica. «No me gusta todo lo que sale de su boca, pero ha conseguido atraer a mucha gente que no participaba en el proceso político y ha cumplido la mayoría de sus promesas». La lucha contra la corrupción no está entre ellas. Trump ha trufado la Administración con sus acólitos y lobistas de diferentes industrias, mientras varios de sus asesores más cercanos eran condenados en los tribunales.  

Pero en estos años el mensaje ha sido a menudo más efectivo que los resultados obtenidos. Lo sabe bien Glenn Brunkov, un agricultor y ganadero blanco de quinta generación en Kansas. «Los ingresos han sido bastante pobres, los peores en mucho tiempo», dice mientras espera en el coche a que su padre salga del dentista. «La guerra comercial se cebó con los precios y, aunque empiezan a remontar, ha sido doloroso». Algo parecido podría decirse del proteccionismo industrial del presidente, que no ha conseguido frenar la deslocalización de empresas. 

China y México

Pero tanto en el Medio Oeste como en las Grandes Llanuras son muchos los que piensan que era necesario renegociar la relación comercial con China o México, a los que Trump ha culpado constantemente de los problemas de su país. «Esa corrección era necesaria para poder garantizar nuestro futuro y estoy orgulloso de que el presidente haya plantado cara», añade Brunkov, que se dispone a votar nuevamente al republicano en noviembre, al igual que el grueso de su sector, según predicen las encuestas.

En estos cuatro años, Trump no ha hecho ningún esfuerzo por tender la mano a esa otra América horrorizada con su retórica, su xenofobia o sus tendencias autoritarias. Solo ha cuidado a sus bases, esencialmente la población blanca, que le dio casi nueve de cada 10 votos en 2016. De ahí sale su votante prototípico: un varón de más de 49 años, protestante, sin estudios superiores y residente en los suburbios. Pero no es necesariamente ese obrero con el agua al cuello que se ha descrito a menudo. Un tercio de sus votantes gana más de 50.000 dólares al año; otro tercio, más de 100.000, según un estudio de MSNBC.  

Fox News es «lo
más parecido
a una tele de
Estado», dice
Nicole Hemmer,
historiadora
presidencial

Y es también muy probable que muchos de ellos solo hayan escuchado una versión de su presidencia. La que cuentan en la radio Rush Limbaugh o Alex Jones o en la televisión Fox News, el canal de noticias más visto del país. Un canal que el pope republicano Bill Kristol ha descrito como «pura propaganda», mientras la historiadora presidencial, Nicole Hemmer, decía que «es lo más parecido a una televisión de Estado» que haya tenido el país. Fox no solo defiende a Trump contra viento y marea, sino que trafica con las mismas teorías conspiratorias que el presidente.  

En los últimos meses no deja de martillear con la esporádica violencia de las protestas raciales, al tiempo que presenta a los demócratas como un partido secuestrado por la extrema izquierda y los anarquistas. Un mensaje que ha calado en un sector substancial de la audiencia. «Estas elecciones decidirán si seguimos siendo un gran país o nos asomamos al abismo», dice Bledsoe, el paramédico de Virginia Occidental. «Si Biden gana, en cuatro años no reconoceremos a nuestro país».