04 jul 2020

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El covid se ensaña en el Amazonas

AP / ERALDO PERES

El covid se ensaña en el Amazonas

Líderes y activistas acusan al Gobierno de Bolsonaro de utilizar la pandemia para avanzar en la explotación de la selva

Simone Mateos Biehler

El covid-19 se propaga a ritmo devastador entre las poblaciones originarias más aisladas del mundo, en la selva amazónica brasileña. En el país que se ha erigido en epicentro mundial de la epidemia (450.00 casos y primer lugar en muertes diarias), São Paulo y Río de Janeiro impresionan por los números absolutos, pero es la región amazónica la que registra más infectados en proporción a la población. Quince de las 20 ciudades brasileñas con mayor porcentaje de habitantes muertos por covid están en la AmazoniaUn estudio nacional que ha testado una muestra de la población en 90 municipios ha concluido que siete de sus ciudades presentan entre el 8% y 25% de la población infectada.

El estado del Amazonas, el mayor y con más comunidades indígenas de la región, registra 872 casos confirmados de covid por cada 100.000 habitantes, cifra similar a que Catalunya (871), donde la epidemia llegó antes y la población está mucho más concentrada. El virus ya se ha diseminado por 62 municipios de este estado y llegado a pequeñas ciudades rodeadas por selva y áreas indígenas.

"Los viejos ya no van al médico  porque todos los ingresados han muerto y prefieren fallecer en casa»

Es el caso de Tabatinga, en la triple frontera con Perú y Colombia, que sumaba 760 casos y 54 muertos el jueves pasado. Cercada por aldeas, la ciudad está a 1.100 kilómetros de Manaos, pero a menos de 80 del Valle del Javari, una de las áreas con más concentraciones de comunidades indígenas aisladas del mundo.

16 familiares muertos

Edney Kokama, cacique general del grupo más afectado, ha perdido a 16 miembros de su familia, incluyendo el abuelo, dos tíos y el padre. Él asegura que las cifras oficiales son irreales porque la mayor parte de los 5.000 kokamas de la ciudad presentan o han presentado, como él, síntomas.

«Los más viejos ya no van a buscar al médico porque todos los que han ingresado han muerto. Prefieren morir en casa con la familia antes que solos. Es muy triste. Con ellos perdemos una parte de nuestra cultura e historia, de la que los mayores son depositarios», lamenta Edney.

Un hombre navega con protección en la frontera entre Brasil y Colombia. / tatiana de nevo (afp)

La ciudad tiene el único hospital de todo el Alto Solimões, una región casi del tamaño del Reino Unido, donde viven 76.000 indígenas. Se trata de un hospital militar y está lleno, por lo que la Justicia tuvo que intervenir para que siguiera atendiendo a civiles. Como no tiene ucis, Edney estuvo días intentando lograr un avión medicalizado para trasladar su padre a Manaos, pero murió antes, como la mayoría. Los indígenas reivindican un hospital de campaña para la región.

"Es un genocidio  porque sin nosotros podrán convertir la selva en dinero», afirma un líder indígena

El avance descontrolado de la epidemia en la región ha provocado que Perú y Colombia ya hayan cerrado sus fronteras con Brasil. Colombia, cuya ciudad de Leticia forma un continuo urbano con Tabatinga, ha llegado  a enviar el Ejército para asegurar el aislamiento.

Unos 550 kilómetros de selva más al norte, en las orillas del río Negro, está São Gabriel da Cachoeira, la ciudad amazónica con mayor concentración de población indígena. Allí, hasta el jueves, se habían registrado 1.539 casos confirmados y 21 muertos. Su hospital tampoco tiene uci y sus seis respiraderos están ocupados. Con 40.000 habitantes, es una de las dos ciudades más cercanas a la reserva de los yanomami, la mayor comunidad que aún vive en relativo aislamiento. A mediados de abril, un yanomami de 15 años fue la primera víctima del covid-19.

Explotación de la selva

Para muchos líderes indígenas y técnicos de la gubernamental Fundación Nacional del Indio (Funai), esta situación es resultado de una política oficial de exterminio de la población indígena. Puede sonar exagerado, pero es coherente con los discursos del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, que defiende la explotación económica de la selva, mantiene que las reservas están sobredimensionadas, que los indígenas dificultan el desarrollo y que no necesitan tantas protecciones porque, en sus propias palabras, «ya son casi seres humanos como nosotros».

La enfermera kambeba Neurilene Cruz revisa el oxígeno de un paciente en Tres Unidos. / bruno kelly (reuters)

Desde el inicio de su Gobierno, en el 2019, se han disparado los asesinatos de líderes indígenas, las invasiones de sus tierras y la deforestación. Solo en diciembre pasado, el fuego destruyó una superficie de selva equivalente al Líbano. El líder ultra también ha expulsado a 10.000 médicos cubanos que trabajaban allí donde pocos facultativos brasileños aceptan ir, como la Amazonia y las periferias de las grandes ciudades. Como resultado, la región es la que tiene menos camas de uci  y personal de salud en proporción a la población. 

