26 sep 2020

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Bienvenidos a la telesociedad

GETTY IMAGES / ROMY ARROYO FERNÁNDEZ

EL MUNDO DESPUÉS DEL CORONAVIRUS (2)

Bienvenidos a la telesociedad

En la segunda entrega sobre el futuro poscovid-19, analizamos con expertos la transición hacia la sociedad virtual

Michele Catanzaro


En la segunda entrega sobre el mundo poscovid-19, observamos que el confinamiento ha disparado las videollamadas de trabajo, las clases virtuales, las 'apps' de salud y el comercio electrónico. Este enorme experimento social cuestiona rutinas cotidianas como ir a trabajar, al médico, estudiar o comprar. Pero hay asuntos que vigilar en la transición hacia la telesociedad, para cosechar sus beneficios sin acabar en una distopía.

Ir al trabajo en el tiempo que cuesta cruzar un pasillo. Apagar las velas del cumpleaños en medio de una videollamada. Aprender análisis matemático o filosofía trascendental desde el sofá. Ir al hospital porque te lo dice una aplicación de móvil. Muchas personas han tenido estas experiencias por primera vez durante las semanas de confinamiento que llevamos. 

«Cuando esto se acabe, va a haber muchas preguntas. ¿Es necesario hacer clases o trabajar como se hacía antes?», reflexiona Ramón Sangüesa, investigador independiente en tecnología y cultura. «Los desastres también son oportunidades de cambio: suelen cambiar las rutinas de una sociedad, como ir al trabajo, estudiar, comprar», afirma Chato Castillo, investigador en computación social de la Universitat Pompeu Fabra. 

«Las crisis limpian modelos ineficientes: suelen acelerar cambios que se tenían que producir», coincide Ignacio Somalo, de la consultora en comercio digital Lonesome Digital. «Se están adoptando en tiempo récord innovaciones que estaban preparadas desde hace años. Una necesidad imperiosa ha reducido las barreras que las bloqueaban», afirma Cristina Bescós, responsable de EIT Health Spain, la sección especializada en salud del Insituto Europeo de Tecnología.

«En casa, es
difícil separar
el tiempo de
trabajo y el de ocio», asegura
la investigadora Lucía Martínez
Virto

Pero la sensación de un cambio inexorable no debe ocultar los retos que lo acompañan. En primer lugar, el experimento social que se está viviendo ha ocurrido de forma precipitada y no representa lo que sería una telesociedad en condiciones normales. 

«Lo forzoso desvirtúa los beneficios de opciones como el teletrabajo: empresas y personas no estaban preparadas», afirma José Luis Casero Gimón, presidente de la asociación ARHOE (Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles).

«Los docentes no han tenido directivas y han tenido que improvisar. Los que ya utilizaban herramientas digitales no han tenido un trauma. Pero para algunos ha sido desesperante», afirma Héctor Ruiz, director de Science Bits, una empresa de Barcelona que ofrece un proyecto de aprendizaje de las ciencia con un alto contenido de herramientas digitales. 

Un niño asiste a clase a través de su tableta a causa del cierre de escuelas por la emergencia sanitaria. /EFE / ELÍAS L. BENARROCH

En muchos casos, el teletrabajo se traduce en una serie agotadora de reuniones virtuales, la educación a distancia en clases por Youtube, y la telemedicina en aplicaciones que son poco más que una lista de síntomas. 

Casero advierte del riesgo de que una experiencia improvisada demonice la telesociedad. Y Somalo constata que el día que se levante el confinamiento muy pocos tendrán ganas de quedarse en casa para teletrabajar. 

Sin embargo, también hay experiencias que no son una simple traslación de lo presencial a internet. A nadie se le escapa la alegría de liberarse del «presentismo» y del «calentar la silla»; el potencial de seguir a los pacientes de forma personalizada y de compartir los datos de la pandemia; la oportunidad de llegar por vía digital al hogar de los estudiantes en riesgo de exclusión (los que perderán más con la cuarentena); los beneficios de aprovechar la inteligencia de los datos y de la inteligencia artificial, etcétera. 

Para cosechar estos beneficios sin caer en una suerte de confinamiento permanente, los expertos apuntan que hay que tener bajo la lupa diversas cuestiones en la transición hacia la telesociedad.

Desigualdad

«Hay familias que viven en zonas rurales con poca cobertura de internet, que tienen un ordenador entre cuatro o que no pueden pagar muchos datos en sus móviles. Para ellas, no es tan fácil teletrabajar o estudiar a distancia», constata Lucía Martínez Virto, investigadora en sociología y trabajo social de la  Universidad Pública de Navarra. El confinamiento ha puesto de manifiesto que las desigualdades también obstaculizan la telesociedad: de educación, de clase social, de territorio, de género y de edad. 

