Patrimonio

Cuando Barcelona fue colonizada por el hormigón

  • Entre los 50 y 70 el paisaje urbano cambió radicalmente, mucho tuvo que ver la arquitectura brutalista, a menudo despreciada e invisibilizada, pero todavía muy presente en la ciudad 

Casa de la Meridiana (1959-1965), obra de Oriol Bohigas, Josep Martorell y David Mackay.

Casa de la Meridiana (1959-1965), obra de Oriol Bohigas, Josep Martorell y David Mackay. / Carlos Montañés

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Natàlia Farré
Natàlia Farré

Periodista

Especialista en arte, patrimonio, arquitectura, urbanismo y Barcelona en toda su complejidad

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Barcelona es una ciudad modernista. Nadie duda de tal afirmación y el paisaje, al menos en el centro de la ciudad, corrobora la sentencia. Pero Barcelona es también una ciudad brutalista. Un tipo de arquitectura tradicionalmente no tan apreciado, pero que merece una segunda oportunidad: “Recoge un periodo que ha marcado bastante a fondo la ciudad en la que vivimos, por lo tanto vale la pena por lo menos entenderlo”, defiende Paolo Sustersic, doctor en arquitectura. Son brutalistas los polígonos Canyelles y Montbau, el Walden-7, la Casa de la Meridiana y la Fullà, el edificio Atalaya, la central térmica del Besòs, la Torre Colón y la Torre Urquinaona, el Museu Etnològic y la Fundació Miró, el Hospital oncológico Duran i Reynals, las iglesias de Santa Cecília y Santa Maria de Sales, el Camp Nou y las piscinas Sant Jordi, y la UAB. Hay más, el listado es largo. Lo dicho, Barcelona además de modernista es brutalista. 

El periodo en cuestión en el que se levantaron todo estos edificios y muchos otros, es el del desarrollismo, ese que en la ciudad coincidió con la alcaldía de José María Porcioles, entre 1953 y 1975; y ese que en dos décadas transformó el paisaje urbano como consecuencia de los cambios en la producción económica, de las migraciones del campo a la ciudad y de las nuevas necesidades sociales. Viviendas, infraestructuras, equipamientos y espacio público construidos según el canon estético del momento: el brutalismo. Movimiento moderno que, resumido someramente, abogaba por no esconder nada, por mostrar la estructura y la materialidad de las construcciones, por utilizar sobre todo hormigón y ladrillo, y por apelar a la idea de la masividad y de la pesadez. Y quien defiende su revalorización es Sustersic en el libro ‘Barcelona brutalista y tardomoderna’ (Ajuntament de Barcelona y Àmbit).   

El estigma de la fealdad

Vaya por delante que las transformaciones no se hicieron a escala local sino a escala metropolitana y que mucho de lo que se hizo se pervirtió con las rehabilitaciones de los 80. Hay más: es un tipo de arquitectura que no siempre se practicó con todos los medios económicos necesarios ni con todo el tiempo que requería, que en muchos casos quedó a medias por las limitaciones de la planificación urbana, y que sufrió los estragos de la especulación. “Muchas constructoras hicieron mucho dinero en muy poco tiempo”, apunta Sustersic. También arrastra el estigma de la fealdad, ¿lo es? “Los juicios estéticos siempre son cuestionables”. 

Pero hay motivos para tal opinión: “Por un lado, el brutalismo utilizó materiales considerados bastante duros, que pueden transmitir aburrimiento y crear un entorno que es todo lo contrario de lo que se puede considerar agradable para vivir. Por otro lado, se ha interpretado como una arquitectura fea en relación, sobre todo, a los conjuntos residenciales”. Es decir, los polígonos de viviendas. En ellos, se optó por la introducción de la estética de la repetición de las formas –los bloques lineales, por ejemplo-, que dan sensación de serialidad y de cierta despersonalización que no han ayudado a su percepción estética. 