"Estamos muriendo como moscas, aterrorizados, la burocracia es más lenta que el virus», afirma una activista 

Además, Bolsonaro ha sustituido a 34 de los 39 técnicos que coordinaban el trabajo de la Funai en todo el país por militares, e intentó –aunque la Justicia lo prohibió– designar un misionero evangélico como responsable de las comunidades aisladas. Contrario a las estrategias de aislamiento social para el control de la epidemia, en menos de un mes, ha cesado a dos ministros de Salud por defenderlas.

«Es un genocidio institucional e intencional porque sin los indios podrán destruir la selva para convertirla en dinero», dice Edney, quien advierte de que, en el caso de los pueblos más pequeños, se tratará también de un «etnicidio».

20% de positivos

Pero, ¿cómo el covid-19 alcanzó a pueblos tan aislados? Parece que llegó en avión a las grandes capitales y de allí se dispersó en los barcos que transportan a docenas de personas en hamacas colgadas unas sobre otras. Por eso las ciudades ribereñas son las más afectadas. En Tefé, por ejemplo, a medio camino entre Manaos y Tabatinga, uno de cada cinco habitantes ha dado positivo en el estudio por muestreo.

Mientras, a las aldeas indígenas el covid llegó por la la omisión del Gobierno federal y con la ayuda de la Funai, la agencia que debía protegerlos. Cuando se recomendó el confinamiento en las aldeas, los técnicos de la Funai explicaron a sus superiores que para llevarlo a cabo era necesario enviar alimentos básicos para atender a las familias en situación vulnerable por enfermedades o porque, en esta época, sus huertos están inundados por la subida del río.

Una familia, en el departamento del Amazonas, donde Colombia ha enviado al Ejército para asegurar el aislamiento. / tatiana de nevo (afp)

Para el Alto Solimões, se pidieron con urgencia 22.000 paquetes, suficientes para mantener durante dos meses a 11.000 de los 76.000 indígenas de la región. Finalmente, llegaron 1.300 paquetes con un mes de retraso, lo que les obligó a ir a las ciudades para recibir en los bancos las ayudas económicas oficiales destinadas a los más vulnerables. Previendo esta situación, también se había recomendado, sin éxito, que se instalaran fuera de la ciudad puntos para la distribución de este ingreso.

"No hay que protegerlos tanto, ya son casi seres humanos como nosotros», ha dicho Bolsonaro

«Cuando llamamos a la Funai de Brasilia para reclamar los alimentos que faltan, o nos dan largas o dicen que pedimos demasiado», explica una funcionaria de Funai en la región, que no se identifica porque tienen prohibido hablar con periodistas. Ella también cree que hay una política de exterminio en curso.

En algunas aldeas, explica la funcionaria, el virus llegó con los propios médicos y enfermeros, que volvieron de las vacaciones y reanudaron su trabajo sin hacer cuarentena. En otras aldeas, el covid se propagó porque sus miembros deben ir a Manaus siempre que necesitan un tratamiento médico más complejo. Y, en algunas áreas, lo llevaron los mineros clandestinos: con el discurso oficial favorable a la explotación comercial de la selva y la reducción de la fiscalización en la región, más de 20.000 mineros invadieron la reserva yanomami el año pasado.

Peor situación en las ciudades

Sin embargo, la situación es aun peor, si cabe, entre la población indígena que vive en las periferias de las grandes ciudades amazónicas, adonde se emigra, muchas veces, en busca de servicios médicos más especializados. Allí hasta 20 miembros de dos o tres familias suelen compartir casa, lo que favorece el contagio entre personas que ya padecen enfermedades previas, como diabetes e hipertensión, o desnutrición y anemia, explica Marcivana Saterê, activista de la Coordinación los Pueblos Indígenas de Manaos y Entorno (Copime).

Se estima que Manaos registra el 12,5% de la población infectada, lo que corresponde a 250.00 personas, cuando la cifra oficial es de 15.769. En su periferia viven 35.000 indígenas de 34 grupos que hablan 19 idiomas diferentes. Muchos están organizados en comunidades que buscan preservar su cultura y autogestionan escuelas en su propia lengua.

Excluidos de las políticas 

A pesar de ello y de que algunos ni siquiera hablan portugués, solo por el hecho de vivir en la ciudad están excluidos de las políticas públicas dirigidas a los pueblos originarios, como algunas vacunas o educación en su propia lengua. La Copime lucha para cambiar la situación y, mientras tanto, organiza a los indígenas para que tengan sus propias escuelas en su lengua materna y mantengan su cultura, aunque sin ningún apoyo oficial, ni siquiera para las instalaciones.

En el entorno de Manaus, Marcivana ya cuenta, por ejemplo, a 21 indígenas muertos por covid solo entre los activistas del movimiento. Ella misma y la mayoría de los que conoce presentaron síntomas, pero no fueron testados. «Estamos muriendo como moscas, aterrorizados. Faltan camas en los hospitales y también personal sanitario. Pedimos, con carácter de urgencia, que contraten a los 154 enfermeros indígenas que están disponibles. También pedimos un albergue para que puedan hacer cuarentena antes de volver a sus aldeas, pero la burocracia es más lenta que el virus».