Las personas con menos estudios y sobre todo los mayores no pueden aprovechar las nuevas tecnologías igual que los otros. Bescós advierte de que la telemedicina puede funcionar solo si la tecnología es amigable, especialmente con los ancianos. Calero alerta de que hay una brecha de género en las pocas empresas que teletrabajan: se quedan en casa mucho más las mujeres, para cuidad más de los niños, y a veces perdiendo opciones de progresar. «Yo tengo impresora y escáner en el despacho, que está al lado de mi domicilio. Pero hay familias que no tienen: ¿cómo van a hacer los deberes que les envían a los niños?», se pregunta Casero. 

Trabajar a destajo

«Cuando empezó el confinamiento, había entusiasmo entre mis estudiantes sobre la oportunidad de teletrabajar. Ahora me dicen que no es tan bueno como parecía», afirma Rocío Bonet, profesora de la IE Business School de Madrid, cuyos estudiantes son empresarios que estudian al margen de su trabajo. 

Uno de los motivos es que muchas empresas no han organizado bien la conciliación entre el teletrabajo y el cuidado de los niños en casa. «Muchos niños no quieren que se acabe la cuarentena porque nunca han tenido tanto tiempo de calidad con sus padres. Nos estamos dando cuenta de que es posible otra forma de vida», afirma Martínez Virto. Pero para algunos padres esta opción se ha traducido en horas de trabajo nocturno.

«La educación 
no puede ser
solo a distancia. Debe haber socialización y discusión», dice
el experto
Héctor Ruiz

«Además hay un riesgo de que el teletrabajo se convierta en trabajar a destajo. A un compañero le he tenido que decir que no me enviara mensajes el domingo, cuando estoy con mis hijas», coincide Casero. «Respondemos al móvil durante la cena como si fuéramos cirujanos», ironiza Bonet. Algo parecido está pasando con la educación, donde a algunos alumnos se les está inundando con una enorme cantidad de deberes, según Casero. 

«Cuando se teletrabaja es difícil separar el tiempo de trabajo y el de ocio. Enseguida nos vamos a dar cuenta de la importancia de tener espacios de autonomía para organizar nuestras jornadas de forma ordenada. Debe haber regulación laboral de los tiempos de trabajo», afirma Martínez Virto.

Soledad

El trabajo proporciona ingresos y seguridad social, pero también autoestima y relaciones sociales. «El cotilleo delante de la máquina del café es muy importante. Nuestra sociedad tiene una manera muy individual de vivir hiperconectada. Las soluciones semipresenciales son las mejores», afirma Sangüesa. «El teletrabajo al 100% va a generar una sociedad ensimismada y deshumanizada. Nuestro modelo es mixto», opina también Casero.

Bonet relata un experimento de teletrabajo llevado a cabo por investigadores de Stanford en un 'call center'. Los empleados que fueron enviados a trabajar en casa eran más eficientes. Pero algunos de ellos pidieron volver porque echaban en falta a sus compañeros. Además Bonet cree que trabajos muy creativos y de equipo requieren espacios para estar juntos, como demuestran las emblemáticas sedes de Google o Facebook. 

«No se trata de reducir las horas de educación presencial. La educación no puede ser solo a distancia en los niveles obligatorios: hay elementos de socialización, experimentación y discusión que deben ser presenciales», afirma Ruiz. «Se trata de tener herramientas para que la parte que siempre se ha hecho a distancia, como los deberes, se haga mejor», añade. 

«No es cierto que las relaciones sociales mediadas por la tecnología sean necesariamente menos auténticas», discrepa Castillo. Martínez Virto dice que para muchos mayores el acceso a Whatsapp durante el confinamiento es fundamental para mantener relaciones sociales y especialmente para reírse de memes y chistes.  

«El médico nos podría dedicar
más tiempo
con mayor automatización»,  
afirma la especialista
Cristina Bescós

Bescós niega que la telemedicina represente una deshumanización de la relación entre médico y paciente. «Ahora, de los siete minutos que el médico tiene con nosotros, tres se los pasa tecleando: con más automatización el tiempo sería de conversación con el paciente», argumenta.

Modelos perversos

Donde la telesociedad está generando más inquietudes es en el comercio electrónico. A Amazon se le ha acusado de dejar un reguero de tiendas cerradas y Delivero tiene continuos conflictos laborales peliagudos.

«Es cierto que a mucha gente le va ir muy mal, por edad o por formación. Pero al conjunto de la sociedad le va a ir mejor. Se va a destruir muchísimo tejido comercial, pero no va a desaparecer, de la misma manera que la televisión no ha extinguido la radio», afirma Somalo. «Todos pensábamos que Microsoft tendría el monopolio del mundo digital y vemos que no es así. También veremos el fin de Amazon», añade.