Patrimonio arquitectónico

Aun así, el brutalismo tiene valores a considerar: “Se utilizaban materiales económicos, pero había la voluntad de dotarlos de una cierta expresividad, nobleza e interés visual. Hay que mirarlos como edificios que intentan constituir referentes visuales. De hecho, muchos de ellos todavía los reconocemos de una forma clara dentro de la ciudad, no han perdido esa vigencia, aunque nos resultan un poco difíciles de digerir por sus formas bastante contundentes”. Ahí está, por ejemplo, la Torre de Colón, cuestionable (o no) estéticamente pero un edificio que desde el mar marca un punto de referencia importante de Barcelona. Y hay más: “Existía la idea de experimentar, de no reproducir la ciudad existente sino inventar otras formas de ciudad”. 

Sustersic no tiene dudas sobre la necesidad de protección de algunas de estas construcciones: “Deberían ser consideradas como patrimonio arquitectónico”. Pocas lo son: los comedores de la SEAT, el Grupo residencial Escorial, el Edificio Seida, entre las pocas. Pero es cuestión de tiempo: “Ahora ya han pasado aproximadamente 50 años y esa distancia permite mirar esa arquitectura con ojos un poco diferentes”. De hecho, el Docomomo -organización internacional creada con objetivo de inventariar, divulgar y proteger el patrimonio arquitectónico del movimiento moderno- ha ampliado su listado a proteger hasta el año 1975. Pero ello no ha impedido que hayan desaparecido ejemplos de brutalismo como el Edificio Muebles La Favorita, el restaurante Porta Coeli y el ejemplo que más duele a Sustersic: los aularios de la antigua Facultat de Geografia i Història.  


Torre Colón

Levantada entre 1965 y 1971, por el Estudio AGR formado por Josep Ribas con Josep Anglada y Daniel Gelabert, es uno de los edificios más polémicos construidos en Barcelona y forma parte de uno de los planes urbanísticamente más controvertidos del periodo del desarrollismo: los Edificios singulares. Entre los ejemplos más  interesantes de estos últimos figuran el Banco Atlántico, de Fancesc Mitjans y Santiago Balcells; el Edificio Catalonia, de Manuel Francés y Benet Miró; la Torre Urquinaona, de Antonio Bonet Castellana y Benet Miró; el Grupo residencial Escorial, de Oriol Bohigas y Josep Maria Martorell; la Torre Aragón, de Joan de Bassegoda y Xavier Ruiz Vallès; el edificio Estrellas Altas, de Antoni Bonet Castellana, y el Edificio Atalaya, de Federico Correa y Alfonso Milà. Aun así, no todos los proyectos más impactantes se llegaron a materializar, entre los que no se levantaron destacan la Torre Catalunya, un edificio de 140 metros de altura que Josep Maria Bosch Aymerich proyectó en la plaza Catalunya y la torre pensada para el solar que debía dejar la demolición de la casa Fuster en Gracia.

La Torre Colón (1965-1971, obra del Estudio AGR, formado por Josep Ribas, Josep Anglada y Daniel Gelabert.

/ Jordi Cotrina

Polígono Montbau

El de Montbau es uno de los conjuntos residenciales construidos durante la década de los 50 y 70 más emblemáticos, se planificó teniendo en cuenta las experiencias europeas contemporáneas y con el explícito propósito de ensayar también fórmulas de equilibrio social que evitasen la formación de guetos, de ahí que se gestionase por parte de cooperativas. "Desarrollado en tres fases, Montbau permitió ensayar nuevos criterios de diseño: las supermanzanas con la separación del tráfico rodado de las áreas peatonales, los diferentes tipos de tejidos residenciales que matizaron los esquemas en bloque abierto, las previsiones de equipamientos y servicios, y el propósito de crear espacios públicos de calidad en los que la comunidad pudiese relacionarse y sentirse identificada", explica Sustersic. En la última fase de construcción, se optó por un conjunto de viviendas unifamiliares ensambladas, las conocidas como 'casitas blancas'.

El polígono Montbau, construido en tres fases por diferentes arquitectos, es uno de los conjunto residenciales más emblemáticos de la época.

