El Tourmalet

El Tourmalet: da igual que sean hombres o mujeres… es el Tour

Las ciclistas, en la salida de la segunda etapa.

Las ciclistas, en la salida de la segunda etapa. / LE TOUR

  • Los abuelos llevaron a sus nietos a ver pasar a las corredoras, sin importarles el sexo ni lo rápidas que corrían, porque lo que iban a ver era la ronda francesa.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Si bien es cierto que hace muchos años el último día del Tour en París hubo una ganadora que llegaba de amarillo a los Campos Elíseos y se fotografiaba con el vencedor masculino de turno, una mujer que casi siempre era Jeannie Longo, tanto en apoyo mediático como popular jamás una ronda francesa femenina, con diversas denominaciones, había tenido el impulso y el apoyo que ahora y hasta el domingo se dispensa a las participantes en el Tour Femmes.

Aparecen estos días en estas redes sociales que a veces dan tantos dolores de cabezas referencias a que esta no es la primera vez, como sostienen los organizadores, en la que las mujeres corren el Tour. Y es verdad, pero sí es la primera ocasión en la que ellas se sienten como verdaderas protagonistas de una película ciclista y no como actrices de reparto con un papel absolutamente secundario y tapadas por el galán de turno, que se lleva todos los premios y del que dicen que si no actuara el filme apenas tendría éxito.

De nietos y abuelos

Solo hizo falta ver cómo estaban el lunes las carreteras por los alrededores de París. Los nietos iban con sus abuelos, porque son los últimos días de vacaciones en Francia, donde el verdadero agosto es julio, y muchos están apurando los días de fiesta descansando ya en sus casas. Así que el paso de esta semana extra de Tour ha sido como una fiesta, como una ampliación y una verdadera bendición. Y la verdad es que, a una media de 42,178 kilómetros por hora, estas mujeres ciclistas van muy pero que muy rápidas y cuando estás al borde de la carretera apenas te das cuenta de si pedalea más veloz un chico que una chica vestido o vestida de amarillo.

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La calidad es inmensa y los medios son idénticos. Se forma una verdadera caravana de autobuses, con los mismos colores que llevan los equipos masculinos, para llegar a la salida de la segunda etapa. O como ocurrió el domingo cuando los buses de los conjuntos femeninos provocaron un verdadero tapón en el centro de París, con los Campos Elíseos cortados, al abandonar los alrededores de la Torre Eiffel, donde comenzó la aventura del Tour Femmes, para dirigirse hacia la plaza de la Concorde a recoger a las corredoras y llevarlas a los hoteles una vez finalizada la etapa inaugural de la carrera.

Un montón de vehículos, un montón de ruido

Los aficionados que se aglutinan por las carreteras que rodean París, los que pasan el mismo tiempo que hace una, dos y tres semanas para tratar de ver a Vingegaard, Pogacar y compañía (por supuesto Van Aert), no preguntan si pasan chicos o chicas, si son hombres o son mujeres, si van a 44 o a 42 kilómetros por hora, que apenas se nota, ¿saben lo que hacen? ¿saben lo que dicen? ¿saben lo que piensan? Fácil. Ellos van a ver el Tour, el Tour de Francia, y no cuestionan el sexo de los artistas que pedalean, porque les da igual, porque sigue siendo el Tour, porque hay un montón de motos de la gendarmería, de fotógrafos, de organización y coches para aburrirte de contarlos antes y después de que pase el pelotón. Y hacen el mismo ruido, suenan las mismas bocinas, provocan el mismo estruendo y hasta placer a los abuelos que han acudido con sus nietos. Y los niños regresan a casa diciendo que ha pasado el Tour. ¿El sexo? Da igual. Es la misma carrera. Y esta es la diferencia a lo que ocurría hace casi 40 años cuando Longo ganaba un Tour prehistórico con las mujeres y Francia -todavía menos el resto del mundo- ni se enteraba de que estaban corriendo.