Centro de distribución de encargos a través de comercio electrónico en Zhukovsky (Rusia). /GETTY IMAGES / MIKHAIL JAPARIDZE (TASS)

Sangüesa comparte que los grandes corporaciones internacionales van a convivir con negocios locales y especializados. Aplicaciones como Manzanic o Libelista, que añaden una capa de comercio electrónico a las tiendas de barrio, son un ejemplo de ello. La experiencia de la compra a distancia no tiene porqué quedarse atrapada en los grandes monopolios, de la misma forma que plataformas grandes como Netflix operan junto a productos más locales y especializados, como Filmin.

Sobre la telemedicina planea el espectro de que se use para ahorrar en gasto sanitario, al margen de la salud de los pacientes. ¿Los tres minutos de tecleado que la inteligencia artificial le ahorraría al doctor, se usarían para atender el paciente, o se recortarían de la duración de la visita?

Un paciente consulta su estado de salud con su médico desde el sofá de su casa. /Agefotostock

Bescós niega que sea el caso. Pone como ejemplo el proyecto Better@Home, que el Hospital Infanta Leonor tiene en marcha para cuidar en casa, en lugar de hospitalizar, a los pacientes de pulmonía, diabetes, etcétera. Ahora, el proyecto se ha adaptado a toda velocidad para optimizar el ingreso de pacientes de covid-19.

Seguridad y privacidad

Algunas de las aplicaciones que más han crecido en los días de cuarentena son Whatsapp y Zoom (aplicación de videoconferencia). Sin embargo, estas aplicaciones tienen un perfil de privacidad bastante débil, alerta Sangüesa. 

Pero la invasión de privacidad más impactante ha sido el uso de aplicaciones en Corea de Sur o Shanghái, para seguir los movimientos de las personas infectadas. Según la BBC, la aplicación coreana era tan detallada que habría provocado divorcios, al revelar interacciones embarazosas. 
Las aplicaciones desarrolladas en Catalunya, Madrid y Andalucía son mucho menos invasivas. El seguimiento geográfico es voluntario y no dispara acciones automáticas, explica Bescós.

«Se va a destruir  muchísimo tejido comercial,
pero no va a desaparecer», vaticina el
consultor
Ignacio Somalo

«Pero lo que ha funcionado en Corea es precisamente el seguimiento. Hay un balance entre derechos individuales y colectivos», afirma Bescós. En Europa, por ejemplo, ya se puede comunicar a una empresa si un trabajador tiene covid-19, sin su consentimiento. «La población empezará a ver el seguimiento como una ventaja, a cambio de no tener que quedarse encerrada en casa», aventura Bescós.

No obstante, hay que tener cuidado de cómo se usan los datos y a quién se ceden, alerta la directora de EIT Health España, que apuesta por una gestión pública que garantice el acceso a los datos y diversos niveles de consentimiento informado, según la vulnerabilidad del paciente. Bescós cree que España no está aprovechando la gran cantidad de datos generados por muchas administraciones de salud. 

Sangüesa cree que el sector público debería liderar el proporcionar programas respectuosos con la privacidad. De hecho, lo más habitual en estos días es recibir los deberes de los niños mediante plataformas que no brillan por la privacidad, como Google Drive o Youtube. 

Otro riesgo afecta a la seguridad. «Muchos trabajadores se han llevado datos a su casa y los intercambian en redes que tienen un nivel de seguridad muy inferior a las profesionales», afirma Castillo. «Es seguro que va a haber ataques de 'hackers' y robos de datos», sentencia este investigador. En cuanto a la privacidad, Castillo cree que una estrategia de mínimos es intentar no depender de un único proveedor. 

Emisiones

Datos preliminares de la ESA sugieren que las emisiones de gases tóxicos y de efecto invernadero están bajando en picado en las regiones más afectadas por el covid-19, como la de Wuhan en China, además de Italia y España. Sin embargo, con la mejora de la situación en Wuhan, ya están volviendo a niveles anteriores a la crisis.

El ansia de recuperación económica después de la crisis podría llevar incluso a un aumento de las emisiones. La telesociedad podría contribuir negativamente. El proceso de datos se lleva a cabo en servidores que consumen enormes cantidades de energía, sobre todo en refrigeración, para evitar su calentamiento. Una transición hacia lo digital que no vaya acompañada por tecnologías de computación sostenible, podría solo empeorar esta situación. 

Los expertos coinciden en que habrá un antes y un después de la cuarentena, en cuanto a la telesociedad. La transición podría ser más urgente de lo que se piensa, ya que la pandemia del covid-19 va para largo. Como ocurrió con otras grandes pandemias, como la gripe española, no se puede excluir que después de una contención inicial, haya un segundo pico más adelante en el año, observa Ruiz. Empresas, escuelas y sistema sanitario deberían prepararse para una reacción más estructurada que la estampida que se produjo en las últimas semanas. Se trata de una oportunidad única, pero también de una transición que hay que hacer bien, para no caer en escenarios distópicos.