/ Ricard Cugat

Casa de la Meridiana

Obra de Oriol Bohigas y sus socios Josep Martorell i David Mackay (MBM), el edificio responde a lo que podría llamarse brutalismo mediterráneo “en el que, por ejemplo, hay la acentuación de algunos elementos como las decoraciones cerámicas, que justamente Bohigas y MBM utilizaban en bastantes piezas de esa época”, explica el autor del libro. “Y una mirada a las corrientes realistas del momento”. En el edificio destacan las ventanas en tribuna con las aberturas orientadas hacia el sur y cerramientos opacos en las caras expuestas al norte, que no solo mejoran la iluminación y garantizan una mayor privacidad, sino que deben entenderse, también, como un medio de diversificación y personalización de cada vivienda: balcón, ventana única, doble ventana... Es la "poética de la densidad", sostiene Sustersic.

Casa de la Meridiana (1959-1965), obra de Oriol Bohigas, Josep Martorell y David Mackay.

/ Zowy Voeten

Iglesia de Santa Maria de Sales

La iglesia de Santa Maria de Sales es el gran ejemplo de "la concepción escultórica del volumen arquitectónico emprendido por los tardomodernos, recurriendo a la hipérbole en obras que se proponían impresionar por la extravagancia de sus formas", sostiene Sustersic. Ciertamente, el templo, levantado en Viladecans, no deja indiferente. La construcción destaca por las formas que el arquitecto, el austriaco  Robert Kramreiter, consiguió plasmar en el hormigón armado para "dar protagonismo a un espacio de gran riqueza de matices y valores lumínicos en el interior y a volúmenes con acentos expresionistas de inusual fuerza y libertad de concepción en el exterior". Son interesantes también la cubierta, que en la fachada principal se eleva hasta enlazar con el campanario, donde toman protagonismo las ménsulas que sostienen las campanas; y la sugerente iluminación interior procedente de las vidrieras de las capillas menores y del ábside, obra del artista Llucià Navarro.

Iglesia de Santa Maria de Sales (1963-1967), de Robert Kramreiter. 

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Comedores SEAT

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"El encargo de los comedores de la fábrica SEAT en la Zona Franca de Barcelona permitió al joven César Ortiz Echagüe, en colaboración con su cuñado, Rafael de la Joya, y su socio, Manuel Barbero, realizar uno de los edificios tecnológicamente más avanzados de la arquitectura industrial española del momento. Con el propósito de ofrecer un entorno reparador que mitigase las duras condiciones de trabajo de la cadena de montaje y la 'monótona tiranía de la fabricación en serie', los arquitectos distribuyeron el programa en varios pabellones conectados por livianos porches metálicos y separados por patios ajardinados que daban servicio al personal en función de su condición laboral", explica Sustersic en el libro. Resolvieron todo el edificio con solo tres elementos: aluminio, cristal y ladrillo; gesta que les valió, en 1957, el reconocimiento del jurado del premio Reynolds, presidido por el mismísimo Mies van der Rohe.

Los comedores de la SEAT (1953-1957), obra de César Ortiz-Echagüe, Manuel Barbero Rebolledo, Rafael de la Joya Castro.

/ Jordi Cotrina

Camp Nou

El protagonista indiscutible del estadio es el hormigón, tanto en el exterior como en el interior, con los elementos estructurales poderosamente expuestos. Se caracteriza por la asimetría de las gradas, el gran vuelo de la marquesina central y sus escenográficas rampas de acceso. Destaca, también, la ubicación de las cabinas de prensa, colgadas de la marquesina y con la sensación, al ocuparlas, de estar suspendido encima del campo de juego. El estadio ha sido remodelado en diversas ocasiones pero no se ha modificado sustancialmente su aspecto, hasta ahora. La obra lleva la firma de los arquitectos Francesc Mitjans, Josep Soteras y Lorenzo García-Barbón. 

El Camp Nou, obra de Francesc Mitjans, Josep Soteras y Lorenzo García-Barbón.  

/ Joan Cortadellas